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    Negar es perjudicial para la salud

    La gata sobre el tejado caliente llegó a la Comedia Nacional

    Es una de las obras cumbres de Tennessee Williams, el autor norteamericano que pintó de cuerpo entero a su sociedad, en tiempos donde los convencionalismos se imponían sobre la íntima verdad. Junto a El Zoo de cristal y Un tranvía llamado deseo, Cat on a Hot Tin Roof (Gata sobre un tejado de zinc caliente), completó una trilogía formidable, impregnada del llamado “gótico sureño”. Pasan los años y esta historia sigue destellante en una obra imponente de 80 títulos en más de medio siglo de carrera. De hecho, Un tranvía… y La gata… le valieron sus dos Pulitzer. Y curiosamente, esta felina aún no se había deslizado por el tejado de la Comedia Nacional en sus 68 años de historia. Sí en El Galpón en 2001, cuando Carlos Aguilera dirigió a Dumas Lerena, Maria Azambuya, Nadina González y Sergio Lazzo.

    Los perdedores son el común denominador de la pluma de Williams. Desamparados, incomprendidos, marginales, resentidos, olvidados y mujeres oprimidas por el machismo abundan en sus páginas. Se lo ha asociado con la obra de Faulkner y D. H. Lawrence, pero hay un rasgo que lo dirige hacia Chéjov: su obsesión con la decadencia de las clases aristocráticas, y de ello trata, en parte, La gata sobre el tejado caliente.

    Estamos ante un relato tan denso que contiene la problemática sexual en la pareja, el alcoholismo, la hipocresía como motor de las relaciones, el interés económico en los vínculos familiares y, por sobre todo, la represión de la homosexualidad no asumida, renglón que la célebre adaptación cinematográfica protagonizada en 1958 por Elizabeth Taylor y Paul Newman debió omitir para cumplir con los estrictos cánones morales (Código Hayes) que regían aquel cine americano. De hecho, el guion de la película es el texto de la obra lavado, centrifugado y bien planchado, pronto para las mejores galas… y con final feliz. Claro, tiene esa bomba con los ojos más turquesa que el cine haya conocido. Y aquí tenemos otra bomba, este hombre deprimido a punto de estallar.

    Gracias a la excelente ambientación sonora de Daniel Bolioli, en la Sala Verdi se escuchan los grillos y otros sonidos de una tórrida noche de verano. Una familia sureña muy acaudalada celebra el cumpleaños de Big Daddy, un señor que ha cumplido el sueño americano de amasar su fortuna desde la nada, que ostenta un latifundio de diez mil hectáreas y que padece un cáncer que provoca una sórdida disputa por su herencia. Pero Brick, el hijo preferido de la familia, relator estrella de football, bebe whisky sin parar, sumido en una profunda depresión tras el suicidio de un “amigo especial”. Su esposa Maggie padece con desesperación su indiferencia, que incluye el plano sexual, lo que dispara el título de la obra. “Si en la cama no funciona, no funciona nada en la pareja”, es el sabio consejo de la suegra, un trabajo redondo de Claudia Rossi. Más sabe el diablo…

    Natalia Chiarelli y Fernando Dianesi componen muy bien el matrimonio en discordia. Especialmente, Dianesi, que siempre está bien. Como aquel Paul Newman, de bata, muleta y vaso de whisky, no falla. Resulta por demás reveladora la forma elegida por Williams para de­sentrañar el entuerto que aflige al protagonista, obstinado negador de su naturaleza: las caretas comienzan a caer en una conversación a calzón quitado con su padre, y este es el corazón del relato. Punto para Juan Worobiov en la piel del magnate, que no se come ninguna con la familia que le tocó en desgracia.

    Y puntazo para el director neoyorquino David Hammond, un maestro de actuación con una extensa trayectoria en su país, vinculado a Uruguay desde 1992 cuando hizo aquella Perdidos en Yonkers de la que aún se sigue hablando. No es fácil trabajar con niños en escena, y el americano los usa con maestría como válvula de escape de esta olla a presión.

    Esta versión cuenta además con una muy buena traducción, obra de la directora artística de la Comedia, Margarita Musto, que adapta el relato al oído actual rioplatense, sin echar mano a los indeseables eufemismos para disimular insultos. El texto conserva intacta la riqueza poética con que Williams dibuja las palabras, esa cadencia que abre juego a metáforas brillantes, trazados sinuosos y giros inesperados.

    La casa resquebrajada construida por Osvaldo Reyno suma como símbolo de esta debacle familiar, y se lleva muy bien con el trabajo de Eduardo Guerrero que divide el espacio con sutiles variaciones lumínicas. La recreación de época resalta en los sobrios trajes y vestidos de Nelson Mancebo. Este experiente plantel técnico es garantía de calidad para una puesta en escena que hace llevaderas las dos horas y que hace honor a un título que, gracias a sus mil capas, conserva intacta su vigencia.

    La gata sobre el tejado caliente, de Tennessee Williams, por la Comedia Nacional. Dirección: David Hammond. Elenco: Natalia Chiarelli, Fernando Dianesi, Roxana Blanco, Luis Martínez, Claudia Rossi, Oscar Serra, Juan Worobiov y Diego Arbelo. Sala Verdi, viernes y sábados, 21 h; domingos, 19 h. Entradas: $ 150.

    Javier Alfonso