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    Más vale tarde

    N° 1991 - 18 al 24 de Octubre de 2018

    Vale la pena destacar las decisiones correctas y actitudes pragmáticas, aunque a veces lleguen un poco tarde. La semana pasada, una persona muy cercana a Tabaré Vázquez dijo a Búsqueda que “el presidente tiene una posición clara y será la que tenga en el futuro: no meterse en tema de otro país”. El comentario surgió a partir de lo que está ocurriendo en Brasil y es muy bienvenido.

    El gobierno del Frente Amplio ve como una amenaza enorme la posibilidad del triunfo electoral del ultraderechista Jair Bolsonaro en el país norteño, uno de nuestros principales socios comerciales. Y quiere preparase, eso es obvio. Pero el problema surge cuando se prioriza el tonto juego de la ideología a la hora de mantener los negocios que permiten cuidar nuestra estabilidad económica.

    No parece ser este el caso. De acuerdo a la fuente gubernamental consultada, el presidente tiene claro ese punto; su mayor preocupación “es por el tema comercial y no filosófico”. El problema es que tendrá que convencer a su propio partido político: el Frente Amplio. Los antecedentes no son buenos. Fueron varias las veces que esa fuerza política dejó en falsa escuadra en temas comerciales por cuestiones de ideología al propio Vázquez o al ministro de Economía, Danilo Astori, o al canciller Rodolfo Nin Novoa. Así quedaron atrás varios proyectos de tratados de libre comercio (TLC), como, por ejemplo, con Estados Unidos. 

    El llamado hecho por el presidente es más bien un pedido muy preocupado de no jugar con fuego. Si nos alejamos de Brasil por cuestiones políticas, las consecuencias pueden ser terribles. Y el riesgo existe. Algunos integrantes del gobierno calificaron a Bolsonaro de homófobo, admirador de las viejas dictaduras de su país, represor y clasista. Eso nunca es gratis. Vázquez sensatamente llamó a silencio y cautela a sus ministros por tratarse de una decisión soberana de Brasil, que elige a un presidente con el cual el gobierno uruguayo deberá tratar, intentando mantener los niveles de negocios ya históricos, y por qué no, procurar mejorarlos. Para eso hay que aprovechar el anuncio de una economía mucho más abierta realizado por el probable futuro presidente de Brasil.

    Pero Vázquez no puede silenciar a todos los suyos. Prueba de eso es lo dicho por el secretario de Derechos Humanos de la Presidencia, Nelson Villarreal, quien definió la semana pasada a Bolsonaro como “un monstruo” y un “emergente fascista”. Antes, la ministra de Turismo, Liliam Kechichian, dijo que “la política (en Brasil) deja de ser limpia y transparente” (¿en serio?, ¿y cuando campeaba la corrupción?). Por su parte, la vicepresidenta, Lucía Topolansky, dijo que Bolsonaro no entiende la democracia, mientras que la ministra de Educación, María Julia Muñoz, habló de retroceso. Lindo panorama para quienes luego tendrán que sentarse a negociar con el gigante del norte, que ya mostró poco interés en el Mercosur.

    En cuanto al respeto a la soberanía de los pueblos que intenta defender el presidente, a los integrantes del partido de gobierno no les debería resultar difícil, porque eso es lo que aducen cuando se trata de Venezuela y el desastre humanitario, que parece ser el único legado de Maduro, o cuando se habla de la situación política y económica desastrosa de la Cuba de Raúl Castro. No hay que meterse, dicen.

    Ahora viene la prueba de fuego: respetar la decisión de los 50 millones de brasileños que ya eligieron a Bolsonaro (todavía falta saber cuántos lo votarán en la segunda vuelta).

    En el mundo de hoy, donde en el mejor de los casos los gobiernos alternan modelos ideológicos, más vale que un pequeño país como el nuestro no siga cerrando mercados solo por cuestiones de afinidad política o filosófica, como se maneja en una parte mayoritaria del gobernante Frente Amplio. Es poco inteligente adoptar ese camino y las consecuencias limitan fuertemente la posibilidad de crecimiento económico de la población, que fue la que votó con el objetivo de que el gobierno trabaje para lograr su bienestar. La medida del daño que ya está hecho por los acuerdos que no prosperaron debido al capricho de una línea de pensamiento que controla al Poder Ejecutivo es imposible de calcular en términos de realidad, más allá de los números. El presidente parece entenderlo. Será hora de que sus aliados lo escuchen. Un poco tarde, aunque no importa.

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