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    Mujeres del tango (I)

    La aventura del tango

    —Desde sus orígenes el tango fue machista, patriarcal —me dijo hace unos cuantos lustros Osvaldo Pugliese—, y durante años se dijo que las mujeres que se metían en su ambiente eran de “mala vida”. Les costó mucho hacerse lugar. Pero mujeres importantes para el tango hubo siempre. Eso sí, tenés que poner primero a Paquita, una pionera.

    Por Francisca Bernardo (Paquita, 1900-1925) —sobre quien ya me ocupé al analizar la evolución de la orquesta de tango— siempre se ha sentido una emoción especial. Nace de su muy corta, dramática vida, y de su valentía. Escribió Horacio Salas: “Que una mujer tuviese en 1921 una profesión resultaba una extravagancia (…) pero presentarse interpretando el bandoneón y al frente de una orquesta de hombres orillaba el escándalo”. Como sabemos, eso hizo Paquita durante cuatro años, venciendo todas las resistencias, hasta su inesperada muerte en 1925. Hoy se la ve como un estandarte de la reivindicación femenina en el tango.

    Más allá de esta excepcional peripecia, el mundo de las mujeres del tango, contra lo que a primera vista pudiera pensarse, es inabarcable: habría que hacer un diccionario. Claro, aquí juega, y ya se dijo, la síntesis: el repaso de nombres y trayectorias será subjetivo, con seguridad insuficiente, solo útil a cuenta de inventario parcial y entonces cada cual podrá añadir a quienes su propia subjetividad indique.

    María Luisa Carnelli (1898-1987) nació en un hogar de clase media, con un padre severo y elitista que odiaba el tango y exigía de sus hijos el acercamiento a las bellas artes. María Luisa fue, por imposición, poeta “de libros” —modo costumbrista de decir que escribía para honrar la literatura— y publicó en 1922 su primera obra, Versos de mujer. Se ha afirmado que su larga relación sentimental con Enrique González Tuñón, hermano de Raúl y también poeta, la llevó a gustar apasionadamente del tango. Para eludir la censura de su progenitor ideó dos seudónimos masculinos: Mario Castro y Luis Mario; con ellos firmó varios tangos memorables, de los que vale la pena recordar El malevo (música de Julio de Caro y en homenaje al “Malevo” Muñoz, esto es a Carlos de la Púa), Pa’l cambalache (música de Rafael Rossi) y Cuando llora la milonga (música de Juan de Dios Filiberto). Su padre murió, convencido de que ningún hijo se había aproximado al tango, pero María Julia —nunca se supo por qué— siguió componiendo con los seudónimos y jamás cambió los correspondientes registros.

    El escenario natural de Sofia Bozán (María Isabel Bergero de Hess, 1904-1958) fue el teatro de revistas, donde durante más de dos décadas impuso el “tango humorístico” con un estilo desenfadado, atrevido y alegre que, según Horacio Salas, “no era común entre las cancionistas de su generación ni lo sería entre las de promociones posteriores”. Debutó a los 14 años en la compañía de Vittuone y Pomar, adonde la llevó su prima Olinda Bozán: estrenó Yira, yira, que más tarde llevaría al disco —una de sus mejores grabaciones, dentro de las pocas que hizo— acompañada por Enrique Delfino. Morocha, hermosa, de cuerpo admirable, participó en películas como Luces de Buenos Aires, junto a Gardel, Puerto Nuevo y Carnaval de antaño. Según los entendidos, tenía una “voz personal, de timbre ronco y se caracterizó por acentuar las pausas que permitieran enfatizar la intención de la letra”. A su manera, en determinado ámbito, muy importante para su tiempo, fue una adelantada. Entre sus éxitos se destacan Se acabaron los otarios, Qué querés con esa cara y Sos bueno vos también.

    Nelly Omar (Nélida Vuattone, 1911-2013) fue un caso excepcional: dos meses después de cumplir 100 años, noviembre de 2011, hizo en el Luna Park, acompañada por seis guitarras, un multitudinario espectáculo durante el cual recorrió todo su repertorio, de pie, sin un gesto de cansancio y con el mismo registro vocal de la época en que cantó con Canaro. Debutó en un cine, pasó por el teatro, cantó junto a su hermana Nilda y en el conjunto Cuadros Argentinos de Julio y Alfredo Navarrine y Antonio Molina. Desde 1935 fue solista, hasta que en 1945 la contrató “Pirincho”, con cuya orquesta realizó —atiéndase este dato— sus primeras grabaciones: Desde el alma, Rosas de otoño, Sentimiento gaucho y Adiós, pampa mía. Por ser la inspiradora de Malena —sí, ella, el amor prohibido de Homero Manzi— tuvo el honor de estrenar Sur, nada menos. Longeva, lúcida, con la voz intacta, quedó convertida en una suerte de símbolo del tango.