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    Motivar a sus alumnos y darles autonomía regulada es la clave del éxito del modelo educativo Finlandés, según sus autoridades

    El inconfundible ritmo del reggae podía sentirse a varios metros de la puerta cerrada. Adentro, la melodía se transformaba en una poderosa canción entonada por más de 20 niños de 11 años. Entre vidrios estaba el que tocaba la batería. A su izquierda tres tocaban diferentes guitarras, a su derecha el bajista y un poco más atrás en el salón, el resto de la banda.

    En la clase de música de la escuela Vikki de Helsinki los niños eligen por votación e interpretan el género musical que prefieren. La profesora de música escoge una melodía adecuada para el desarrollo de los alumnos y fija su objetivo en que al final del año puedan componer al menos un minuto de una canción.

    Según especialistas, profesores y jerarcas finlandeses, la flexibilidad curricular y el trabajo en equipo que le permitan al alumno tomar sus decisiones, son las principales claves para alcanzar los mejores niveles educativos del mundo y haberlos mantenido por más de una década.

    Al estar en los primeros lugares de todo ranking educativo internacional y regional, Finlandia se transformó en el país referente para los gobiernos que quieren mejorar el desempeño académico y el nivel de sus sistemas de enseñanza.

    “Creemos en que el sistema educativo lo componen profesores y alumnos en porcentajes iguales. Es responsabilidad de ambos lograr mejorarse”, dijo a Búsqueda Marja Martikainen, la subdirectora de Vikki, una escuela/liceo con más de 900 alumnos.

    “Esto no significa que la autoridad del maestro es compartida. Él es el encargado y responsable final de los resultados de sus alumnos. Pero si uno hace parte del proyecto a los chicos, estos asumen compromisos y se motivan”, agregó.

    Todo en la educación finlandesa está orientado a que los alumnos puedan tomar sus propias decisiones y sean responsables en parte, de su desempeño educativo.

    Y es la falta de motivación lo que, a juicio de la ministra de Educación finlandesa, Krista Kiuru, ha provocado una ligera caída del desempeño estudiantil en los últimos dos años.

    “Nuestro desafío más importante hoy es que la motivación de los jóvenes por el estudio se está hundiendo, uno lo puede ver en todas partes, es algo que afecta a todas las sociedades”, dijo Kiuru a Búsqueda.

    “Dejaremos de tener un sistema tan bueno si no atacamos este problema de que los jóvenes pierden el interés por aprender”, agregó.

    Por eso el gobierno está impulsando la “tercera gran reforma” del sistema educativo: convocó a decenas de científicos nacionales “para que investiguen y digan cuál es el camino a seguir, cuál es la nueva estrategia”, dijo la jerarca.

    Aunque aún están en la etapa inicial de la investigación, Kiuru no tiene dudas de que la inclusión de las tecnologías digitales será parte “esencial” del nuevo modelo educativo.

    Escuela/liceo.

    A diferencia del resto del mundo, donde se promueve la inclusión cada vez más temprana del niño al sistema educativo, en Finlandia la escuela obligatoria empieza a los siete años. A partir de allí, y hasta los 16, los alumnos asisten al mismo centro educativo, que combina diferentes áreas dependiendo de la edad de los estudiantes. Es normal que alumnos de 14 y 15 años colaboren en diferentes actividades para estudiantes de grados inferiores.

    En Vikki hay 403 alumnos en el nivel primario —hasta los 13 años— y 282 en Ciclo Básico —hasta los 16—. Este grupo compone la “escuela comprehensiva”, en la que el alumno “debe adquirir todos los conceptos y capacidades para desenvolverse en su vida adulta”, explica el educador y académico finlandés Pasi Sahlberg.

    Según Sahlberg y otros profesores, la motivación de los alumnos es la principal llave del éxito del modelo finlandés. Para conseguirla le dan la oportunidad al alumno de que elija entre varias opciones y que tenga siempre la posibilidad de consultar sus decisiones con tutores y asesores durante toda su vida académica.

    “Es importante darse cuenta de que Finlandia no buscaba ser el mejor del mundo en educación, simplemente se pretendía dar un buen servicio a los estudiantes”, explicó el académico.

    El mismo centro educativo también ofrece bachillerato a 256 estudiantes, que van de los 16 a los 18 o 19, según si el alumno entiende que ya está preparado para ir a la universidad o no.

    Para esta masa escolar, el centro cuenta con 102 profesores y 200 estudiantes universitarios de educación, ya que la escuela/liceo es uno de los centros de entrenamiento para los futuros profesores.

    “En este contexto, nosotros apostamos a la cooperación y no a la competencia como base del sistema”, sostiene el pedagogo. En el sistema educativo obligatorio, Finlandia tiene una cobertura superior al 99%, con índices de repetición y deserción por debajo del 1%. En Uruguay la repetición en secundaria es del 28,6%, según los datos oficiales.

    En las clases los alumnos se sientan en mesas redondas de cuatro o cinco sillas. En el pizarrón puede leerse la fecha, la materia que se está dictando y los objetivos a aprender delineados en conjunto para esa semana.

    En la clase de matemática para niños de 10 años, dos de ellos están separados estudiando aparte. “Ellos están haciendo álgebra del grado 8 (para alumnos de 14 años)”, explica el maestro. En el sistema finlandés se acompaña con tutores a los alumnos con dificultades, pero también se les permite a aquellos que tienen más facilidad estudiar y formarse con material de grados superiores.

