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    Memoria de la desventura

    Columnista de Búsqueda

    N° 1724 - 01 al 07 de Agosto de 2013

    La semana pasada debí explicar a un grupo de amigos la cadena de confusos y desaforados acontecimientos que tuvieron lugar en los pocos años que definen el impetuoso curso de la Revolución Francesa. Alguien me preguntó por qué tantos extremos, tantos sacrificios, tanta precariedad de verdades que se pretendieron eternas, tanta rabia y desmesurada esperanza. Fue entonces que se me aparecieron algunas perpetuas palabras que me hicieron reflexionar acerca de la poca consistencia de los acontecimientos del mundo, que me llevaron a pensar que la marca histórica de la existencia es decididamente problemática y también arbitraria y quizá, lo peor de todo, fugaz, desconcertante y en todo punto más fuerte que la propia voluntad.

    Menciono algunos: el diálogo de Príamo y Aquiles donde ambos contendores sinceran sus desencantos (al final de la “Ilíada”); el discurso de Ifigenia ironizando acerca de sus bodas con la muerte (Eurípides, “Ifigenia en Aulide”); la justificación de Clitemnestra luego de la terrible faena (Esquilo, “Orestíada”); la descripción de los antros infernales que enmudece a Eneas, y que no puedo dejar de citar textualmente: “En el mismo vestíbulo y en las primeras horribles gargantas del Averno, tienen su guarida el Dolor y los vengadores Remordimientos. Allí moran las pálidas Enfermedades y la Vejez, y el Miedo y el Hambre, malos consejeros, y la horrible Pobreza, monstruos de espantoso aspecto, y la Muerte y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los perversos goces del Alma. En el umbral opuesto se ve la mortífera Guerra, los férreos tálamos de las Euménides, y la furiosa Discordia, con su cabellera de víboras, ceñidas de sangrientas ínfulas. En el centro extiende sus seculares ramas un gigantesco olmo, y es fama que allí están adheridos a sus hojas, los vanos Sueños” (Canto VI, “Eneida”).

    El efecto interpelante y acusador de estos fragmentos tal vez los pueda resumir (lo hago con frecuencia) en el monólogo del Tercer Acto de “Hamlet” o en las luminosas páginas del aquel último capítulo de la novela de Proust donde el narrador nos habla del vértigo que le suscita contemplar el paso del tiempo y su vasta e indiferente colonia de pobladores, que se doblan hacia el pasado como quien se abisma en el tiro de una mina o en el fondo de un pozo que nada tiene que decir, del que nada puede esperarse. Mientras Leopold Bloom trabajosamente se desviste, cerca de la 1.30 de la mañana, y pasa revista a las fatigas de su inmortal jornada y piensa no sin mortificación en la pálida serie de porvenires que le aguardan (esto ocurre en el capítulo de la interrogación catequética de “Ulises”), deja entrever desalientos que igualmente conectan con ese tropel de referencias que me asaltó este fin de semana a propósito de la revolución Francesa, pero en realidad comprensiva de todas las vanas desesperaciones que engendran indistintamente la soberbia, el miedo, la insensatez, los complejos de inferioridad o de superioridad, las aguas empozadas en el alma, la cobardía mental, la ignorancia.

    Todo ello es muy claro para mí y presumo que es asequible para cualquier lector más o menos interesado. Pero no es tan suficiente, no es tan exacto como lo que Hegel explicó a sus alumnos de la Universidad de Berlín: “Cuando consideramos este espectáculo de las pasiones y se nos ponen ante la vista las consecuencias en la historia de su violencia y de la demencia que no solo les acompaña a ellas, sino incluso también, y hasta principalmente, a las buenas intenciones y fines legítimos (los males, la maldad, el hundimiento de los reinos más florecientes que había creado el espíritu humano)s a los individuos con la más profunda compasión por su indescriptible miseria, solo podemos terminar en la tristeza por esa transitoriedad y, puesto que tal hundimiento no solo es obra de la naturaleza, sino de la voluntad de los hombres, todavía más en una tristeza moral, en la indignación del buen espíritu —si es que tal cosa se encuentra en nosotros— por semejante espectáculo. Y, sin exageración oratoria, meramente reuniendo —cosa legítima— la desdicha que han padecido las más espléndidas formas de pueblos y estados así como las virtudes privadas (o, al menos, la inocencia), se puede elevar aquel resultado al cuadro más espantoso, e intensificar de tal modo el sentimiento hasta la tristeza más profunda y desconcertada, a la que no pueda contrarrestar ningún resultado conciliatorio… Pero incluso al mirar la historia como ese ara sobre la que se han sacrificado la dicha de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los individuos, viene necesariamente al pensamiento la pregunta de para quién, para qué fin último se han llevado a cabo estos inauditos sacrificios”. (“La Razón en la Historia”, Folio, 1965)

    Desventuradamente tiene razón.