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    Mayo catarsis

    Sr. Director:

    Acabo de leer, con provecho como siempre, la columna de Facundo Ponce de León sobre la catarsis. Más bien sobre la necesidad que de ella tenemos en estos tiempos los uruguayos. Coincido con él en cuanto a esa necesidad pero pretendo completar el asunto agregando algunas observaciones propias hechas con toda la seriedad que contiene el humor.

    La sensación de ahogo que actualmente nos oprime a todos los uruguayos no proviene solamente de la epidemia —que es implacable y ha causado muchas víctimas sanitarias y muchísimas más económicas, sociales y psicológicas—, sino que también proviene del tipo de comunicación con que ella —la epidemia— es transmitida o comunicada. El dato sanitario es de por sí agobiante, pero la forma en que los comunicadores llevan la información a la gente también tiene sus consecuencias sobre el ahogo que sentimos.

    Durante la guerra de Vietnam la aviación de Estados Unidos hacía bombardeos de saturación: los llamaban carpet bombing. En estos tiempos la información sobre el covid nos llega con similar grado de saturación.

    Todos los informativos nos cuentan, con exquisita minuciosidad cotidiana, el número de nuevos casos, los test que se han hecho, el número de camas de CTI ocupadas y cuántas están aún libres, el número de muertos, de vacunados, de cursantes de la enfermedad y todo eso por cada departamento. Esa información —completísima— ya está en las planillas del Ministerio de Salud Pública que se cuelgan diariamente en la red: el gobierno no ha ocultado nada, publica todo.

    Después de reiterar y repasar durante veinte o más minutos la pormenorizada información de los boletines del MSP los medios nos tiran con un complemento de análisis y comentarios. Por ejemplo, sobre quién debería ser el que anuncie los muertos. ¿El presidente? ¿La vice? ¿El ministro Salinas? Supongo que esto será un intento de profundizar en la noticia (sin tomar en cuenta que para ese entonces algunos ya nos sentimos en las bóvedas).

    Pero además, después o antes del diluvio de datos y cifras, los periodistas convocan a especialistas. No hay infectólogo, virólogo, epidemiólogo, intensivista, internista, doctor o subdoctor que no haya sido invitado a hablar en los informativos sobre el covid y aledaños. Pero como el asunto lleva ya tantos meses y los que realmente saben no son tantos, el intercambio entre periodista y científico se desparrama en una discusión semántica: los CTI están saturados dice uno, pero no, dice otro, están congestionados y el que sigue dice que no, que están abarrotados, y el que sigue dice que están en vías de quedarse sin camas o sin personal o sin oxígeno y así semántica afuera por los siglos de los siglos.

    Después de los informes sobre el estado de la pandemia vienen los informes diarios e in situ sobre la vacunación. Acuden a los vacunatorios noteros que buscan información nueva; preguntan: ¿se vino a vacunar, señora? La doña levanta la vista y dice para su coleto: ¿este pensará que vine acá a cargar nafta? Pero como es educada teje un discursito sobre la importancia de la vacuna y bla, bla, bla. Segunda pregunta: ¿por qué se viene a vacunar? Vine porque hay una epidemia y no me quiero contagiar, piensa la interrogada, pero no puede creer que le pregunten algo tan obvio y entonces, bla, bla, bla. Y viene la tercera pregunta, la sellada: ¿le dolió mucho? Así todos los días. Menos los domingos, eso sí. (Los domingos no se vacuna).

    La catástrofe —porque no se puede negar que hay una catástrofe en curso— se agranda en el repaso abrumador de sus detalles y en la especulación siniestra que las envuelve: no van a alcanzar las camas, no van a llegar las vacunas, no, no, no. El tipo de manejo de la información que se desparrama a través de los medios lleva a que mucha gente incorpore, primero, el discurso bajoneante y, luego, el sofoco como su sensación vital permanente.

    Y termino incorporando un caso curioso vinculado a lo escrito arriba. Por si alguien cree que es inventado, doy las coordenadas y pueden ir a verificar. A tres cuadras de mi domicilio, en la calle que lleva el nombre de Pedro Viera, pintoresco aventurero de nuestra historia patria que se hizo famoso por el Grito de Asencio y por su particular habilidad para bailar en zancos (lo que le ganó el apodo de Perico el Bailarín) hay una casa de familia con el siguiente letrero fijado en la puerta de calle con prolijas letras de color rojo: “No tengo timbre”, y abajo en mayúsculas dice: “GRITE”. Más abajo y en letras más chicas: “Así de paso se desahoga”.

    Este ha sido mi desahogo y mi catarsis. ¡Arriba, compañeros, que la vida puede más!

    Juan Martín Posadas