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    Palmer demoliciones

    El mayor baterista del rock progresivo tocó en Montevideo

    Música de hombres. Así se puede definir lo que sonó el domingo 7 en La Trastienda, en el debut de Carl Palmer en Uruguay. La gran mayoría de los 500 espectadores que agotaron las entradas para presenciar el show del baterista de Emerson, Lake & Palmer (ELP) y Asia eran señores cuarentones y cincuentones, fanáticos del rock progresivo y también melómanos de los que van a los recitales de Jazz Tour, a los conciertos del Centro Cultural de Música a ver las mejores orquestas extranjeras y a los conciertos de jazz. Quizá sea el impacto sónico de la percusión o la aridez y vértigo que expresan el bajo y la guitarra lo que resulta especialmente atractivo al oído masculino por estas latitudes, e igualmente desagradable para las mujeres. O quizá la razón de que por cada veinte hombres había una mujer en el local de la calle Fernández Crespo, esté emparentada con el modo en que se propagó el rock progresivo en la década de los 70.

    Lo cierto es que este menudo músico británico que cumplió 63 años el 20 de marzo entregó, junto a dos virtuosos instrumentistas –el guitarrista Paul Bielatowicz, un elfo inglés de 34 años, y el bajista Simon Fitzpatrick, también británico, de 27 años– una colección de auténticos clásicos propios y ajenos para estremecer los cimientos de las paredes y cada centímetro cúbico de aire del viejo cine Miami.

    Ocho parches y ocho platillos fueron castigados durante más de dos horas con precisión y contundencia por un baterista que combina el purismo de la música clásica con la desenfrenada irrigación de adrenalina que acompaña al rock and roll desde sus inicios. Palmer demostró en vivo que mantiene el mismo vigor que a sus 20 años para transformar un standard como “Peter Gunn” en un furibundo preludio de una noche desenfrenada.

    El doble bombo de la batería fue un masaje cardíaco para el medio millar de atónitos espectadores que saltaron una y otra vez de sus sillas para romperse las manos en genuinos aplausos a clásicos de ELP como “Hoedown”, “Knife-Edge” y “Fanfare of the Common Man”. Además de notables versiones electrificadas de hitos como “Carmina Burana” de Orff, “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky –reducida de 30 a 20 minutos, lo mejor de la noche– y “Cascanueces” de Chaikovsky.

    Bielatowicz hizo olvidar los teclados de Keith Emerson y se ganó tremenda ovación con su emocionante solo de “Claro de Luna” de Debussy; Fitzpatrick se las arregló para sacar de su bajo una rústica pero desprolijamente rockera versión comprimida de “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, y ambos dieron cátedra de stick play al ejecutar sus instrumentos digitando con sus ocho dedos como en un teclado, igual que lo hiciera en el mismo escenario el norteamericano Tony Levin.

    La mayor reverencia del público fue para el deslumbrante solo de Palmer, cercano al final, en el que transformó su batería en un auténtico teclado, y sacó los sonidos menos pensados de metales y parches, en un despliegue de técnica, creatividad y musicalidad acordes a la legendaria fama del ejecutante y del seminal trío que integró.