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    María contra la muerte

    María en medio de la calle. Olvidada en un aeropuerto. De contrabando en otro país. Metida en una casa de familia sin haber sido invitada. María presa. María sola. En la bodega de un barco que cruza el mar. O en un descampado, de noche. En la caja de un camión que cruza el desierto. O en un supermercado, paseando un carro de compras vacío. María en su casa de lata. O en su casa de cartón. O en su casa de plástico. María tapada con hojas de diario. O en un baile, en una fiesta ajena. María en los bordes. María en los bordes de las ciudades. En el centro del centro de nada. María.

    Con esta potente descarga sobre el escenario de La Gringa, queda presentado el personaje, en el inicio de este unipersonal. La autora es Raquel Diana, una artista de extensa trayectoria en la escena uruguaya, muy vinculada a El Galpón, con más de 70 estrenos como actriz, directora y dramaturga. Entre otros trabajos, es la autora de Cuentos de hadas y adaptó Las cartas que no llegaron, de Mauricio Rosencof. La actriz es Elisa Fernández, egresada de la EMAD que actuó en obras de Florencia Lindner y Florencia Caballero, e integra la compañía Teapot, dedicada al teatro en inglés. Allí estuvo en una versión de La fierecilla domada llamada La fiera, y en varios clásicos de Shakespeare como La tempestad y Sueño de una noche de verano. En paralelo al teatro, desarrolla una carrera musical como Eli Almic, su exitoso proyecto de hip hop que, de la mano de temas como Brujas y Ayuda, le ha deparado una fuerte proyección popular. Recientemente se la pudo ver como una de las invitadas locales de Julieta Venegas (publicado íntegramente en plataformas digitales) y acaba de editar su tercer disco, Días así.

    Pero volvamos a Elisa Fernández, quien prefiere llevar el teatro y la música por caminos separados. Era como que bailaba es el primer monólogo de su carrera y el mayor desafío actoral que ha emprendido. Diana la convocó a mediados de año para encarnar la historia de esta mujer que representa el desamparo, la soledad y el sufrimiento de miles de mujeres. En primera persona, María cuenta un periplo marcado por la falta de elecciones profundas sobre su destino. Padre y madre ausentes, abandono de la educación, maternidad temprana y una pareja ausente en el parto de su hija pero dominante en todos los sentidos posibles. María dice que nunca sale de la casa porque “a Fran no le gusta, todo está peligroso, no hay lugar adonde ir”. Describe a su compañero en breves trazos como “el tipo más bueno que conocí”, “si le pregunto algo, no responde”, “trae plata para el niño y para mí”, “no sé qué come, nunca comió acá”. Y termina de pintarlo de cuerpo entero con unas breves pinceladas: No está nunca, pasa todo el tiempo en la calle, por eso tiene la cara arrugada, áspera, dura, antes se reía y salíamos juntos, no tiene sueños, nunca sabe qué hora es, no tiene sueños, se despierta con la mente en blanco, a veces me acaricia la cabeza, de atrás, así puedo no mirarlo a los ojos. No me gusta, me pone nerviosa.

    El texto de Diana abunda en imágenes poderosas que trazan semblanzas estremecedoras de ambos personajes protagónicos: Ahí fue cuando Fran recién miró al niño. Respiró hondo y se quedó con todo el aire adentro. Tenía los ojos muy abiertos. Enormes. Lloró. Lloró mucho. Sin gemir. Sin respirar. Sin cerrar los ojos, cuenta María.

    Diana construyó esta obra a dos voces: la del personaje, tierna, inocente, poderosamente conmovedora, y la de la actriz, que en posición de narradora, mucho más fría y lacónica, narra la historia de María en modo mucho más descarnado. Así comienza el cuento que María le lee a su niño, antes de dejarlo solo, durmiendo, para irse a bailar: Érase una vez una pobre criatura que no tenía padre, ni madre ni nada. Todos se habían muerto y el mundo estaba vacío. Y se puso a llorar día y noche. Y como ya no quedaba nadie en la tierra, se quiso ir al cielo.

    Esta escena musical permite una bocanada de oxígeno al relato, el único respiro al espectador a través de un reguetón para cuya composición y grabación la producción echó mano a Eli Almic, la dimensión musical de Fernández. Pero esta vez la rapera se abstiene de cantar, decisión que parece acertada para mantener el extrañamiento que la obra demanda respecto a la figura popular en la que se está convirtiendo la cantautora.

    En esta narración, la dramaturga trae al presente la esencia argumental de Woyzeck, icónico texto del autor alemán Georg Büchner, precursor del llamado expresionismo alemán con múltiples versiones teatrales, musicales, operísticas y cinematográficas, desde Bob Wilson y Herzog a Fito Páez y Spinetta. Woyzeck cuenta la historia de un soldado, sus vínculos y su condición moral, con una postura crítica sobre cómo la educación y las condiciones sociales y económicas pueden ser determinantes en las acciones.

    Sin entrar en vanas disquisiciones filosóficas sobre la condición humana y sin siquiera mencionar la referencia literaria (es bueno que eso quede para las entrevistas y reseñas analíticas), la obra de Diana es un golpe al mentón del espectador, a la luz de los cientos y miles de mujeres que mueren a manos de sus parejas o exparejas.

    Era como que bailaba (sábados, 20 h en La Gringa, hasta el sábado 19, vuelve en 2021) es una experiencia escénica demoledora, gracias a la sencillez de este montaje diseñado por Lucía Tayler, Leticia Figueroa y Valentina Pérez, a su texto certero y a la excelente interpretación de Fernández. Luego de la tremenda escena final es preciso tomarse unos minutos para recuperar el aliento y emprender la retirada de la sala.

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