El caballo que conocemos desciende del llegado con los conquistadores españoles. Fue Cristóbal Colón, en su segundo viaje, quien desembarcó en Haití y Santo Domingo, con 20 caballos y 5 yeguas, todos de raza andaluza.
El caballo que conocemos desciende del llegado con los conquistadores españoles. Fue Cristóbal Colón, en su segundo viaje, quien desembarcó en Haití y Santo Domingo, con 20 caballos y 5 yeguas, todos de raza andaluza.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDesde allí, el caballo fue pasando hacia otras islas, y fue precisamente desde Cuba y Jamaica que Pizarro y Cortés los utilizaron para la conquista de México y Perú.
Don Pedro de Mendoza también transportó a lo que sería Buenos Aires, un contingente de 1.500 hombres y entre 80 y 100 caballos, y tras las batallas contra los indígenas, estos animales fueron quedando libres por la pampa. Un tercer desembarco, en este caso de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en costas brasileras, también colaboró con el poblamiento equino de nuestra región.
El caballo fue imprescindible en la conformación de los establecimientos ganaderos y en aquellos tiempos de la “civilización del cuero”, como acertadamente la clasificó Sarmiento, el hombre de campo en sus faenas rurales estaba condicionado, en gran parte, a la vida del reino animal. Como medio de transporte, el caballo fue único e indispensable.
En la construcción de su vivienda, puertas, ventanas, ligaduras de toda naturaleza, confección de los enseres de su apero y calzado de sus pies, el hombre de campo y el gaucho recurrieron al cuero de vacuno o yeguarizo, haciendo uso y abuso de él, con el espléndido desperdicio que su abundancia permitía.
Para apreciar la magnitud de lo que el caballo significaba en la pampa del coloniaje, es interesante recurrir a lo que sobre ella refiere Azara, en su libro Viajes por la América del Sur: “En las pampas de Buenos Aires y campos de Montevideo hay muchos caballos y yeguadas silvestres que llaman cimarrones, baguales y alzados. Van en tropas tan grandes que a veces la vista no alcanza al fin de una. Los caballos cimarrones viven en todas partes en tropas tan numerosas, que no es exageración decir que se componen algunas de doce mil individuos”.
La abundancia creciente de los baguales, el peligro que significaba para los viajeros y el desperdicio que los gauchos hacían de los vacunos en su necesidad de proveerse de botas, determinó un curioso acuerdo prohibitivo tomado por el Cabido de Montevideo en 1785:
“.. .El regidor depositario general Don José Cardoso dijo que: su larga experiencia de los abusos cometidos en la campaña de la jurisdicción, el más pernicioso y que más destruía los ganados era el uso de las botas de ternera, ternero o vaca, generalmente gastada por la gente de campo, siendo lo más sensible ver tan entablada la costumbre de matar aquellos animales con el único fin de sacarle la piel necesaria para las botas”.
En sus términos fundamentales, prosigue el acta original: “aún cuando se quisiera decir que no hay en estas campañas más de mil hombres que usen este calzado, siendo constante que la duración de él nunca llega a dos meses, es consecuente que en cada año han de morir y han de robar seis mil cabezas de ganado sin que absolutamente rindan más utilidad a los ladrones y a los dueños que otros tantos pares de botas, y por cuya razón se aniquila el proceso de estas haciendas”.
Más adelante, prosigue el mismo Cardoso: “sería muy útil que se entablara la bota de yegua, que es tan buena como la de vaca, pues así se iría destruyendo la mucha yeguada”.
El prohibitivo acuerdo no podía ser más terminante y definitivo; con él, al gaucho le quitaban las botas de vaca o ternera, que serían decomisadas y quemadas en la plaza pública, para obligarlo a usar botas de potro.
“Se hacían —explica Martiniano Leguizamón—con la piel sin pelos y perfectamente sobada como una cabritilla (piel curtida de cualquier animal pequeño, como un cabrito o un cordero) que sacaban de las patas traseras del potro, eligiendo los animales de pelaje blanco u overo, para que la bota resultara más vistosa”.
Según el uso a que las dedicaban, las hubo despuntadas, a medio pie y completamente cerradas o enterizas.
Existen muchas referencias históricas a la bota de potro, como la del célebre misionero Tomás Falkner, quien dijo, refiriéndose a los indios tehuelches que “tanto los hombres como las mujeres usaban una especie de botas hechas con el muslo de la piel de yegua y de potrillo; empiezan por quitar al cuero, la gordura y las membranas interiores y una vez seco, lo ablandan con grasa, lo hacen luego flexible retorciéndolo y se lo calzan sin darle forma ni costura”.
Amoldadas al pie, prolijamente sobadas y atadas abajo de la rodilla, aquel cuero se convertía en un calzado suave, ligero, y especialmente adaptable a las exigencias de las actividades del gaucho, casi todas cumplidas de “a caballo.
Cuando en los campos rioplatenses las abundantes yeguadas cimarronas fueron haciéndose cada vez más escasas, el gaucho pudiente y propietario comenzó a calzar bota fuerte de caña alta, y los hacendados dejaron de regalar potrillos para botas.
Como no era para todos, y sigue sin serlo, de la bota de potro dice el poeta A. De María:
“Nu es pa todos la bota e potro...
y eso en el fondo es verdá,
y del gaucho da una idea,
porque con ella manquea
la gente de la siudá”.