    Los niños y adolescentes almuerzan en la escuela. A pesar de la cantidad de materias para los diferentes cursos, los alumnos finlandeses son los que tienen menos carga horaria de todos los países de la OCDE y otros desarrollados: al llegar a los 14 años acumulan unas 5.000 horas recibidas frente a las más de 6.500 de Inglaterra, Francia, Holanda o Estados Unidos, todos países que tienen peor desempeño educativo en las pruebas internacionales. Además es inusual que los alumnos tengan tarea domiciliaria.

    Al regreso del almuerzo hay actividades en talleres, mientras que otras clases se preparan para una visita guiada a una fábrica de papel. Las visitas a centros de trabajo y organizaciones son casi semanales y junto con actividades manuales son una parte importante del modelo educativo en primaria y parte de secundaria.

    “Privilegiamos la cooperación y el aprendizaje por experiencias directas por encima de la competencia. No creemos que eso sea saludable en un ambiente educativo”, sostuvo Martikainen.

    Oposición y reformas.

    En este país nórdico de poco más de cinco millones de personas, la educación no siempre fue brillante. Antes de los años setenta el nivel educativo finlandés era comparable al de Malasia o Perú, con solo uno de cada diez ciudadanos con educación básica completa. Fue en esa década donde se implementaron, con una fuerte polémica política, una serie de reformas educativas entre las que estuvo la introducción de la escuela comprehensiva de nueve años de duración y la reforma del sistema de formación de profesores.

    Esta reforma apuntó a una profesionalización de la carrera y a elevar el respeto y la reputación que conlleva ser educador. El éxito fue tal, que en la actualidad se abren 5.000 cupos de estudiante de educación en todo el sistema (primaria secundaria y terciaria) y se postulan unos 20.000 aspirantes.

    Junto con el exigente sistema de selección, todos los maestros y profesores deben tener al menos un máster antes de estar habilitados a dar clase.

    Cada centro educativo es el responsable de contratar su personal académico, por lo que algunas escuelas rurales suelen ofrecer incentivos económicos por encima del sueldo. Sin embargo, el salario de un educador (unos 2.500 euros aproximadamente) no es de los más altos en la sociedad finlandesa. Según Martikainen, hay varias profesiones que superan los ingresos del maestro o profesor, pero no su reputación social.

    Una vez contratados, la movilidad entre centros educativos es algo bastante excepcional (apenas un 10% cambia de centro o abandona la profesión) y por lo general el maestro o profesor hace toda su carrera en el mismo centro.

    Actualmente los profesores gozan de una buena cuota de autonomía, al grado de que no existen pruebas estandarizadas de pasaje de curso, y cada maestro o profesor está habilitado a crear su propio sistema.

    Por norma, el educador debe dedicar dos horas semanales a la planificación pedagógica con el resto de sus colegas del centro educativo. Sin embargo, la cantidad de horas de enseñanza es muy inferior a otros sistemas: un maestro finlandés de educación media enseña unas 600 horas anuales en comparación con las 1.080 que enseña su colega estadounidense.

    Bachillerato.

    Emmi Halmesvirta y Laura Mäntylä son dos estudiantes de 19 años que están cursando su último año de bachillerato antes de ingresar a la universidad. Ambas estudiantes fueron de intercambio estudiantil un año fuera del país nórdico. Emmi fue a Austria y Laura a Estados Unidos. Ambas relataron su experiencia internacional como “regularmente buena”, pero no resultaron muy motivadas por el nivel académico de sus contrapartes extranjeros.

    “El problema es que en Austria las opciones son muy pocas, apenas hay ocho materias en un año y uno no tiene chance de elegir casi nada”, dijo a Búsqueda Emmi.

    El bachillerato es a nivel mundial la parte del sistema educativo con más abandono estudiantil. En consecuencia es una de las instancias que más preocupan a los gobiernos, ya que no dan con la tecla para retener al estudiantado. En Finlandia, el 95% de los estudiantes de 16 años que terminan la secundaria siguen al bachillerato. En Uruguay fue el 85,4% en 2012, según los datos del Ministerio de Educación. Además, en Finlandia del total de estudiantes que entran en bachillerato, el 50% ingresa a la universidad.

    La diferencia más notoria está, nuevamente, en el involucramiento de los estudiantes con el programa. En el bachillerato finlandés el programa es de dos o tres años, según la decisión personal de cada estudiante. En ese tiempo el alumno tiene que dar 75 cursos, de los cuales un tercio los elige el alumno en base a sus gustos y orientaciones vocacionales.

    Las materias no son anuales sino que duran seis semanas, lo que le permite al estudiante cursar un amplio número en varias asignaturas.

    “Si una materia no te gusta podés superarla en poco tiempo, solo son seis semanas. Pero al mismo tiempo, como son tan concentradas, uno tiene que prestar mucha atención, ya que si perdés una clase te perdés muchas cosas importantes”, dijo Laura.

    Son los alumnos los que eligen, además, qué materia dan en qué momento. Lo único que se les exige para salvar el bachillerato es que hayan completado los 75 cursos en al menos dos años.

    La orientación vocacional y los tutores también forman una parte importante de este trayecto educativo: los alumnos cuentan con una clase semanal de orientación vocacional y disponen de tutores académicos que los guían en la conformación de su bachillerato, la elección de materias y la decisión de entrar a la universidad.

    En la OCDE el promedio de egresos de bachillerato es del 80%. En Finlandia es del 93%. Uruguay, según la información del 2012 del Consejo de Educación Secundaria, tiene un egreso de bachillerato del 54%.

    De ese total, tres de cada cinco estudiantes ingresan a la Universidad y el 50% se gradúan.