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    Mujeres fuera del almanaque

    Gladys Afamado en el Parque Rodó

    Hay una Máquina para hacer llover. Así se llama la obra, un trabajo en linóleo sobre papel, técnica de grabado que la autora investigó en los años ochenta. Dos hombrecitos en negro, pequeños y sin rasgos, se esmeran por atar una cuerda a unos enormes tubos. Parecen grandes chimeneas repartidas en dos zonas del plano. Ocupan la parte alta del dibujo, surgen de una masa inferior de imágenes oscuras y un centro blanco que recorta la escena. De lejos parece un corazón con sus arterias cortadas, enormes, exageradas. Un símil de corazón, un órgano amorfo que apunta al cielo. De cerca, ese órgano se convierte en una extraña sugerencia de máquina con sus cañones prontos a disparar. De una chimenea sale un poco de humo, simulacro de pequeñas y sugestivas nubes, el único dato preciso sobre la intención del invento. Los hombrecitos dan la dimensión de la máquina. Trabajan arduamente por imponer cierto orden a un aparato que a la tercera o cuarta aproximación parece un ser vivo, un animal a punto de despertar. En ese entrevero orgánico, en esa puja sensorial entre la sequedad industrial y el espacio vital, hay una sensación fabulosa de intervención creadora.

    Es un simple grabado con un título extravagante, desesperado. Uno imagina la necesidad de romper las nubes. Pero sobre todo, de una tarea titánica que enfrenta a los pequeños humanos con el cosmos, la inmensidad del cielo, la incomprensible dinámica de los sucesos naturales. No es disparatado. El hombre lo ha intentado en diferentes momentos y lugares de la historia. Casi lo logra, aunque no pueda dominar todo el proceso. La máquina es de Gladys Afamado (Montevideo, 1925) destacadísima artista, particular grabadora que impregnó de su estética largos años de la furia creadora del legendario Club de Grabado de Montevideo, a fines de los años 1960 y principios de 1970, junto a innumerables artistas que colgaban en las paredes de las familias progres uruguayas.

    Es todavía muy recordado su protagonismo en el almanaque del Club del año 1974 (Canción con todos) prohibido por el gobierno militar. Fue el comienzo de la etapa más dura de la furia dictatorial contra la cultura, con cierres definitivos, atropellos de todo tipo, controles minuciosos y una persecución sangrienta a todo artista que se moviera. El esbozo o borrador del almanaque está en Gladys Afamado: una cita sin fin, contundente muestra inaugurada en el Museo Nacional de Artes Visuales, el Día de la Mujer.

    Hay muchas mujeres entre los setenta grabados que circulan la Sala 4 del primer piso del Museo. En la primera fila están sus mujeres de ojos enormes que miran al espectador con cierta curiosidad. Mujeres oscuras, de negro o ennegrecidas por la técnica poderosa que manejó a gusto y placer su autora. Mujeres de los sesenta, con ojos negros también, gruesas, de trazos dolorosos en algunos momentos,  de espíritu sufriente o combativo en otros. Están las otras, más elaboradas, con tonos de color, más sutiles, de líneas delgadas, claras, finas. No  por eso menos dolidas.

    Quizás prima el misterio sobre la evidencia. Retratos singulares como el de su Mujer de cuello azul II o El collar de medallones o su magnífico Cristina con flores. Mujeres de ojos que brillan, de una fuerza arrolladora que surge de su propia postura femenina, de ese cabello dominante, de los medallones, de los detalles de vestido, de las flores. Los tonos cambian, la delicadeza del trazo, la intensidad y madurez de su estilo. Y al fondo, entre sus mujeres, venus, majas y hombrecitos (que alguno hay) se descuelgan sus máquinas. Y con un toque de humor que cae muy bien, desacomoda, seduce. Hay máquinas para “decir no”, “para aguantar”, para “envolver prohibiciones”, para “pensar con la tv encendida”.

    Son trabajos pequeños, de colores suaves, de linóleo sobre papel, técnica que parece destinada a la sutileza y espiritualidad de esta mirada, aunque sus títulos sean terrestres y cotidianos. La belleza se impone a través de la delicadeza de la mirada y el pulso. Como en la “máquina inflable para hacer cigarrillos de alcohol (sin nicotina ni alquitrán)” tan útil y necesaria en estos días. Pero son de los años ochenta, cuando lo peor había pasado. Cuando el mundo cambiaba aceleradamente, cuando ya se había dicho “no” y se podía volver a decirlo, a expresarse a empujones de ansiedad creadora. Afamado demuestra acompañar los tiempos con una contención riquísima que impulsó obras de largo aliento. Es muy bueno que la producción de Afamado surja en tropel en esta época, un poco distante, con un tiempo de silencio, de descanso.

    El almanaque quedó atrás, la estética sesentista que podría agobiar, la mirada militante que complicó la producción de tantos. En Afamado el tiempo favorece, la distancia se ofrece como un paño que que afirma las certezas sobre una artista de primera línea.