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En una de las salas hay un rostro esculpido en yeso, un rostro delgado de frente muy ancha y líneas anguladas, de poco pelo, barba fina, larga y pómulos salientes. Tiene los ojos cerrados. Es una máscara mortuoria que realizó Nikolai Suetin cuando murió su amigo Kazimir Malévich (Kiev 1878-Leningrado 1935), velado entre sus cuadros, quemadas y esparcidas sus cenizas en la vieja chacra cercana a Moscú. El propio Suetin le hizo la tumba en líneas suprematistas, a la que adosó un cuadrado negro. Fue destruida durante la guerra y restaurada hace unos años en un lugar cercano. La máscara es parte de esa desintegración vital. Es marrón y se integra a un pequeño bloque de yeso donde se apoya, como esculpida a medias. En el mismo lugar descansa una mano blanca también de yeso, sutilmente apoyada, abandonada un poco de costado. Una mano derecha que parece salir del blanco del pedestal, donde fue depositada para la muestra. El contraste entre rostro y mano es notorio, también su vínculo extraño, como si emergieran de un profundo submundo.
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Después de ver la primera sala de la impactante exposición del vanguardista ruso en la Fundación Proa de Buenos Aires, el espectador se estremece ante la imagen de muerte, de oscuridad brutal, de ese rostro apagado que aparentemente debe contener el negro más oscuro e indescriptible que uno pueda imaginar, el instante infinito de la muerte. Se nota en la gente que se detiene ante la máscara. Hay un silencio respetuoso que pone la piel de gallina. No es una máscara, es la esencia del ser humano Malévich con su muerte a cuestas; son los rasgos finales. En la sala anterior, sus obras más radicales parecen referir ahora a este mundo encerrado en la muerte, a este más allá tan angustiante como misterioso.
En un momento de su vida, Malévich decide explorar los límites de la pintura, el extremo último de la representación. Deja de lado toda objetividad, todo trazo de realismo, incluso el límite expuesto por los movimientos más removedores de la época como el cubismo y el futurismo, al que tanto adhirió. Las formas geométricas, la captura del movimiento, la dinámica y el fervor de la máquina y el intento por expresar una visión múltiple y desplazada de la realidad, tal como se la entendía hasta el fin del siglo XIX. Pero lo más importante no estaba en las formas y la construcción pictórica: estaba en el pensamiento y en el espíritu, en la mirada alucinada de un mundo diferente, radicalmente nuevo, una humanidad que ya no aceptaba ser entendida o expresada en términos realistas o naturalistas. Como un monje deja toda la carga y se aliviana de lo superfluo. Queda la ilusión de la imagen pura, de la forma primaria. Las rupturas eran tremendas en todos los campos, pero fundamentalmente en la sensibilidad. Malévich y muchos artistas rusos entendieron que la radicalidad expresiva estaba en ese punto donde lo sensible se desarmaba, se desajustaba todo el tiempo, se desestructuraba.
La fuerza de los cambios es imparable. La mirada se vuelca a un prisma difícil de manejar, entre revoluciones y guerras incomprensibles, entre imperios que se desmoronaban (el ruso especialmente) y masas de seres humanos que se desplazan hambrientas a ciudades invadidas por máquinas civiles y de guerra, por industrias y nuevas tecnologías. El pensamiento, la ciencia, el arte y la vida social se convierten en un amplio espacio de experimentación. De la crítica a lo establecido y la fuerza de lo nuevo, del simbolismo, de las influencias impresionistas y los ismos nacientes a principio de siglo XX, los rusos se embarcan en experiencias potentes, renovadoras, pocas veces experimentadas en otros lados, a su propia imagen y semejanza. Están locos los rusos. Los artistas proponen experimentos callejeros, se suman a la protesta de masas, se hacen cargo de su época a fuerza de nuevos instrumentos expresivos. Hay una foto en la exposición de Malévich que lo muestra con un grupo de artistas con una cuchara en la boca. Fue una acción callejera, una performance como se llama ahora, al estilo de las Pussy Riot, un poco menos sexual y violenta. Hubo otras más locas, revulsivas, desconectadas del mundo cotidiano, trivial, enajenado.
