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    Odebrecht

    N° 1906 - 16 al 22 de Febrero de 2017

    Parafraseando aquel “Manifiesto” de Carlos Marx se podría decir que un fantasma se cierne sobre América: el fantasma de Odebrecht.

    La gigante empresa brasileña ha contaminado —y en algún momento “compensado”— a todos. Algún ingenuo pudo pensar que se trataba de un tema de Brasil, de una trama de corrupción de dimensiones acordes con el tamaño del país que incluso podría derivar  en la prisión del ex presidente Lula y hasta la renuncia del actual presidente Michel Temer.

    Pero no es así; Odebrecht abarca mucho más, ningún palmo del continente americano le ha sido ajeno. Sus obras y sus negocios y “negociados” no tienen fronteras. En esa expansión mucho ayudó Lula. Hay quienes afirman —y lo han publicado— que el ex presidente sería accionista de la empresa. Lo que sí es notorio, e irrebatible, es que Lula era una especie de embajador, gestor o lobista de Odebrecht, y que fue beneficiado por esta y no solo para dar conferencias muy bien pagas.

    Ahora que tantos son los que colaboran, “cantan” y delatan, al tiempo que negocian algunos años con la Justicia —todo es negociable, parece— y les facilitan la tarea a los investigadores, casi nadie se escapa.

    Se van a destapar muchos más tarros, por suerte. Así sabremos cómo se “invirtió” gran parte de los beneficios producto de los buenos vientos que soplaron en la última década. Decididamente Odebrecht fue la mayor beneficiaria, y lo compartió con una buena cantidad de nuestros gobernantes.

    Como siempre ocurre en estos casos, se sabrán muchas cosas, pero también habrá “escraches” y enchastres injustos e impunidad para unos cuantos. Por lo menos por un tiempo.

    Y ahí tenemos en Perú al ex presidente Alejandro Toledo esquivando fronteras, requerido (con recompensa y todo) por la Justicia de su país. En Colombia, en tanto, el presidente Juan Manuel Santos, con el respaldo de su gobierno, rechaza la versión de que fue beneficiado por la empresa brasileña.

    En Venezuela, tal como ocurren las cosas en este país, el gobierno echa a periodistas brasileños que están investigando los negocios de Odebrecht (grandes proyectos e inversiones y en épocas del extinto Chávez, quien siempre estuvo a los abrazos con Lula y su sucesora). Echan a los periodistas al tiempo que el inefable Nicolás Maduro, que también quiere echar a la CNN, anuncia que apoyará las investigaciones que realiza su gobierno de los negocios de Odebrecht. Parece chiste, pero que nadie se extrañe de que los implicados que aparezcan, en su mayoría sean de la oposición.

    ¿Alguien cree en esas “investigaciones”? Venezuela es un misterio. El día que ese “misterio” se desentrañe, el escándalo puede ser más grande que el del Lava Jato con Odebrecht juntos. ¿Cuánto de los petrodólares dulces que repartió Chávez les tocó a los brasileños? ¿Y a cuántos más y en cuántos lados se repartieron dólares del chavismo? Todos los  “involucrados” habrán de aparecer cuando termine el régimen chavista. ¿Será por eso que son tantos los que apoyan o se hacen los tontos y dan vuelta la cara frente a lo que pasa en Venezuela?

     Y cómo saber de qué tipo fueron las “transacciones” en Cuba, con respecto al puerto del Mariel, a cargo de Odebrecht, que invirtió más de 900 millones de dólares y cuyas obras fueron inauguradas y bendecidas por Lula y Dilma Rousseff.

    En Miami por supuesto también Odebrecht tenía un pie. Hubo un momento en que fue cuestionada por tener negocios en Cuba y por ende violar el “embargo”. Pero Odebrecht salió airosa en sus demandas y siguió operando (qué épocas aquellas). También sería bueno saber qué fue lo que pasó.

    Es importante y positivo que los ladrones queden al descubierto. Que se sepan sus nombres. Habrá algunas injusticias, sin duda. En este juego de delaciones y de manejo político, habrá mucha información y mucha desinformación y cosas que seguirán ocultas. Las fronteras servirán a unos para salvarse y para otros en cambio, serán su perdición. En este aspecto todos los días vemos casos iguales que en determinadas circunstancias y lugares se aplauden, se festejan y hasta se premian, y en otros se castigan como crímenes de lesa humanidad. Se trata de ese doble discurso con el que es difícil erradicar la corrupción, entre otras tantas cosas.

    © Danilo Arbilla. Derechos reservados. (Especial para Búsqueda)