Nº 2258 - 4 al 10 de Enero de 2024
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa Ciudad Vieja está casi desierta. La mitad de los comercios están cerrados en los primeros días de enero y, por lo tanto, no hay gente en la vuelta. Hay que caminar 15 minutos (lo compruebo) para encontrar un lugar en donde comprar un poco de comida al mediodía de un día cualquiera de la primera semana de 2024. El ritmo de trabajo es casi nulo y la sensación de estar en la mitad del verano le pasa por arriba a la de estar comenzando un nuevo año.
Dividir el tiempo en años es una completa arbitrariedad, como lo es subdividir los años en meses, días y horas. Pero a pesar de ser arbitrarias, son cosas que nos sirven para medir el paso de esa arbitrariedad aún mayor que llamamos tiempo. Son acuerdos para saber en dónde comienzan y terminan las cosas. O, mejor dicho, son acuerdos que nos permiten movernos dentro de una trama, un tejido, que nos dice dónde estamos, de dónde venimos y a dónde vamos. Nombra, pone límite, señala un comienzo y un fin.
El año que terminó venía siendo uno normalito hasta que la muerte de mi padre, en noviembre, que lo convirtió en el peor de todos los que recuerdo. Por lo tanto, paso de hacer balances de ningún tipo, registrado está para mí 2023 como el peor año de mi vida y nada puedo hacer el respecto. Lo que sí puedo hacer es pedir buenos deseos a futuro, esto es, esa suerte de carta a los reyes que hacemos con cada corte arbitrario, poniendo nuestra esperanza en lo que está por venir. Un futuro que, si tenemos suerte, no tiene por qué depender al 100% de quién gane o pierda las próximas elecciones. Pese a lo que digan los periodos electorales, existe vida inteligente más allá del conflicto partidario.
Mi carta a los reyes es un poco repetitiva y, como calculo que diría mi excompañera televisiva Viviana Ruggiero, muy digna del frutillita que soy. Arranca pidiéndole a los monarcas de oriente que la campaña electoral que se avecina no sea una catarata de descalificaciones polarizantes y virulentas. ¿Por qué? Porque eso es lo peor que le puede pasar a la democracia liberal: que el debate de ideas sobre cuál es la “buena vida” que queremos, quede sepultado por los bajos instintos electorales. La pregunta que se deberían hacer los candidatos y, muy especialmente, sus eventuales votantes, es ¿para qué quiere el señor X ser presidente? ¿Qué piensa hacer cuando esté en esa posición de poder? ¿Hará aquello para lo que me pide el voto?
Esas preguntas pueden responderse, al menos de manera parcial, viendo los antecedentes de los candidatos en sus cargos previos. Si un candidato promete políticas sociales, pero desde el espacio de poder que tuvo previamente no las implementó, es poco creíble. Si otro asegura que va a controlar de manera férrea las cuentas públicas y cuando tuvo poder lo que hizo fue gastar dinero en autopromoción, es poco creíble. Si un tercero dice, por ejemplo, tener un plan que soluciona de manera sencilla los problemas de seguridad que tiene el país, no importa qué haya hecho antes, está mintiendo o es directamente un ejemplo de efecto Dunning-Kruger grande como una casa: el pobre no sabe que no sabe y por eso cree que lo sabe todo. Los problemas complejos no tienen soluciones sencillas y casi todos los problemas que debe enfrentar un gobernante son complejos.
Obviamente existen distintas visiones sobre qué es eso que llamamos buena vida, esto es, qué nos parece deseable para nosotros y para el colectivo. Para eso es que tenemos un sistema partidario, para que esas distintas visiones se presenten de forma organizada y agrupada y para que, una vez elegidos quienes nos van a gobernar, intenten implementar su visión, que sería la mayoritaria, y los pasos que nos arrimen a esa buena vida. Por eso es por lo que no tiene sentido pensar solo en términos de políticas de Estado (espero que esta declaración me haga un poco menos frutillita), porque efectivamente existen distintas visiones sobre lo que es bueno y malo para la sociedad. Y, de hecho, es bueno que esas visiones se articulen y discutan entre sí. Sin debate libre, no hay forma de mejorar.
Sin embargo, sí que existen ciertos acuerdos mínimos que es bueno respetar por el bien del ensamblado social. Uno de esos acuerdos mínimos, y diría que también tácitos, es que un candidato no debería mentir. Ni siquiera en campaña electoral, especialmente en campaña electoral. Por eso son un sinsentido las frases tipo “no aumentaremos los impuestos”. Porque llegado el momento y si lo necesitás, querido gobernante, los aumentarás y los bautizarás con otro nombre. Uno que sirva para disimular el hecho, una suerte de lenguaje políticamente correcto ad hoc.
Algo parecido ocurre cuando se intenta introducir en la Constitución una edad fija para la jubilación: es un engañapichanga que aprovecha que a nadie le hace gracia laburar más años para jubilarse, aunque en promedio viva hoy 10 años más que cuando se redactó la ley que fijaba la edad, previa a la reciente reforma. Un engañapichanga con un problema serio de viabilidad que traslada el peso del asunto a las generaciones futuras. Unas generaciones que de por sí se enfrentan a un mercado laboral inestable, en constante transformación debido a la tecnología. Un mercado laboral en el que el presidente de la Asociación Latinoamericana de Internet (ALAI) puede decir en una entrevista que su “modelo de negocio” es precisamente que no le vengan a molestar con legislaciones nacionales, que su curro es localizar los huecos que le permitan explotar libremente todo lo que quede por fuera del poder de los Estados nacionales. Y sin que nadie, ni siquiera el periodista que lo entreviste, cuestione esa especie de superpoder.
Precisamente, para que la campaña electoral no se convierta en un cúmulo de disparates incontrastables que solo contribuyan a la demonización del adversario, es que mi carta a los reyes incluye un capítulo que dice “me encantaría que además de diferenciarse de los rivales, aparezca un candidato que supere el estadio futbolero actual de la política y proponga de manera explícita continuar lo bueno que se ha hecho, buscando acuerdos, a la vez que se concentre en cambiar lo malo”. Quizá sea mucho pedir, lo sé, pero siempre será mejor que gobernar en contra de lo que piensa la otra mitad del país. Por lo menos eso pensamos los frutillitas.
Así que sí, desde esta Ciudad Vieja semidesierta y calurosa, no tengo más que pedirles a los reyes magos que nos ayuden trayéndonos una campaña electoral inteligente, en donde los más brutos de cada partido no lleven la voz cantante. En donde en vez de intercambiar insultos se discutan ideas con base en la evidencia. Y en donde la academia, en vez de sumarse a los bandos, con la alegría de quien se suma a un bombardeo, se dedique a mejorar y construir la evidencia que se necesita para hacer mejores políticas. Que por pedir no quede.