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    Malditos yanquis comedores de carne cruda…

    Con la derrota española en Cuba en 1898 el continente latinoamericano se cubrió de actos públicos, declaraciones, proclamas, libros y todo tipo de manifestaciones en apoyo de la Madre Patria y la cultura hispana. El 2 de mayo de 1898, el Club Español organizó un gran acto en apoyo a España en el Teatro de la Victoria, en Buenos Aires. Los tres oradores fueron Paul Groussac, Roque Sáenz Peña (futuro presidente de la República Argentina) y José Ternassi, italiano residente en Buenos Aires. Un argentino, un francés y un italiano: la terna de oradores en defensa de la latinidad estaba bien elegida.

    Sáenz Peña era un veterano en la oposición a Estados Unidos. Nueve años antes había representado a su país en la Conferencia de Washington. Frente a los intentos estadounidenses de crear una unión aduanera continental, establecer una unidad monetaria única y estandarizar conceptos, normas, pesos y medidas como herramientas para impulsar el comercio interamericano, Sáenz Peña y su compañero Manuel Quintana (otro futuro presidente argentino) defendieron “el principio de inviolabilidad de los Estados” y se opusieron de plano al proyecto estadounidense. Es más: el motivo de su viaje fue justamente sabotear la propuesta norteamericana.

    Embriagado de antiestadounidismo por la guerra de Cuba, Groussac dejó de lado sus anteriores críticas a España. Antes había escrito “sería preciso convencer al pueblo español de que los desastres nacionales (son) la consecuencia lógica de una larga inferioridad científica e industrial debido por entero a un absurdo concepto de vida moderna; al odio al trabajo y al esfuerzo, al desdén de la lucha pacífica que arma a la otra: a la contemplación infatuada y pueril de un pasado irrevocablemente muerto”.

    Pero de pronto, en mayo de 1898, el mismo Groussac subrayó la necesidad de “saludar entre los pueblos al que durante más de tres siglos ha derramado su sangre y prodigado su implacable heroísmo en esta América: conquistando imperios y poblando desiertos, impregnando de savia humana la tierra inculta, modelándola con mano ruda a su imagen y semejanza, por la espada y por la cruz, con soldados creyentes como monjes y misioneros valientes como soldados, hasta dejarla preparada y apta para cumplir su misión futura de madre de naciones”.

    Desbordante de hispanismo, Groussac ensalzó el papel histórico del viejo imperio subrayando que España había forjado “un ideal humano de valor, de nobleza, de altivez caballeresca, de exaltado y místico espiritualismo”.

    Un par de semanas después de ese acto multitudinario (las fotos del mismo muestran una multitud enfervorizada), Rubén Darío publicó en “El Tiempo” de Buenos Aires un durísimo artículo contra Estados Unidos. Su título era “El triunfo de Calibán”. El texto fue reproducido en octubre del mismo año en la prensa venezolana bajo el nombre de “Rubén Darío combatiente”. Se trataba del ataque más duro que una personalidad latinoamericana había formulado hasta el momento contra la República del Norte.

    Entre otras cosas, el poeta nicaragüense escribió: “No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros. (…) Y los he visto a esos yankees en sus abrumadoras ciudades de hierro y piedra y las horas que entre ellos he vivido las he pasado con una vaga angustia. Parecíame sentir la opresión de una montaña, sentíame respirar en un país de cíclopes, comedores de carne cruda, herreros bestiales, habitadores de casas de mastodontes. Colorados, pesados, groseros, van por sus calles empujándose y rozándose animalmente, a la caza del dollar”.

    Llama la atención el nivel argumentativo burdo y elemental, pero el artículo de Darío, seguramente leído y releído antes de ser publicado, reflejaba la postura mental de las élites latinoamericanas. El texto continuaba así: “El ideal de esos calibanes está circunscrito a la bolsa y a la fábrica. Comen, comen, calculan, beben whisky y hacen millones. Cantan ¡Home, sweet home! y su hogar es una cuenta corriente, un banjo, un negro y una pipa”.

    Los norteamericanos, agregó por las dudas, “tienen templos para todos los dioses y no creen en ninguno; (…) En el arte, en la ciencia, todo lo imitan y lo contrahacen, los estupendos gorilas colorados. Mas todas las rachas de los siglos no podrán pulir la enorme Bestia. No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo de Calibán”.

    Frente a esas bestias que no merecían el nombre de ser humano, Rubén Darío, practicando el mismo salto mortal que ya había hecho Groussac, contrapuso al mundo español: “España no es el fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la América que no conoce; la España que yo defiendo se llama Hidalguía, Ideal, Nobleza; se llama Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; se llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América”.

    En Montevideo, un joven de 27 años llamado José Enrique Rodó leía estos textos y se emborrachaba de latinismo. El discurso de Groussac, por ejemplo, fue reproducido en “La Razón” de Montevideo el 6 de mayo de 1898. El artículo de Darío tuvo aún mayor difusión. Con todos esos elementos sobre la mesa, Rodó comenzó a escribir su obra clave: “Ariel”. Sería el primer best seller del continente latinoamericano.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor