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“El tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos”, cantaba Luca Prodan en 1986. Junto a Andrés Calamaro habían versionado el tema Años, de Pablo Milanés, realizando una versión irreverente y emotiva que apenas cambiaba “viejos” por “tecnos”, pero que con eso convertía la balada en un gesto sarcástico, resignado y al mismo tiempo feroz. La versión, que se encuentra en YouTube, arranca con una frase de Tom Lupo, poeta y psicoanalista: “Coincide un poco con la noticia de que lo único que progresa con el paso del tiempo es la tecnología, el hombre no, siempre es el mismo”. A lo que Calamaro contesta: “Inclusive, según el poeta, el amor con los años desaparece”. El tema, que sonó alguna vez en las radios en la segunda mitad de los 80, permaneció inédito hasta que Calamaro lo editó en Grabaciones Encontradas II.
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El tiempo pasa y nos vamos poniendo ropas distintas. Cambiamos de corte de pelo, cambiamos de gusto, buscamos cosas nuevas. Pero al mismo tiempo, seguimos más atados a la lógica exterior de la distribución de los objetos que a la lógica interior de su construcción. La pulsión de contar y crear sigue siendo mediada y a veces mutilada por los compartimentos estancos que propone el mercado. Esto no es malo per se. Es solo que el mercado no puede contener, por su propia definición, todo aquello que no opera según su lógica. Es decir, todo lo que no sea mensurable, transable, medible y negociable. Por eso los artistas que no negocian se marchitan como lechugas al sol: el que busca el gris y crea en el gris, en la zona de la penumbra, casi siempre termina a la intemperie en términos mercantiles.
El tiempo pasa y nos vamos. A veces volvemos y a veces no. A veces la nave se marcha sin nosotros y eso nos angustia. “Con la tecnología trato siempre de estar superatenta, no quiero ser una vieja de 61 años sentada y lamentándome de que nadie me dé bola”, decía Laura Canoura en la entrevista que tuve la suerte de hacerle hace unos días (Búsqueda Nº 1.999). Su actitud parece la correcta: encontrar ese punto en donde el artista puede ser él mismo, o sea, decir aquello que cree debe decir, pero sin perder de vista que cuando se crea, se lo hace en la convicción de que existe un otro ahí afuera que puede y debe ser interpelado. Esta visión es el reverso de la moneda de otra mirada, una que cree que el artista debe limitarse a cumplir con su “rol social”. Es decir, que debe ser correa de transmisión entre aquello que reclaman los “movimientos sociales” y “el pueblo”, es decir entre quienes la tienen clarísima y aquellos que ni producen arte ni son capaces de saber qué quieren en la vida. El artista, entendido como ayudante del señor que modela mentes débiles que necesitan la ayuda de ellos, los iluminados. Algo así intentó el realismo socialista y funcionó increíblemente mal: resultados más que mediocres y una salva de aplausos al dictador y al partido único de turno. Como se dice en Cataluña: “Qui paga, mana”. Esta última visión, por trasnochada que pueda parecer, viene creciendo como hongos después de la lluvia en las generaciones más jóvenes de militantes sociales. Esa que eructa violentos galeanismos cuando algo de la realidad le cae mal.
El tiempo pasa y nos. Como El Cuarteto de. Cambiar para seguir en el mismo lugar, correr para no irse para atrás. Dos pasos adelante y uno solo para atrás, el del impulso. “Convirtiendo la verdadera emoción en expresión digital. Uno a uno, todos caemos”, cantaba Greg Graffin al frente de sus Bad Religion en el tema The Gray Race. “Configuramos el mundo en términos de blanco y negro, y aun así estamos dotados de la capacidad de ver tonos de gris”, explicaba el cantante (que por cierto es también profesor de ciencias en la UCLA) y es verdad: ahí está el mercado, pero al mismo tiempo estamos nosotros, con cada una de nuestras decisiones, configurando a lo largo del tiempo ese mercado y las “decisiones” que este toma. Podemos elegir el gris pero casi siempre lo esquivamos. Por nuestra propia educación sentimental, a veces; por nuestra configuración colectiva, casi siempre. Cada vez que escribimos una lista de “lo mejor del año”, el “mejor tema del mes” o elegimos “el artista más valioso”, establecemos una competencia desleal entre objetos que no fueron pensados para competir. Listas que son necesariamente falsas: nadie escuchó todos los discos o todos los temas o conoce a todos los artistas. Retazos de la realidad que se venden como el todo y que compramos para luego quejarnos de la lógica mercantil que el malvado capitalismo le impone a la creación. Tinelli siempre son los otros.
El tiempo pasa y seguimos sometiendo a nuestro objeto de desvelos a tironeos innecesarios. Creo que nadie lo resumió tan bien como Nick Cave en su famosa carta a MTV, allá por 1996. La cita es larga pero vale la pena: “Siempre he tenido la opinión de que mi música es única e individual y existe más allá de los reinos habitados por quienes gustan de reducirlo todo a medidas verificables. Yo no compito con nadie. Mi relación con mi musa es delicada en el mejor de los casos y siento que debo protegerla de las influencias que puedan herir su naturaleza frágil. Ella se presenta ante mí con el regalo de una canción y yo a cambio la trato con el respeto que creo me merece. En este caso eso implica no someterla a las indignidades del juicio y la competición. Mi musa no es un caballo y yo no participo en una carrera de caballos”.
El tiempo. En esencia, lo único que nos queda y que ya no es tanto como antes. Dos mil números son un montón. Una trayectoria de hacer y de decir. Qué cosas queremos conservar y de qué cosas queremos desprendernos es, en última instancia, una decisión personal. Que casi siempre tomamos en compañía de los demás. Tecnos nos volvimos, pero al mismo tiempo seguimos siendo los mismos. “Y vivimos como nuestros padres”.