Mi Oscar personal

Mi Oscar personal

La columna de Pau Delgado Iglesias

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Nº 2263 - 8 al 14 de Febrero de 2024

¿Cuántas viste del Oscar? Febrero es el momento de las películas: algunas que ya estuvieron en cartel vuelven a las salas de cine, después de anunciadas las nominaciones para los Premios de la Academia. En lo personal, me gustaría que La sociedad de la nieve se gane el premio a la mejor película internacional, o el de maquillaje y peluquería. Lo demás me da bastante igual.

Claro que siempre voy a preferir que sean mujeres las que se lleven los premios, porque es la única manera de ir achicando la escandalosa brecha de género que existe en los Oscar. Según un informe sobre inclusión en los premios de la Academia, de las 13.253 nominaciones entre 1929 y 2023, solo 17% fueron mujeres y 83% hombres (y menos de 2% de las nominaciones fueron para mujeres de color). En 95 años, solo 16% de quienes ganaron fueron mujeres.

En particular, en el Oscar para Mejor dirección, solo 8 de las 476 nominaciones fueron para directoras mujeres (menos de 2%). Esto da una proporción de 59 hombres nominados por cada mujer. Solo tres mujeres ganaron el Oscar a Mejor dirección en 95 años. En 88 de los 95 años estudiados, no había ninguna mujer nominada. La mitad de las nominaciones de mujeres a Mejor dirección fueron después de 2010. Solo hubo un año con dos mujeres nominadas a Mejor dirección: ese año fue 2021. Quienes todavía piensan que esto se debe simplemente a que “no hay buenas directoras de cine” probablemente desconocen la bibliografía disponible sobre discriminación de género en la cultura, e ignoran que el canon cultural está básicamente establecido sobre parámetros masculinos.

Una de esas dos directoras nominadas en 2021 fue la británica Emerald Fennell por su película Promising Young Woman (traducida en Latinoamérica como Hermosa venganza), que ponía sobre la mesa el tema del consentimiento y la cultura de la violación. Aunque no ganó Mejor dirección, logró obtener el Oscar al Mejor guion original. La película contaba la historia de una joven que se hacía la borracha en los boliches hasta que, indefectiblemente, se le acercaba algún hombre preguntándole si estaba bien, y más tarde o más temprano, terminaba queriendo abusar de ella. La película podía gustarte más o menos, o no interesarte para nada porque tenés cero empatía con esos temas, pero algo era bien claro: se trataba de una película con un discurso feminista.

Pero Saltburn es otra cosa. Se trata de la nueva película de Fennell, no está nominada para ningún Oscar y es una película feminista sin hablar de un “tema feminista”.

El título hace referencia al nombre de la casa de campo en la que transcurre más de la mitad de la película: una impresionante mansión medieval inglesa. La película cuenta la historia de Oliver y Felix, dos compañeros de la Universidad de Oxford a mediados de los años 2000. Es una película para disfrutar más que para pensar mucho, para dejarse llevar por la belleza de las imágenes, la música y todo el entorno increíble en el que está filmada. La historia en sí es bastante extraña, disparatada e hipnótica por partes iguales, y no es una película a la que hay que pedirle una coherencia narrativa o algún tipo de verosimilitud.

Lo que encuentro más valioso de Saltburn es que exuda sensualidad sin objetizar a los personajes, y tiene la capacidad de representar escenas de sexo intenso sin sexualizar. Hay, por ejemplo, una escena de sexo oral entre Oliver y Venetia (la hermana de Felix) que fue un “shock” para mucha gente (en sentido negativo) y que me resulta sublime. Fennell se da el gusto de mostrar lo placentero (al tiempo que desconcertante, por lo poco común) que puede llegar a ser para una mujer que su hombre disfrute de su sangre menstrual y la incorpore con naturalidad al juego erótico. Y todo sin necesidad de cosificar a la actriz, algo que resulta difícil de encontrar en esas películas que suele premiar la Academia.

Se trata de un verdadero descanso a lo que en la crítica de cine se conoce como “la mirada masculina” –un término acuñado en 1975 por la teórica y cineasta británica Laura Mulvey, que plantea básicamente que en el cine el acto de mirar siempre es masculino y el objeto de la mirada siempre es la mujer–. Fennell logra romper con ese estereotipo infinito de la escena de sexo con la actriz hegemónica semidesnuda, al tiempo que disfruta transmitiendo la belleza de los actores masculinos sin necesidad de convertirlos en objeto y se divierte con una seducción ambigua que desborda los conceptos estancos de homosexualidad, heterosexualidad o cualquier otra categoría.

Vaya entonces mi premio personal para la tan comentada Saltburn, que, además de todo, se da el lujo de acompasar imágenes hermosas al ritmo de Pet Shop Boys, MGMT y Sophie Ellis-Bextor, todo un placer para los sentidos.