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En la vida cotidiana usamos vocablos como sinónimos cuando no siempre lo son. Héroe y prócer son dos ejemplos de ello. Un héroe es un “varón ilustre y famoso por sus hazañas y virtudes”. O entonces un “hombre que lleva a cabo una acción heroica”. Prócer es alguien “eminente, elevado y alto”.
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En estas acepciones descubrimos que tanto el héroe como el prócer se destacan por su accionar elevado, por su personalidad ilustre y por su marcada dignidad. Pero la heroicidad tiene una dimensión épica que el proceridad no tiene por qué tener. Y como cuando hablamos de épica hablamos de valentía, alguien podría pensar que la valentía marca la línea divisoria entre un héroe y un prócer. Podría tener razón, siempre y cuando no esté de acuerdo con Séneca, que en sus reflexiones escribió: “Hay situaciones en las cuales vivir es un acto de valentía”.
Desde el punto de vista del filósofo romano, una sociedad como la uruguaya hoy está colmada de héroes: son todos aquellos que luchan contra la extorsión impositiva, contra la criminalidad a chorro abierto (y no es sólo un juego de palabras), contra la imparable degradación material y espiritual, contra la flagrante ineptitud del conjunto de la clase política, contra el avance demoledor del sindicalismo, contra la basura en las veredas, contra la cumbia en el transporte colectivo y contra todos y cada uno de los muchos contratiempos que convierten la vida diaria en una guerra sin cuartel. Por eso, cuando le preguntamos a alguien cómo está, nos responderá: “acá estoy, en la lucha”.
Como los coloridos héroes de la historia y la leyenda, el héroe gris del cotidiano sabe, con mayor o menor certeza, que su lucha está perdida y que tarde o temprano va a sucumbir ante un enemigo mucho más poderoso. Su heroicidad radica, justamente, en este hecho trágico, dramático, épico, fatal.
Dijimos que los próceres pueden ser héroes. Pero también pueden no serlo, especialmente si se trata de próceres de libro de historia oficial, próceres de papel picado y engrudo, figuritas de cartón para jugar a la marchanta: gente que según el efecto del golpe dado caen de un lado o del otro. Tanto da.
Hoy se me dio por recordar a uno de esos próceres. Se llamó Nicolás Herrera y su historia personal explica la historia nacional. Padre de Manuel Herrera y Obes y abuelo del presidente Julio Herrera y Obes, el montevideano Nicolás tuvo varios amos en América y en Europa y traicionó a todos por igual.
Cumplió, Herrera, funciones para el virrey de España y para el Directorio porteño, sirvió a Napoleón y a la caída de éste, cuando ya no tenía a dónde ir, buscó refugio con los portugueses. Fue secretario personal de Lecor durante la ocupación de la Provincia Oriental y prócer de la conversión de la misma en Provincia Cisplatina. Luego, fiel a su costumbre, abandonó a los portugueses y quedó al servicio del emperador de Brasil, representando a la Cisplatina como senador en el Congreso imperial en Río de Janeiro. Terminó su vida en Uruguay, dirigiendo los destinos de la novel República (el presidente Rivera prefería vivir en campaña) junto con su cuñado Lucas Obes y sus concuñados Ellauri, Álvarez y Gelly.
En febrero de 1814 se emitió la conocidísima condena contra Artigas. En ella se le declaraba “traidor a la patria” y se ofrecían “seis mil pesos a los que entreguen la persona de don José Artigas vivo o muerto”. Autor de la condena fue Nicolás Herrera, a quien acompañó en la firma Gervasio Posadas. Un año más tarde, Herrera redactó dos cartas explosivas. Una estaba dirigida al representante de Inglaterra en Río de Janeiro y la otra al canciller británico. Las mismas fueron firmadas por el Director Supremo Carlos Alvear. Pero cuando Lord Strangford leyó la carta de Herrera sintió que se le caía la taza de té. Una vez repuesto prohibió que la otra carta viajara a Londres.
¿Qué decían las misivas de don Nicolás? En pocas palabras, le ofrecían a Inglaterra toda Argentina y le prometían el resto del continente. Cito una frase de las muchas que hay para citar: “solamente la generosa nación británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas Provincias que obedecerán a su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer”.
Para que Londres, recordando la experiencia de las fracasadas invasiones de 1806 y 1807, no tuviera temores, Alvear le garantizaba a Londres que “el proyecto no ofrece grandes embarazos en la ejecución”. Él mismo en persona era garante de la transformación de las Provincias Unidas en colonia británica. Y ya que estaban emulando a Papá Noel y a los tres Reyes Magos, Herrera y Alvear le prometieron a Su Graciosa Majestad que pronto podría gozar de “la posesión exclusiva de este continente”.
En una frase de leyenda, Herrera escribió que Inglaterra, “que ha protegido la libertad de los negros en la costa de África (…) no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo que se arrojan a sus brazos generosos”.
Hay mucha tierra escondida debajo de la alfombra de la historia oficial. Pero, lamentablemente, los quijotes del revisionismo histórico se han enfrascado en crear nuevos mitos de papel picado y engrudo, tan falsos e incongruentes como los otros.