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    Malograda Carmencita

    Se estrenó la ópera Carmen en la sala Eduardo Fabini

    Mucho se ha promocionado este nuevo enfoque de la ópera de Georges Bizet (1838-1875) con la puesta en escena del régisseur argentino Marcelo Lombardero. En abundantes notas y entrevistas previas, Lombardero ha comunicado su idea de la puesta al día de la obra mediante varios cambios: no más escenografía y vestuario de la España del siglo XIX; no más danzas españolas de época y sí danzas urbanas como el hip hop o el breakdance; un retorno al libreto y espíritu original de la opéra comique, que a diferencia de la gran ópera busca entretener, divertir, y donde no todo el texto es cantado sino que se alterna el canto con líneas de diálogo hablado. Lombardero hizo fundamental hincapié además en su visión de que la muerte de Carmen a manos de Don José por celos es algo hoy incomprensible o fuera de moda, y que en realidad la obra debe mostrar un drama de violencia doméstica donde Don José es el villano violento y Carmen la víctima.

    El balance final de esta puesta al día es negativo. Funcionan correctamente los diálogos hablados y no cantados; es admisible ubicar la escena inicial en un suburbio urbano de hoy con muros grafiteados y jóvenes punkies, o luego en la plaza con hombres de camisa y corbata leyendo el diario y obreros con casco en su hora de descanso. También lo es que la taberna de Lilas Pastia sea un cabaret con luces psicodélicas en el mostrador, una tarima de escenario con dos micrófonos inalámbricos o que las danzas modernas sustituyan a las clásicas españolas, o que Escamillo aparezca con dos voluminosos guardaespaldas vestidos de negro y con lentes negros. Pero todo eso es accesorio. El problema es que el corazón del drama envuelto en ese papel de regalo ha sido alterado para mal; además, el mensaje que se pretende comunicar está escénicamente mal resuelto, y por último, la pareja protagónica no da la talla, ni en voz ni en actuación, para transmitir ni lo que la novela de Prosper Mérimée (1803-1870) ni la ópera de Bizet y sus libretistas querían, ni lo que ahora quiere Lombardero.

    Sostener que el crimen por celos es algo hoy incomprensible suena bastante trasnochado. Basta poner el noticiero o leer la crónica roja de cualquier país del mundo para darse cuenta de que el crimen pasional sigue tan vigente como siempre. La transformación que pretende la puesta, sin lograrlo, donde los celos desaparezcan reemplazados por una situación de violencia de género, no logra una Carmen congruente con ese enfoque. La protagonista que este cronista vio en el estreno del viernes 31 de octubre no es la mujer indómita y desleal que se lleva el mundo —y los hombres— por delante, pero tampoco es una mujer sumisa y doblegada por el macho violento que tiene al lado. El resultado es una Carmen desabrida, casi estática, de sensualidad apenas insinuada, en un insípido medio camino entre el personaje original y el de la mujer violentada por su compañero.

    A su lado, el Don José que según la concepción del régisseur debió ser un hombre tosco y violento desde el vamos, es también escénicamente anodino. Recién en el tercer acto se comporta violentamente con Carmen, pero a esa altura ya es tarde: han transcurrido casi dos horas de la obra y en ese lapso no apreciamos ni a una mujer sumisa ni a un hombre que la maltratara. En el acto final se proyecta un video donde se alternan toros heridos en una corrida con fotos de mujeres golpeadas con ojos negros y otras marcas en la cara, en un intento estéticamente desafortunado de explicitar el mensaje que se quiere transmitir.

    Desde el punto de vista escénico, la mezzo brasileña Luisa Francesconi (Carmen) y el tenor mexicano Dante Alcalá (Don José) son pobres. La brasileña debe tolerar además que en dos momentos del primer acto donde su protagonismo debería ser excluyente, la dirección de escena le impida hacerlo. En la Habanera (L’amour est un oiseau rebelle) debe cantar con el cuerpo de baile por delante, lo que distrae el foco de atención hacia el personaje; más hacia el final, el Près des remparts de Séville, prácticamente íntegro lo canta recostada al muro, sin movimiento alguno. En el tercer acto, después de que la tirada de cartas le anuncia la muerte, no se emociona, no se conmueve. Vocalmente, Francesconi es correcta; entró algo fría y se fue afirmando, pero tampoco su voz dio con la talla del personaje.

    El Don José de Alcalá es otro híbrido: no es la víctima de Carmen pero tampoco convence como su violento dueño. Con presencia escénica desvalida en escenas y contraescenas, en lo vocal mostró problemas en la zona aguda y desaprovechó el aria La fleur que tu m’avais jetée con falta de expresividad e inconvenientes de afinación. Así las cosas, no es extraño que esa culminación trágica que es el dúo final haya transcurrido sin pena ni gloria, arrastrando incluso a un bajón expresivo a la orquesta, que hasta ese momento se había desempeñado con enorme corrección.

    Pese a todo lo dicho, la noche tuvo algunos triunfadores. En primer lugar la Micaela que hizo la soprano chilena Paulina González Melgarejo, excelente en toda la línea, tanto en el dúo del primer acto con Don José como un su gran aria del tercer acto (Je dis que rien ne m’epouvante), que arrancó el único bravo de la noche, estruendoso y merecido. Su personaje dulce y frágil no se vio muy favorecido por un vestuario de dudoso gusto, que entre otras cosas le adosó una cartera que le anuló el brazo izquierdo para cualquier tipo de expresión.

    Otros triunfadores netos de la noche fueron el Coro del Sodre, preparado por Esteban Louise, y el Coro de Niños, preparado por Ignacio Polastri, dos agrupaciones que da placer escuchar en cada presentación. En papeles menores estuvo muy correcto en lo escénico el Escamillo del uruguayo Marcelo Guzzo, con un bellísimo timbre y un volumen quizás algo escaso. Sin fisuras en todo momento los contrabandistas Dancairo y Remendado, encarnados por los uruguayos Gerardo Marandino y Andrés Presno, así como el Zúñiga y el Morales de los uruguayos Marcelo Otegui y Alfonso Mujica. Petru Valensky hace un Lilas Pastia de excesiva gesticulación. El indisimulado amaneramiento de sus movimientos puede no ser objetable, aunque sí parece de dudoso gusto que en un momento, mirando sensualmente a Don José, le diga: “¡Ay, papá divino!”.

    Con el descuento ya mencionado de la falta de impulso en la escena final, la Ossodre bajo la dirección de Stefan Lano fue siempre prolija, con especial lucimiento en los interludios instrumentales.

    Quedan aún tres funciones para ver: las del viernes 7 y el domingo 9 de noviembre, con el elenco que se comenta en esta nota, y la del sábado 8 con la argentina Mariana Rewerski como Carmen, el uruguayo Juan Carlos Valls como Don José, la argentina Jaquelina Livieri como Micaela y el resto del elenco sin cambios.

    Rodolfo Ponce de León