N° 1775 - 31 de Julio al 06 de Agosto de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMucho antes de leer a George Eliot ya tenía prejuicios a favor porque había tratado con un breve trabajo de Virginia Woolf que las malas personas llamarían crítico, y que me limitaré a denominar simplemente fervoroso. En este texto (recogido en el libro de ensayos “El lector común”, Lumen), junto a páginas entusiastas sobre Jane Austen, Daniel Defoe, Emily Bronté y Thomas Hardy, entre otros, aparece una pequeña y asordinada pieza que denota la viva y sin embargo no confesa admiración que Woolf le profesaba a la ilustre artista que fue capaz de escribir una de las mejores novelas del siglo XIX, que es como decir, de la historia de la literatura, habida cuenta de la viciosa inclinación de ese siglo por un género tan dado a las explicaciones, a los espejos tortuosos, a los pormenores insípidos de las tragedias cotidianas.
Cuando me asomé a “El molino de Floss” experimenté una cierta desavenencia entre el fuego que la deliberada cautela de Virginia no pudo disimular y la apatía de esos personajes que se debatían en la superficie de sus asuntos sentimentales, pero que muy dentro de sí estaban atacados por la maldición de afrontar cada día el reto de resolver socialmente su lugar en el mundo, de conjugar a un tiempo la resignación del amor con la impaciencia de la inserción en un medio estrecho y organizado para descastar cualquier sentimiento, como ocurre análogamente en las narraciones de Trollope y, en menor medida, en las novelas y cuentos de Hardy. Me dije entonces: Eliot es un ejemplo típico de autora sobrevalorada. Luego me corregí: voy a releer de nuevo a Virginia y probaré con el otro libro que recomienda. Y así fue que di con “Middlemarch”, una obra maestra de la literatura; para Virginia “es una de las pocas novelas inglesas para personas adultas”.
Pese a sus más de 500 páginas, visité dos veces el texto y en cada ocasión experimenté el asombro por algo que hasta entonces no había encontrado en la novela victoriana y que subrepticiamente habría de filtrarse a la literatura del siglo XX en los discursos de Joyce y de modo harto visible precisamente en Virginia Woolf, a saber: la tranquila certeza del fracaso manifiesta en una resignación que no consigue tomar ninguna parte de la postura física, ni del rostro ni de la expresión de las criaturas; ni siquiera ocupa los pensamientos secretos; una suerte de Algo que está allí, como el “Color que cayó del cielo”, del que nadie sabe decir nada, del que nadie quiere decir nada, pero que opera serenamente en las tenues determinaciones y en los renuncios, en los despojados rencores, en los atardeceres desprovistos de poesía, en la vacuidad con la que se ensaya la mirada fija en las cosas y en las personas. Dorothy es una mujer que nunca debió ser bonita por fuera ni por dentro, que no parece tener una vida más allá que su ridículo voto ni otra actividad mental que la comparación de su error con otro error de menos cuantía; su altruismo es una entrega hacia la Nada, y sin embargo resulta moral cuando nos acercamos a ella.
Virginia Woolf sostiene que las mujeres de Eliot —y en especial esta Dorothy Brooks que se casa con un hombre fatuo, calladamente grotesco, mediocre y con una vanidad sin fundamento, y que finalmente conoce, en otro, algo parecido a lo que mueve el mundo cada jornada— tienen una forma de mirar la sociedad a través de lo que se les extirpa de alegría y de ambición: “En el aprendizaje buscan su realización; en las tareas ordinarias de las mujeres, en el más amplio servicio de su clase. No encuentran lo que buscan, y no es de extrañar. La antigua conciencia de la mujer, cargada de sufrimiento y sensibilidad, y muda durante siglos, parece haber rebosado en ellas y haberse derramado y exigido al que —apenas saben qué— algo que quizá es incompatible con la realidad de la existencia humana. George Eliot poseyó una inteligencia demasiado fuerte para manipular esa realidad, y un humor demasiado amplio para mitigar la verdad, porque era dura. Salvo por el supremo coraje de su empeño, la lucha acaba, para sus heroínas, en tragedia o incluso en un compromiso que es incluso más triste”.
Es precisamente esa idea del compromiso la cruz de Dorothy, y también su único timbre de honor. Lo que en ella se ve o se siente, lo que comunica y vive, todo lo que tiene para dar y para atesorar, lo que la honra, es lo que la envuelve en su deber, en su idea de justificar con la expiación diaria el haber venido al mundo. El deber envuelve a Dorothy como a un enamorado envuelve un abrazo; solo que es mucho más intenso y menos perturbador. Del abrazo hay posibilidad de soltarse, de tomar distancia; no ocurre así con lo que Dorothy cree que el mundo espera de ella.