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    Misteriosa y exquisita elegancia

    Su obra no figura en el acervo de los museos y prácticamente desapareció de la memoria artística uruguaya. Por eso esta muestra es una suerte de doble descubrimiento del artista y de su asombroso mundo creativo. La primera curiosidad está en su propio título, que lleva hacia una estética poco frecuentada en el arte nacional. Se llama Mario Arroyo. Surrealismo rioplatense y se exhibe hasta el 25 de julio en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV).

    Las 33 obras que la integran se asemejan a fotogramas de viejas películas o a escenas de una obra de teatro. Los personajes son hombres de gacho y gabardina, mujeres solitarias de vestidos elegantes o músicos de una orquesta de tango. Entre ellos pueden asomarse relojes o farolitos de vidrios rotos o pianos de los que salen hermosas piernas con tacos altos o quizás alguna puerta que parece tener vida propia. Y siempre es de noche, porque “la noche tiene misterios y el día no”, decía Arroyo. Todo está envuelto en una atmósfera enigmática de grises y sepias, y todo es extraño y a la vez tan familiar como un tango.

    La segunda curiosidad es saber quién fue Mario Arroyo. La propia exposición reconstruye sus señas de identidad a través de fotografías, artículos de prensa y cartas. El artista nació en Montevideo en 1927, estudió arquitectura, aunque no terminó la carrera, y trabajó como bancario. Comenzó a pintar a los 40 años y su carrera artística fue relativamente corta porque enfermó de cáncer de pulmón y murió a los 68 años, en 1995. Se había casado en 1954 con Petrona Méndez, quien fue la única heredera de su obra, ya que la pareja no tuvo hijos.

    Fue un gran admirador del surrealismo europeo, de René Magritte, de Paul Delvaux, de Giorgio de Chirico, de Salvador Dalí, y de los argentinos Vito Campanella y Sigfredo Pastor. Pero la singularidad de su obra estuvo en crear un surrealismo propio que se alimentó de los cafés, de las mesas de billar, de la sensualidad y elegancia del tango, de la soledad de la ciudad dormida. Y también del cine, especialmente del francés de los años 30. “Hay particularmente algunos filmes que me han quedado grabados: El año pasado en Marienbad de Alain Resnais, El proceso de Orson Welles, algunas películas del cine expresionista alemán y norteamericano, Metrópolis, El estudiante de Praga, La caída de la Casa Usher, entre muchos otros”, es la respuesta que dio el artista en una entrevista.

    Otra fuente de inspiración fue la bohemia montevideana. Con su íntimo amigo, el poeta y cantante Horacio Ferrer, Arroyo integró primero un club de tango llamado la Guardia Nueva, al que asistían figuras famosas, entre ellas, Astor Piazzolla. Después se hicieron habituales “las luneras”, tertulias musicales y gastronómicas que se hacían los lunes de noche en diferentes casas. De esos encuentros participaron músicos, arquitectos, artistas y periodistas, como los hermanos Agustín y Abel Carlevaro, Jorge Seijo, Henry Jasa o Manuel Domínguez Nieto. Otro amigo cercano fue el dibujante Hermenegildo Sábat, quien en 1980 hizo una caricatura de Arroyo que hoy integra la muestra: “Para Mario, un recuerdo de su hermano Menchi”, dice su dedicatoria.

    La exposición en el MNAV fue posible por el trabajo de investigación y rastreo de Marcelo Guadalupe y Carlos Castro, los curadores. Guadalupe fue compañero de trabajo de Arroyo en un banco, desde 1978 a 1983. Allí se hicieron amigos, a pesar de que el artista le llevaba 30 años. “Se vestía con sombrero y pañuelo. Tenía un grupo de amigos vinculado a la revista Imágenes, donde él ilustraba artículos y poemas, y a veces me invitaba. A través de él me empezó a interesar la pintura y por supuesto sus cuadros”.

    Guadalupe recuerda que terminaba un cuadro, se lo entregaba a las galerías y se vendía enseguida. “En su momento lo apadrinó la galería Karlen Gugelmeier con quien hizo la primera exposición en 1972. Alicia Karlen fue quien los impulsó a él y a Clarel Neme”.

    El éxito que tenían las obras de Arroyo en el mercado, y su lentitud para crearlas, explica por qué desaparecían rápidamente de las galerías y nunca llegaron a los museos. Ese éxito de ventas se acompañó de muy buenas reseñas críticas que en ese momento posicionaban a los artistas. María Luisa Torrens, Jorge Nieto, Eduardo Vernazza, Alfredo Torres y José Pedro Carbajal fueron algunos de los críticos que vieron el talento y lo singular de su pintura. Con los años, la crítica de arte fue perdiendo el papel que tuvo en ese momento, igual que el que tuvieron las galerías de arte. Entonces la figura de Arroyo fue quedando en un segundo plano hasta prácticamente desaparecer.

    Cuando murió, Guadalupe comenzó a comprar sus obras. “Al principio lo hice con mucho esfuerzo, pero en el correr de los últimos 30 años, cuando aparecía alguna de sus pinturas trataba de adquirirla. Tengo en mi propiedad unas 15. Mi casa está tapizada con sus cuadros”.

    Algunas las tuvo que restaurar por el alto grado de deterioro, y así llegó a enmarcarlas con Héctor Pérez de la Galería Sur. Él fue quien le dijo que un sobrino de la esposa de Arroyo quería conocerlo. Entonces Guadalupe y Carlos Castro se encontraron.

    Castro también es artista plástico y fue docente de dibujo. “Tal vez por eso me quedé a cargo de su obra. Mis hijos y mis sobrinos confiaron en mí para que la manejara. Todos entendemos que tiene que estar unida y en ningún momento pensamos en venderla o enviarla a remate, eso hubiera sido la pérdida total”, comentó.

    Él recuerda que cuando joven visitaba a Arroyo y lo veía trabajar con mucho esmero. “Mario era un pintor particular, sin formación artística, más allá de tener el conocimiento de dibujo y de perspectiva que le dio la Facultad de Arquitectura. Tenía una terrible exigencia en la búsqueda de los tonos, recuerdo cómo preparaba los colores en frasquitos y los mezclaba. La suya era una paleta muy buscada, quería crear el clima adecuado”.

    La esposa de Arroyo murió en 2011 y dejó unos 15 cuadros. En 2015, Castro los expuso en el Museo de Artes Plásticas de Tacuarembó, pero sin mucha repercusión. Cuando se conocieron con Guadalupe, vieron la posibilidad de empezar a localizar el resto de la obra. Hasta el momento, tiene inventariada 150 piezas, muchas de ellas conseguidas a través de fotografías que Arroyo les sacaba. Castro cree que en total no hay más de 500 entre las de Uruguay, Buenos Aires y Porto Alegre, ciudades en las que expuso y vendió.

    “Marcelo le llevó solo una obra a Enrique Aguerre (director del MNAV), que quedó maravillado y enseguida se interesó en hacer una muestra. La armamos con las dos colecciones, pero recibimos obras que nos prestaron algunos integrantes de ‘las luneras’. Marcelo es más relacionista público que yo y consiguió cinco cuadros más”, dice Castro. Algunos pertenecieron a Raúl Elgue, hoy fallecido, pero hay dos integrantes de aquellas tertulias que aún viven y prestaron sus cuadros.

    Los museos por fin abrieron y allí está esperando la muestra de Arroyo con su misterio, su drama y sus noches tangueras.

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