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Esta película italiana de Paolo Sorrentino (de Nápoles, 1970) acaba de ganar el Oscar de la Academia de Hollywood como mejor filme extranjero, además del Globo de Oro (prensa extranjera de Hollywood) y el Bafta (academia británica), así que con todos esos galardones a cuestas es difícil no creer que se trata de una buena película, o al menos un título ambicioso o pretencioso o tal vez hasta talentoso. Lo que molesta a un aficionado veterano (como quien esto escribe) son las malditas comparaciones. Lo que comenzó seguramente como un ardid publicitario se fue convirtiendo en una especie de definición cómoda y a la vez incómoda.
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Cómoda porque decir que es la sucesora de “La dolce vita” de Federico Fellini (1960) ya basta para compararla con la obra de uno los más grandes creadores del cine de mediados del siglo XX (no solamente italiano sino universal) y ese paralelismo colocaría desde ya a La gran belleza como una gran creación en sí misma de principios del siglo XXI. ¿Exagerado? Sí, porque acá viene el costado incómodo. “La dolce vita” era (es) verdaderamente una obra maestra y está enmarcada en un período muy preciso que la abarca y la comprende. Italia salía de una guerra atroz, destrozada y pobre. El “neorrealismo” fue la marca estilística que sus artistas cinematográficos utilizaron para convertir las carencias en virtudes (Rossellini, De Sica, los primeros Visconti, Antonioni y el propio Fellini).
Y entonces vino el boom económico de los 50, Italia se transformó y aquellos entrañables personajes fellinescos de “I vitelloni”, “La Strada” y “Las noches de Cabiria” —con la pequeña Giulietta Masina buscando inocentemente la felicidad— se convirtieron de pronto en el enorme fresco colectivo de la ociosa burguesía romana, mirada de afuera por un cínico periodista (Marcello Mastroianni) que contemplaba cómo los valores ideológicos, culturales e históricos de la clase dirigente se hacían pedazos en medio de inútiles orgías nocturnas que el propio periodista terminaba organizando en medio de un vacío existencial que desnudaba la miseria moral en que todos se habían sumergido.
Comparar todo aquello con la Italia berlusconiana de cincuenta años después es desconocer esos poderosos antecedentes que hacen que una obra maestra del cine sea además un valioso testimonio de su tiempo y una película que puede verse ahora con los ojos bien abiertos para tener un panorama muy ilustrativo de aquellos años que luego la notable “Il sorpasso” de Dino Risi vino a rematar. Así que ni una cosa ni la otra. Sorrentino no es (ni parece intentarlo) un émulo de Fellini y su película no rescata ni visual ni dramáticamente una época determinada. Claro, las tradiciones se heredan, las herencias se asumen y eso no tiene por qué ser mirado como un plagio. ¿Tal vez un homenaje, un reconocimiento, un saludo elegante al maestro? Sí, hay cosas que inevitablemente recuerdan a Fellini, pero no al de “La dolce vita” sino al Fellini posterior a “Ocho y medio”. En todo caso al de “Roma”, al de “Satyricón”, al de “Amarcord”. O peor, el de “La ciudad de las mujeres” o “La voz de la luna”. Un Fellini encerrado en sí mismo, autocomplaciente y enamorado de su propio mundo. Y ese no era el mejor Fellini.
Habrá que seguir atentamente la carrera futura de Sorrentino. Salvo “Il divo” (2008), exhibida fugazmente en un festival de Cinemateca, su obra previa es desconocida en Uruguay. Se sabe que le gusta trabajar con Toni Servillo (nacido en 1959), quien en La gran belleza es la figura omnipresente como el periodista Jep Gambardella, un aficionado a la noche romana, bon vivant siempre elegantemente vestido (cambia de atuendo en cada escena), autor de una única novela “L’apparato umano” que fue considerada una gran promesa hace muchos años. Eso le ha servido para posar de intelectual calificado ante una comparsa de habitués de la noche que se reúnen a beber, a pronunciar frases presuntamente inteligentes, a adularse unos a otros y a perder el tiempo en forma lamentable. Gambardella se acuesta a la hora en que la gente común se levanta. Parece estar siempre buscando la belleza, tal vez la perfección, acaso el amor verdadero.
Difícil que lo encuentre entre esa fauna de mujeres pintarrajeadas, pasadas de edad y de botox, y menos cuando es capaz de increpar a una de sus amigas en una especie de cruel juego de la verdad donde le planta en la cara las opiniones más brutales que pueda tener sobre ella. Ese juego parece ser la forma permanente de trato, donde todos se revuelcan en el hastío existencial y los días pasan exactamente uno igual al otro. Es inútil entonces buscar un hilo argumental, una progresión dramática, algún personaje (salvo Gambardella) con quien el espectador pueda comprometerse emocionalmente, identificarse con él, seguir sus pasos con interés. Todo es un pasticcio de escenas hermosamente fotografiadas donde de vez en cuando aparece alguien que no se sabe quién es, y desaparece tan prontamente como llegó. Es voluntario, no producto de la torpeza del libretista (el propio Sorrentino) ni de un montaje mal terminado. Quiere ser un fresco romano sobre la decadencia y la ausencia de valores. La cámara registra aquí y allá todo eso, pero no lo unifica en una narración coherente y dramáticamente válida. Entra por los ojos, jamás toca los sentimientos.
Ahí está la gran diferencia con “La dolce vita”, que no necesitaba embellecer sus imágenes porque Fellini era un heredero del neorrealismo. Sorrentino muestra hermosuras visuales (palacios llenos de obras de arte, pero vacíos; una jirafa aparece de la nada y un mago muy felliniano le dice que la hará desaparecer porque a fin de cuentas “todo es un truco”). Y lo es. La gran belleza es un truco. Engaña la vista y hace creer en maestría. No apela a los sentimientos ni a la emoción porque no lo cree necesario. Solo quiere mostrar, mostrar, mostrar. Mostrar la nada.
“La gran belleza” (La grande belleza). Italia/Francia, 2013. Dirigida y escrita por Paolo Sorrentino. Con Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Carlo Buccirosso, Iaia Forte, Serena Grandi, Pamela Villoresi, Franco Graziosi. Duración: 142 minutos.