N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl futbolista holandés Dennis Bergkamp tiene miedo a volar. Al dramaturgo, poeta y actor Sam Shepard no lo subían a un avión a menos que fuese estrictamente necesario, y bien sedado. Para quien tiene pánico a no sentir el piso bajo sus pies, no hay argumento ni estadística que lo calme, no importa que las probabilidades de morir en un accidente aéreo sean una entre 2,5 millones. El temeroso a volar, el verdadero aerofóbico, se concentra en sacar la grande: hoy, que estoy encerrado en este ataúd volante junto a otros pobres miserables, seré el elegido —y ellos también— entre los 2,5 millones, porque al piloto le dará una crisis de epilepsia y a su compañero, cuando asuma el mando, lo asaltará un repentino ataque al corazón. También puede ocurrir que un trozo de metal se introduzca por accidente en una turbina. O que el personal de mantenimiento incurra en una distracción en la pista al papanatear con el celular. O que suba a tu vuelo el yetatore, el tipo que ponen al lado de la ruleta para que salga el cero.
Mohamed Atta colaboró con este miedo a volar al planificar y estrellar un prístino 11 de setiembre de 2001 el primero de los dos aviones en las Torres Gemelas.
Pero también están los “ataques preventivos”, como el sufrido por el Boeing 747 surcoreano al sobrevolar —desviado de su itinerario habitual— la pequeña isla Sajalin (hoy rusa y antes japonesa y mucho antes china), en el mar de Ojotsk, un 31 de agosto de 1983, cuando fue abatido por dos cazas soviéticos: 269 muertos. ¿Qué tendría esa isla, aparte de gas natural y un centro penitenciario que antaño visitó Chéjov y lo dejó impresionado? Quizá el escritor vislumbró desde la Tierra en 1890 la cuarta dimensión futurista, con la explosión en las alturas, sin poder explicarla.
Así, como presumo que lo hace Bergkamp o lo hizo Shepard, duro como una estaca, alerta de que alguien pegue un abrupto alarido del tipo Allahu akbar, con envidia de los que duermen a pata suelta a mi alrededor, con el peligro inminente al cuello, así viajo yo en los aviones.