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    jueves 13 de junio de 2024

    Más cacumen y menos empatía

    Nº 2237 - 10 al 16 de Agosto de 2023

    Históricamente, la forma de dirimir los diferendos sociales han sido los palos. Hace apenas un par de cientos de años que hemos venido optando por métodos menos violentos y expeditivos. En contraste con los miles de años de palos previos, es la nada. Y, para peor, nada nos garantiza que no regresen los palos. No es un delirio preguntarse si ese deterioro de la posibilidad de intercambiar pacíficamente no se vincula, justamente, con la estabilidad de la democracia. Tan estable resulta que pasa a ser parte del paisaje y con ello, deja de ser mimada y tomada en cuenta. Basta recordar cómo solemos tratar al paisaje para ver qué ocurre en ese punto.

    Toda esta cháchara viene a cuento porque es fácil detectar la existencia de temas que al instante polarizan la charla pública y entonces esta se convierte en una serie de descalificaciones. Esto logra que ya no se hable de lo que originalmente se iba a hablar. Y, llegado cierto punto de violencia, que no se hable en absoluto. Fue lo que me pasó hace un par de días cuando, comentando en X (ex-Twitter) un tuit de un conocido sobre la eventual “gratuidad” (entre comillas, porque gratis no es) de la Universidad de la República (Udelar), decía que en los hechos buena parte de quienes asisten podrían pagarla. Decía además que, dada la actual estructura del egreso de secundaria y el modelo de financiación de la Udelar, seguramente se esté produciendo una transferencia de recursos de las clases trabajadoras a las clases medias y altas, que son las que, de manera mayoritaria, se forman en nuestra universidad pública.

    Tratándose justamente de uno de esos temas polarizados, de inmediato surgieron descalificaciones, entre ellas las habituales: “esto lo decís porque sos facho” y “esto lo decís porque sos bolche”. Me llamó la atención la de una cuenta de psicólogos ciclistas (buen nombre para una banda indie) que se dedica a “la activación física y la movilidad sustentable para una mayor salud mental y mejor convivencia social”. Los sanos psicólogos decidieron bardearme porque les disgustó la parte de mi comentario que cuestionaba la justicia de la gratuidad indiscriminada, sobre todo respecto a los más pobres. Seleccionando la primera mitad del comentario, moralizaron el asunto y me exigieron “empatía”. Para eso tuvieron que hacer de cuenta que la segunda parte no existía, pero supongo que eso son apenas detalles cuando se trata de colocar al otro en la posición de enemigo de todo lo bueno.

    Decidí contestar, no tanto porque me preocupe la aprobación de unos psicólogos que gustan de pedalear y de contradecirse (lo de la “mejor convivencia social” quedó para otro día) como porque me rompe los cocos que me asignen intenciones que son lo opuesto de lo que pienso y escribo. Así que redacté un hilo en donde insistí en que, pese a que la Udelar es “gratuita”, la mayoría de quienes la cursan la podrían pagar. Que existe un filtro por clase social que se activa antes del ingreso, en el egreso de secundaria. Que, de alguna forma, son los trabajadores quienes con sus aportes terminan siendo parte de quienes le pagan la universidad pública a la clase media y alta, mientras sus hijos mayoritariamente no terminan secundaria. Para afirmar eso recurrí a datos recientes del Ineed, que dicen que, entre los estudiantes del quintil más bajo, esto es, entre los más pobres, solo termina el bachillerato el 20%, dos de cada 10. Por el contrario, en los quintiles más altos, esto es, entre los más ricos, termina un 70%. Por supuesto, que este filtro previo exista no es responsabilidad de la Udelar. Pero si el ideal colectivo es que exista una mayor justicia social, deberíamos mirar si efectivamente se está produciendo esa transferencia y cómo corregirla, porque sería injusta.

    Obviamente, todo lo que afirmo puede ser discutido, si es que a alguien le interesa hacerlo. Y, de hecho, eso fue lo que hizo el profesor Oscar Ventura, quien en un extenso comentario aportó un puñado de ideas que sirvieron para matizar y directamente cuestionar algunas de mis afirmaciones. Por ejemplo, que “dependiendo de la carrera que hagas, el costo puede ser elevado. Seguro que si hacés una licenciatura en Matemática no tenés que pagar demasiado por materiales, pero si querés hacer Arquitectura, por ejemplo, te querés matar por lo que tenés que gastar en ellos”. O que “no es lo mismo ser de Artigas y querer estudiar una carrera que solo se dicta en Montevideo, que ser de la Unión y tener que perder media hora en un ómnibus. Los costos son diametralmente diferentes”.

    Sobre el pago o no del derecho a estar en el sistema, dice Ventura que “no hay demasiado que innovar. Tenemos un sistema nacional de salud que usa las tasas moderadoras justamente para evitar el abuso del mismo. Eso podría ser un principio de pago, que el derecho a acceder a un cupo en el sistema terciario estuviera costeado y que el Estado y el individuo participaran en sufragarlo en distintos porcentajes, de acuerdo con la situación económica individual y familiar del estudiante. Grosso modo, el Estado podría cubrir 100% del costo por debajo de un cierto ingreso, cubrir 50% para clase media (y dar préstamos blandos a largo plazo sin intereses para cubrir el resto) y un porcentaje mínimo, pero no cero, para los de clase más alta. En todo caso, nunca debería ser cero porque el apoyo del Estado a la educación superior es el apoyo a la construcción de una sociedad más educada y productiva”.

    A lo que señala el profesor Ventura en su comentario se puede agregar la experiencia de otros países, no menos justos que el nuestro, como España. Allí las universidades públicas tienen matrícula, examen de selectividad en el ingreso y sistema de pago de créditos a lo largo del ciclo de estudio. En España las carreras son más baratas que en Uruguay y además existe un mejor sistema de becas que aquí. En paralelo, cuenta además con una nutrida oferta de estudios terciarios técnicos no universitarios. Quizá se deba a la existencia de ese ecosistema, en donde además de las transferencias estatales las universidades cuentan con recursos propios, pero allí no abundan las voces que digan que ese sistema termina con el acceso a la universidad pública o que excluye a los más pobres porque eso es inevitable.

    El debate que aquí se nos complica siquiera plantear, en España se saldó hace décadas con un modelo que resuelve el ingreso, la permanencia y el egreso (en Uruguay ingresan miles y salen decenas, con todo el costo muerto que esto implica) de manera bastante razonable. No sé si el argumentario de Ventura, catedrático de la Udelar, se puede considerar “empático” pero seguro es razonable. Muestra conocer la materia, sentido de la justicia social y entiende lo complejo que es obtenerla, por más sanas que sean nuestras intenciones. La “empatía”, en cambio, es una idea muy noble que por lo general sirve para tranquilizar el ego de quien la exige, pero hace muy poco por los problemas reales de las personas reales. Por eso quizá “Más cacumen y menos empatía” pueda ser un eslogan atractivo para algún grupo de ciclistas universitarios en formación.