Al mirar a Malévich o leer al poeta Vladimir Mayakovski, uno puede pensar que ya está todo inventado. En parte es cierto. Todavía se rinde tributo a ese espeluznante momento creativo de la humanidad, mezcla de radicalidad con enorme talento. Así llega el artista ruso a esa sala donde figuran los cuadrados negros sobre fondo blanco o su cruz negra. La gente se agolpa frente a dos o tres cuadros donde solo hay un cuadrado o un círculo o la famosa cruz. Todo en negro sobre un mínimo fondo blanco. No se puede creer que una imagen tan exenta y pura, tan vacía de todo, tan impenetrable pueda generar un cuestionamiento tan brutal, un sacudón que permanece en el tiempo como uno de los gestos más transgresores del arte mundial. El otro fue el mingitorio de Marcel Duchamp (La fuente, 1917), abuelo del arte conceptual del que tanto se habla hoy.
El cuadrado negro de Malévich aparece por primera vez en una exposición futurista en 1915. Allí se coloca en un rincón destinado a íconos sagrados del arte ruso, entre decenas de cuadros que integrarían el movimiento suprematista, inaugurado por el propio autor en ese año con un típico y recurrente manifiesto. Diría años después, entre otras cosas, que ve en el suprematismo de los cuadrados y la cruz “no solo nuevos comienzos plásticos, sino también el inicio de una nueva religión”. A tal punto es el compromiso con el arte. Desprendimiento de todo, desde la imagen reconocible a los colores, la fuerza de la luz y el propio sol como emblema de los ideales más logrados. En 1913 ya había presentado su proyecto en la escenografía de la ópera de vanguardia Victoria sobre el sol, una obra radical escrita por el músico Mijail Matiushin y el poeta Aleksei Kruchenich. Se exponía allí la ruptura con la historia, la anécdota y la sintaxis y una fuerte apuesta a la disonancia en todos los rubros. Malévich hizo el vestuario y la escenografía en cinco cuadros. La obra pasa por diferentes momentos hasta que en las dos últimas etapas se produce la “victoria” sobre el sol que representa la luz de un pasado caduco y decadente. El pintor plantea un cuadrado de fondo con una línea diagonal que divide el blanco del negro. La puesta es de un plasticismo que muchos años después influirá en artistas trascendentes. El vestuario es de Malévich, inspirado en el cubismo y en la búsqueda de formas geométricas, enormes, como trajes de espantapájaros o de astronautas con los que tenían que lidiar los actores. Las máscaras puntiagudas y triangulares culminaban un cuadro extrañísimo, hipnótico, sugerente. Reciclados en los últimos años, el vestuario con diseños de la época se exhiben también en esta muestra.
De la pintura o de la tradición ya no queda nada o casi nada. Como la enorme nada en la que puede deambular el ser humano a poco que se detenga a pensar en el sentido de la vida. Sin rasgos religiosos o políticos, dice Malévich que solo queda la “sensibilidad”, una nueva sensibilidad, sin formas ni colores, ni objetividad ninguna. El arte se encuentra a sí mismo en la ausencia de colores, en la expresión de un mundo donde la luz es vencida por la nueva expresión pictórica. Pero si uno mira detenidamente, puede entender cómo Malévich puede ser aceptado como uno de los pilares del arte abstracto. El negro tiene su sello, como años después lo tendrá el azul de Ives Klein, artista que también se decidió por un mundo monocromático. O un Lucio Fontana, que atacó los límites del color pleno con las rasgaduras de la tela, o muy cerca aunque en otras distancias, el artista nacional Javier Bassi, que indaga en los resquicios de unos tonos negros, entre tinieblas y oscuridades contemporáneas. El trazo los diferencia, la materia, el contexto y el gesto tan radical como definitivo, también los sueños y la emoción. Ese momento en el que el artista pega y da en el centro de una búsqueda incierta.
Con ese golpe, con ese simple cuadrado negro, Malévich resumió la historia y el revés de la historia. Se paró en el punto exacto donde todo el caos se reorganiza en una nueva y profética visión. Le bastó para sintetizar siglos de arte y una época de quiebre sustancial.
Malévich, en Fundación Proa (en Riachuelo de La Boca, Buenos Aires). De Martes a domingo de 11 a 19. Entrada: 100 pesos uruguayos.