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    Medina y Oroño

    Dispar tributo a Federico García Lorca

    Lo mejor estuvo en los extremos. En el medio hubo pasajes discretos, entrevero, algo de sustancia y diez minutos de vergüenza ajena. Menos mal que al final Estela Medina puso las cosas en su lugar y en cinco minutos de pura emoción dijo mucho más y mejor que el trío de conferencistas que la precedió. El homenaje a Federico García Lorca organizado el jueves 6 por el Ministerio de Educación y Cultura, en ocasión del 80 aniversario de su visita a Uruguay, congregó a unas 250 personas en el amplio salón del Sofitel Casino Carrasco.

    Tatiana Oroño, escritora, investigadora y artista plástica, abrió la mesa con una reveladora intervención sobre la dimensión de Lorca como dibujante. Mostró en una pantalla buena parte de los 163 dibujos acreditados a Lorca, algunos de ellos incluidos en las cartas enviadas a sus amistades, describió su devoción por el imaginario infantil, explicó la influencia en su trazo y su iconografía de pintores como Dalí, Picasso, Miró y Barradas, se detuvo en series como los híbridos hombres-gato o los payasos desdoblados, y mostró el hallazgo en una colonia de vacaciones de Piriápolis de una pequeña ilustración firmada por el andaluz. Exhibió también el legado visual de su fermental paso por Nueva York, analizó su peculiar autógrafo, y deslizó rastros pictóricos de su identidad homosexual, como la figura de un domador. Si bien su alocución fue leída, resultó muy clara, concisa e interesante. No se puede decir lo mismo del panel que le sucedió.

    Fernando Loustaunau, ensayista e investigador especializado en patrimonio, entregó una breve pero bastante anodina descripción de los edificios que recorrió Lorca en sus casi 20 días en Montevideo. Su rigurosa cartografía del periplo lorquiano puso el acento en ilustres ladrillos como el desaparecido teatro 18 de Julio y alejó la mira de Lorca, en un código más propio de una ponencia académica que de una charla de divulgación.

    Eduardo Roland fue el más espontáneo. No leyó sino que habló como en una clase. Pero su discurso fue bastante desordenado y desenfocado, como cuando cuestionó por qué no se recuerda también las visitas de Einstein, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. De todos modos, logró transmitir su pasión por la figura de Lorca. Describió las circunstancias comerciales y políticas detrás de su desembarco, y brindó una minuciosa descripción del entorno que lo acompañó en ambas márgenes del Plata, encabezado por su anfitrión y supuesto amante, Enrique Amorim. Lo más interesante, por lejos, fue la serie de fotografías de Lorca en varias locaciones urbanas y costeras, casi siempre vestido con una remera a franjas, obsequio de Amorim, además de cartas, críticas de prensa, dibujos, la habitación del Hotel Carrasco en la que pernoctó, fotos en el homenaje a Barradas en el Cementerio del Buceo y una imagen tomado de la mano de Juan José Amorim, hermano de Enrique.

    A continuación, el poeta Jorge Arbeleche, autor del laureado ensayo “Federico García Lorca: una poesía hacia la libertad”, de 1970, hizo gala de la altísima estima que tiene de sí mismo, en un discurso muy bien declamado, en el que habló mucho más de su vida artística y la de sus compañeros de generación, en la dura trinchera cultural de los años de plomo, que del homenajeado. Para finalizar, leyó un poema de su autoría, de 1990, en el cual declara literalmente su enamoramiento por el autor de “Bodas de sangre” y subraya efusivamente su deseo de concretar carnalmente esa pasión platónica.

    Superado el trance, Estela Medina entregó una estremecedora interpretación de “La sangre derramada”, el célebre poema compuesto por García Lorca ante la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Allí sí estuvo la magia poética de Lorca. Es asombroso el impacto que transmite esa mujer de timidez extraordinaria en el instante previo al primer verso, cuando es poseída por el personaje y embiste como el animal que asestó la cornada fatal: “¡Que no quiero verla!”, dijo, y el salón explotó en aplausos.