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“House of Cards”, la serie on line, obtuvo un Globo de Oro para su protagonista femenina, Robin Wright; la segunda temporada comienza el próximo 14 de febrero
Cuando están bien escritas y bien actuadas, las series televisivas son completamente adictivas. Ha ocurrido ya con varias y quien esto escribe no las ha visto todas —es materialmente imposible— porque la oferta es creciente y para todos los gustos. Algunas de ellas han tenido mucho éxito apelando a lo increíble y fantástico, como “Lost”, que empezó siendo verosímil para degenerar de inmediato en un producto de entretenimiento donde nada de lo que ocurría tenía sentido ni lógica alguna. Pero sin sentido ni lógica estuvo seis años en el aire entre 2004 y 2010, así que hay un fuerte contingente de espectadores que quiere salir de lo razonable y de lo cotidiano y perderse en divagaciones que lo relajen y entretengan, aunque también puedan más de una vez sobresaltarlo, pero sanamente.
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Hay quienes han preferido trabajar con el drama cotidiano, la muerte por ejemplo, como excusa para meterse en la intimidad de los distintos miembros de una familia dueña de una empresa funeraria, y así dar a luz la serie “Six feet under”, emitida entre 2000 y 2004, a mi juicio la más completa, la mejor lograda de las que se han hecho hasta ahora, con un guión de campanillas y una dirección de actores de altísimo nivel. “Six feet under” trabaja con seres humanos, con sus grisuras y peculiaridades, con la felicidad, la angustia, la ternura, la muerte, el sexo y el humor. Tiene todo eso en dosis exactas. Todo lo que ocurre es verosímil y en consecuencia logra una adhesión emocional instantánea del espectador.
Enfocada en los entresijos del quehacer político, House of Cards es la serie que en 2013 acaparó, y con razón, la atención del público. Se emite únicamente por Netflix, en Internet. Aunque la serie es norteamericana, su origen es inglés. Michael Dobbs (Inglaterra, 1948) es el autor de una trilogía literaria de thrillers políticos: “House of cards” (1989), “To play the King” (1992) y “The final cut” (1994). Cada una de esas tres novelas tuvo enorme éxito y fue recreada en miniseries por la BBC en los años 90. En ese antecedente se apoya ahora Beau Willimon para armar la serie House of Cards, que ya finalizó su temporada en 2013. A partir del próximo 14 de febrero ya se podrá ver la segunda temporada.
El tema es el poder y la ambición de un diputado por Carolina del Sur, Francis Underwood (Kevin Spacey) y su esposa Claire (Robin Wright, reciente ganadora del Globo de Oro como mejor actriz en serie dramática), principal de una sociedad sin fines de lucro que se nutre de dineros de dudoso origen pero cuyo verdadero rol es el de ser un alma gemela de su marido en la conspiración para escalar posiciones a cualquier costo. Alrededor de ellos está la joven periodista Zoe Barnes (Kate Mara), que entabla una relación de tráfico de sexo, noticias, fama y dinero con Underwood; Doug Stamper (Michael Kelly), el secretario frío y obediente de Underwood; Linda Vásquez (Sakina Jaffrey), la secretaria del Presidente de los Estados Unidos, notable en su permanente vacilación entre la lealtad a su jefe y las intrigas de Underwood; y Peter Russo (Corey Stoll), el diputado por Pensilvania, quizás el único personaje de esta media docena, capaz de despertar un sentimiento de compasión y de ternura en el espectador en razón de su propia fragilidad. Porque esa fragilidad es la excepción a la regla donde todos son de acero, todos son taimados, todos son potenciales traidores y a nadie le importa mucho pisar la cabeza del vecino con tal de elevarse unos centímetros.
El matrimonio protagonista encuentra en Kevin Spacey un rostro pétreo, con acento sureño y mirada inexpresiva, redondeando un personaje cuyo calificativo exacto debo omitir por respeto al lector. Utiliza a menudo el recurso de hacer cómplice al espectador, cuando en medio de un diálogo con otro personaje voltea la cara, mira a la cámara y explica sus intenciones o anticipa la reacción que tendrá quien está en ese momento hablando con él. Con su esposa Claire forman lo que es a todas luces un matrimonio por conveniencia, de intereses recíprocos, donde el cariño es superficial y la pasión no existe. Robin Wright es absolutamente descollante en su interpretación. Son notables las escenas nocturnas donde el matrimonio se sienta a fumar en el marco de una ventana de su casa y pasan lista a los logros y fracasos de la jornada. Los ojos celestes y transparentes de Wright —muy parecidos a los de Julie Christie— no son obstáculo para una mirada helada, capaz de taladrar a su interlocutor. La sociedad de poder que integra con su marido está tan bien atada, que muchas veces ella se dirige a él y le habla de “nosotros” haciendo suyas las políticas de intriga y traición que su marido lleva adelante en el Capitolio. Toda una Lady Macbeth del siglo XXI.
Dos escenas de esta primera temporada pintan el nivel de calidad de la serie: Underwood se emociona en medio de un discurso en el liceo militar de donde fue alumno y Claire lo mira dos, tres veces, sorprendida de que su marido sea capaz de emocionarse. En otro momento Underwood debe anunciar la muerte de un colaborador político. Sale con Claire a la puerta principal de su casa, donde una multitud de fotógrafos y periodistas esperan la noticia oficial de esa muerte. La cámara los toma de atrás, sólo se ven sus espaldas en primer plano y más atrás la prensa que espera. En el momento que Underwood empieza a dar la noticia, la pantalla pasa a negro y comienzan los créditos con la voz de Underwood en off. Un hallazgo narrativo a la luz de las circunstancias de esa muerte, que no conviene develar al lector.