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Hace más de 400 años, asombrado por lo que veía en las Indias, un español escribió un tratado destinado a explicar por qué al llegar al Nuevo Mundo “a los nacidos en España y en otras partes de Europa se les avivan los ingenios”. A Enrico Martínez le interesaba saber los motivos por los cuales la gente se avispaba al desembarcar en esta parte del planeta y ya no actuaba ni pensaba como antes.
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Apoyado en la filosofía clásica, Martínez sostenía que los hombres que vivían en tierras calientes generalmente eran más sabios que los que vivían en tierras frías, “porque así como la frialdad entorpece y amortigua las potencias sensitivas del cerebro, así la calor las activa y despierta”.
Habría pues una relación directa entre la temperatura ambiente, la mayor o menor profundidad de las raíces de las plantas en la tierra (que condicionaba la calidad de las sustancias extraídas del suelo) y el calor resultante dentro del estómago, que mandaba más o menos cantidades de “humos y vapores gruesos” al cerebro, los que a su vez facilitaban o dificultaban el entendimiento.
El secreto residiría en la digestión y entre varias otras conclusiones, Martínez sostenía que “es cosa cierta que mientras hubiere mucho calor en el estómago, le falta al cerebro el temperamento necesario al bueno y claro entendimiento, y así se ve por experiencia que más prudencia se halla generalmente en los viejos que en los mozos: porque como tienen poco calor en el estómago, suben también pocos vapores al cerebro a humedecerle y perturbar el entendimiento”.
De ahí que el clima del nuevo continente fuese tan “acomodado para producir buenos ingenios”. América Latina sería una fábrica de rápidos mentales. De avivados.
Como la alimentación en el Nuevo Mundo era más fácil de digerir que en Europa, Martínez señalaba que “los alimentos leves y de poca grasa (son) muy acomodados al buen ingenio y los que menos perturban el entendimiento, pero por la misma razón ayudan poco a las fuerzas corporales”.
Ergo: la gente en las Indias salía muy avivada pero muy vaga.
¿Era entonces Europa una tierra de brutos e ignorantes? De ninguna manera, sostenía Martínez, pero las estrecheces reinantes en el Viejo Mundo obligaban a sus moradores a un constante esfuerzo físico para poder subsistir. Y “es cosa sabida que la necesidad y pobreza no solo desaniman a los hombres y animales, mas también las plantas se marchitan y entristecen, faltándoles lo necesario”.
O sea que aunque la mayoría de los europeos tuviesen ingenio, “no todos pueden cultivarlo”, ya que la dura realidad le ponía un freno efectivo a cualquier actividad mental de cierto vuelo.
El grueso de quienes atravesaban el Atlántico pertenecía a ese colectivo señalado por Martínez. Venían empujados por las necesidades materiales y una vez arribados a destino, el peso de la pobreza desaparecía y las mentes “cobran bríos y levantan el entendimiento”; criaban “nueva sangre” y esa nueva sangre mejoraba el espíritu, la mente y el entendimiento.
Martínez fue también capaz de reflexionar sobre la influencia ambiental (¡hace más de 400 años!) en la salud. Las aguas apestadas, ciertos métodos de producción agrícola, la erosión, la deforestación y otras cosas que se discuten hoy eran para él causa de muchas enfermedades y pestes. Pero su conclusión esencial tenía que ver con la importancia de la sangre para el espíritu y la bonanza: “Porque así como la sangre alimenta al cuerpo y alegra los sentidos, así la (riqueza) alimenta la honra y hace levantar los pensamientos a quien la posee”.
¿Qué hubiera dicho don Enrico si hubiese visto la situación latinoamericana actual? ¿Qué hubiese pensado si hubiese podido ver y oír al Comandante Eterno decir que él, Hugo Chávez, sabía que en Marte había vida hasta que “llegó allí el capitalismo”? ¿Qué conclusiones hubiese sacado sobre las características climáticas andinas y el calor de los estómagos bolivianos de haber oído las sentencias que dos veces por día (es decir antes y después de las comidas) eructa Evo Morales?
¿Qué nuevas connotaciones hubiese encontrado entre el largo de las raíces de las verduras de la Pampa o el volumen de los gases emitidos por el estómago argentino luego del asado de tira y las frases de Cristina?
¿Qué rara clase de alimentación le hubiera adjudicado a un Mujica?
No lo sé. Pero luego de haber escrito 300 columnas sobre la manera latinoamericana de entender y vivir la vida me rindo, claudico, me saco el sombrero y me inclino humildemente frente a un pueblo capaz de superar y trascender constantemente los límites ilimitados no solo de la ficción sino que también de la estupidez.
“Ese vive porque el aire es gratis”, se dice de los tontos e inútiles. El peso inexorable de esta sentencia se basa en un elemento irrefutable: el aire es gratis. Sin embargo, a partir de ahora en Venezuela hay que pagar para respirar.
Frente a esta realidad, ¿cómo pronosticar el futuro latinoamericano?