N° 1740 - 21 al 27 de Noviembre de 2013
N° 1740 - 21 al 27 de Noviembre de 2013
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAcabo de leer un excelente estudio acerca de los aspectos antropológicos de la escritura en el que se revela que por lo menos desde hace treinta y cinco mil años que conocemos precisamente la escritura y unos cien mil que hablamos de manera organizada (Giorgio Raimondo Cardona, Antropologia de la escritura, Gedisa, Madrid, 2013). Las puras cifras dan vértigo, pero más conmoción provoca el hecho de que se ha podido discernir con cierto grado de propiedad el proceso por el que se llega a la escritura; un trazado que va desde los rudimentarios medios mnemotécnicos (nudos en cordeles, muescas en maderos o tablillas) hasta la concepción de fonemas bien determinados y con capacidad para entrar en contacto con congéneres y formar palabras y luego combinarlas lógicamente en enunciados oracionales. Entre uno y otro extremo se encuentran las soluciones pictográficas, los ideogramas y distintas formas de esquematización gráfica cada vez más simple y a la vez más específica.
Ese libro, que trata de las vinculaciones entre la escritura y la abundante producción ideológica y simbólica me llevó, por inevitable asociación, a revisar un par de interesantes trabajos sobre la metáfora: “Metáforas en uso” (Mariana di Stéfano, Biblos, 2006) y “La metáfora” (Carmen Bobes, Greedos, 2004). El itinerario que seguí para terminar visitando otra vez estas obras se resume en esta secuencia: en la fase de la oralidad el paso de lo gutural a lo articulado y de lo articulado a los instrumentos mnemotécnicos está ligado a la necesidad de fijar económicamente algunos datos, esto es, de ahorrar procedimientos, de no volver a empezar cada vez, de no contar en cada ocasión las mismas cosas. Por eso que la primera producción simbólica es de cantidades y no de cosas u objetos. De ahí a pensar que lo fijado como cifra en un nudo o en una muesca deba ser diferenciado y pasar a lo pictográfico hay un paso no muy grande; se trata de evitar confusiones: no es igual dos manzanas que dos bisontes. Hasta ahí todo parece comprensible; el abismo surge cuando pensamos en lo que viene después: destruir la figura y recomponerla según elementos que no la evocan, es decir, inventar unidades abstractas que se ligan entre sí de modo infinito y dan la variedad de todo lo que existe y lo que se puede imaginar. Y es así donde ingresa la idea de la metáfora: en algún momento se ha de haber agotado la invención de palabras y se decidió combinarlas; nuevas realidades, nuevos pensamientos llevaron a actuar con mayor rapidez, y para no engendrar profusión y confusión en esas precarias convenciones existenciales que llamamos lengua, misteriosamente se decidió combinar las palabras en lugar de seguir concibiendo nombres.
Desde entonces es impensable un mundo sin metáforas; la economía comunicativa las aconseja, la claridad las reclama en prácticamente todas las situaciones. En el trabajo de Hernán Díaz que recoge el libro de Di Stéfano se nos muestra hasta qué punto en el habla cotidiana estamos apresados en la red de las sustituciones de palabras para precisar conceptos o para ampliar significados (Bobes nos explicará que los estudios más solventes sobre e la materia pertenecen a Lakoff y Johnson). Mérito de Díaz es salvar y ordenar algunos ejemplos de nuestra lengua; como dice Bobes, las metáforas cotidianas o en uso, son lugares comunes y están emparentadas con nociones elementales como el espacio, la ganancia, la pérdida, el tiempo.
Lo que sigue es una divertida ordenación de Díaz, que reduce a conceptos los usos a los que estamos habituados: “Conocer es ver: Mi punto de vista es diferente. Está ciego frente a sus problemas. Hay que mirar los problemas de frente. El tiempo es dinero: Me estás haciendo perder el tiempo. Ya invertí demasiado tiempo en este problema. Con este invento podemos ahorrar mucho tiempo. Este desperfecto me costó dos horas. Las expresiones lingüísticas son recipientes: Sus palabras tienen poco significado. Son palabras vacías. Es un texto muy profundo. Saussure está lleno de sugerencias. Ése es un análisis superficial del texto. Feliz arriba/ Triste abajo: Estoy deprimido. Esta película es un bajón. Tengo el alma por el piso. Estoy hundiéndome por esta tragedia. Nuestra pareja se fue a pique. Toda discusión es una guerra: En esa discusión lo destruyó. Tus afirmaciones son indefendibles. Sus críticas dieron en el blanco. Pedro esgrimió sus argumentos. Nunca me ganó en una discusión. Las personas son comida: Fulano es muy dulce. Tiene un carácter avinagrado. Fulana es un bombón. El nacimiento es una llegada: Al bebé lo trae la cigüeña. Ha llegado un nuevo integrante a la familia. La madre está en la dulce espera. La muerte es una partida: Ya no está entre nosotros Fulano. Nos ha dejado Fulano. Fulano se fue al cielo”.
La conclusión es obvia: cuando hablamos decimos muchos más de lo que pensamos; y algo todavía peor: decimos lo que inventaron o dijeron otros, sin darnos cuenta.