N° 1978 - 19 al 25 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA veces el tiempo pone las cosas en su justo y debido lugar. En la última columna (entregada a la redacción de Búsqueda previo a las semifinales del recién concluido Mundial de Rusia), al analizar la actuación de nuestra Selección a lo largo del torneo, al tiempo de prometer un balance más profundo sobre el particular, expresé mi desazón por no haber podido llegar más lejos, cuando la oportunidad parecía harto propicia para ello; concluyendo: “El título estaba allí, a la vista, pero algo nos faltó para poder lograrlo”.
Hoy —claro que con las cartas a la vista— y ante la justa coronación de Francia como campeón del mundo, cabe concluir que fue bastante más que ese “algo”, lo que le faltó al equipo uruguayo, para que pudiera acceder a un lugar más alto que ese honroso 5º puesto que finalmente consiguiera (por encima de todos los países de América, en una definición final que fue de exclusivo corte europeo).
Si comparamos las campañas de Uruguay y del actual campeón (justamente, quien nos radiara del torneo) en sus respectivas series clasificatorias, puede decirse que hubo una cierta paridad, en cuanto a la valía de sus oponentes, aunque nuestra Selección ganó todos los partidos que disputó, y Francia igualó sin goles frente a Dinamarca. En la instancia siguiente, a ambas les tocó el grupo más difícil, conformado con cuatro excampeones del mundo (el otro tenía solo dos), aunque igual lograron superarlo: Uruguay en su mejor exposición futbolística, ante el pretencioso Portugal de Cristiano Ronaldo; y Francia humillando a una desteñida selección argentina, con mayor facilidad que la expresada por el tanteador final del partido. No aparecía, pues, antes de ese definitorio partido de cuartos de final —y así se dijo— una diferencia apreciable en el poderío de las dos formaciones, indicativa de un favoritismo claro para una u otra.
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Lo que resultó del choque entre ellas ya fue materia de la última nota. Se dieron en dicha oportunidad varias circunstancias (la gravitante ausencia por lesión de Cavani, junto a las inesperadas defecciones del hasta entonces sólido triángulo final) que —sin duda alguna— conspiraron para que nuestra Selección no alcanzara el resultado esperado en ese decisivo partido. Pero, no obstante la relevancia de esos factores adversos, un desapasionado análisis de lo que fue el rendimiento de Francia en los dos partidos siguientes (e incluso el de quienes fueron sus sucesivos rivales) conduce a la dura conclusión de que el nivel de juego mostrado por Uruguay a lo largo del certamen no tenía la consistencia necesaria como para poder aspirar a un mejor resultado.
Es que la dura realidad (casi estadística) demuestra que si bien los atributos que son clásicos del fútbol uruguayo (la dureza defensiva, la marca asfixiante y el inclaudicable pundonor de todos sus hombres, dejando el alma en la cancha) pueden ser suficientes para obtener un resultado favorable, ante un rival poseedor de una línea futbolística superior o un mejor funcionamiento colectivo, ello solo sucede en determinadas y contadas situaciones. Que, obviamente, podrían ser más, si a eso que siempre se ha tenido (y que otros equipos no poseen en igual proporción) pudiera adicionársele un mayor volumen de fútbol; ese que nuevamente le ha faltado a nuestra Selección en el magno torneo que acaba de concluir, pese al tardío y estéril intento del Maestro Tabárez por darle una nueva conformación y un diferente estilo a su mediocampo.
Si cuando —por mérito de sus clásicas virtudes— nuestro equipo logra hacerse del balón, no tiene luego la suficiente capacidad para realizar siquiera una sola prolija proyección ofensiva, las posibilidades de anotar quedan irremisiblemente limitadas a una jugada de pelota quieta proyectada sobre el área adversaria, o a que Suárez y Cavani se las ingenien para encontrar o fabricar de la nada alguna situación de gol (tal como ocurriera en el antológico primer tanto ante Portugal). Adviértase que en los cuatro partidos que disputó el elenco celeste —con esa anotada salvedad— ninguno de los goles que convirtiera fue producto de una habilitación certera o de un pase filtrado entre los defensores rivales.
Por lo demás, lo que luego ocurrió en el decisivo tramo final del torneo sirvió para comprobar que tanto el a la postre campeón, como Bélgica, estaban al menos un escalón por encima de nuestra Selección. Y ello se notó con mayor nitidez en la zona central de la cancha, donde ambas escuadras mostraron varias figuras con muy buena capacidad para la marca, pero que también se desdoblaban con total desenvoltura a la ofensiva, ya sea habilitando a los hombres de área como proyectándose por sí mismos hacia el arco rival. O sea, haciendo precisamente lo que Uruguay no fue capaz de hacer en los cuatro cotejos que disputara.
Curiosamente, existe cierto paralelismo entre el fútbol de Francia y el nuestro: ninguno de los dos se caracteriza por una tenencia excesiva del balón, ambos prefieren el contragolpe al ataque sostenido, y apuestan mucho a las jugadas con pelota parada. La diferencia radica, empero, en la ductilidad y velocidad con la que se maneja el balón dentro de la cancha, de modo de entrelazar debidamente la firmeza defensiva y la potencia ofensiva. Uruguay no tuvo un Pogba, capaz de meter un milimétrico pase de 40 metros, y llegar a tiempo al área contraria, para rematar primero con una pierna y luego, tras el rebote en un rival, fusilar al arquero con la otra. Ni tampoco un Hazzard, como lo tuvo Bélgica, una rara mezcla de excelso dominio del balón y de increíble potencia para arrancar desde su propia área y definir en la contraria. Incluso Croacia, la otra finalista —con la que, posiblemente, nos hubiéramos podido emparejar mejor—, contó con un Luka Modric exuberante que, aun desgastado físicamente por los sucesivos alargues que debió afrontar, desparramó a raudales su talento, precisamente en aquella zona en la que Uruguay mostró sus gravitantes e irresueltas carencias.
Lo antes expresado, a mero título conclusivo, no pretende desmerecer un ápice lo mucho de bueno hecho por nuestro equipo, arribando por méritos propios a las instancias decisivas del certamen, cuando muchos linajudos candidatos al título debieron marcharse a sus casas en las primeras de cambio. Al fin de cuentas, tras cuatro victorias al hilo, el único partido perdido fue ante quien luego sería el merecido campeón. Solo pretende explicar las razones por las cuales —pese a que el sorpresivo panorama antes señalado era particularmente propicio para ilusionarse con un mejor resultado— desapasionadamente, nuestra Selección carecía de las armas futbolísticas necesarias para llegar más lejos que ese muy meritorio 5º puesto que en definitiva se alcanzara.