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    Parada sobre hielo

    Está malhumorada, por momentos se sorprende gritándoles a sus asistentes, sufre de calores propios de la menopausia y, aunque aún frunce la nariz y sonríe con simpatía para las cámaras, su rostro se ha endurecido. Ella es Birgitte Nyborg, un nombre ya popular para los seguidores de la serie danesa Borgen, porque es de esas protagonista complejas, verosímiles, difíciles de olvidar. Quien interpreta con garra al personaje es la actriz Sidse Babett Knudsen (Copenhague,1968), que quedará de aquí en más asociada a Birgitte. Es lo que sucede con los buenos personajes. Sin embargo, ella ya no es la misma en la nueva temporada producida por Netflix, ahora titulada pomposamente: Borgen: reino, poder y gloria.

    Para entender a este personaje hay que ir hacia atrás, al origen de la serie. Primero hacia su nombre: la palabra borgen en danés significa “castillo”, y en la serie hace referencia al palacio de Christiansborg, que fue residencia de la monarquía danesa pero que hoy alberga al Parlamento, a los poderes Judicial y Ejecutivo y a la oficina del primer ministro. Obviamente que en ese escenario solo se puede desarrollar una trama política con su costado conspirativo. Y Borgen ofrece un poco de todo eso, claro que con dosis adecuadas, sin sensacionalismos ni grandes despliegues dramáticos.

    Su éxito fue lento, por lo menos en Dinamarca, donde las tres primeras temporadas (2010, 2011 y 2013) fueron producidas por un canal estatal. Pero después explotó en popularidad y se empezó a hablar de esa serie tan buena y que se adelantaba en la ficción a algunos hechos que terminaron sucediendo en la realidad. Y además en 2013 se estrenó House of cards, la serie estadounidense protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright, que le dio dramatismo y acción a las intrigas políticas, y eso siempre atrae. Pero Borgen era y es muy muy superior.

    La historia es la de Birgitte, líder de un pequeño partido de centro (Los Moderados), que por los laberintos de la política, y por una jugada sucia de un candidato laborista, termina integrando una coalición formada con el Partido Verde y un sector del Partido Laborista. Así llega a ser elegida primera ministra de Dinamarca. Y aquí la ficción se anticipó a lo que sucedería un año después de estrenada la primera temporada, cuando Helle Throning-Schmidt se convirtió, en la vida real, en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra danesa.

    Es que los creadores de la serie, el productor Adam Price y los escritores Jeppe Gjervig Gram y Tobias Lindholm, siguen de cerca la actualidad social y política del país, entonces en la trama aparecen situaciones que tienen que ver con la reforma de la salud pública, las presiones de los lobbies, la legalización de la prostitución o el retiro de las tropas danesas en Afganistán. Pero tal vez lo mejor de cada historia está en las permanentes negociaciones de Birgitte con miembros de la coalición y de la oposición, con la derecha y la izquierda, con el Ejército y los grupos de presión que la llevan a entablar una batalla con sus propios ideales.

    Ese posiblemente sea el valor más potente de esta serie. Birgitte es ambiciosa, le gusta el poder, pero también es una radical defensora de la democracia y sus derechos. Es muy buena negociadora y tiene una imagen cercana a la gente. Pero mantener el equilibrio en el gobierno no es fácil. Y negociar implica, en cierta forma, claudicar en algunos postulados.

    Ni que hablar cuando se llega a la casa y hay otras batallas que enfrentar con los hijos y con su marido, que ha dejado de trabajar y se ocupa del hogar para que ella pueda hacer una carrera política. Ese fue un acuerdo temporal de la pareja. Claro, es Dinamarca. Pero tampoco en el gobierno doméstico los acuerdos siempre dan resultado.

    Otro punto fuerte es la relación entre política y periodismo, aquí representado por el canal público TV1. Los periodistas sufren las presiones de los directivos del canal y los políticos se sienten presionados por los periodistas. A veces son los periodistas los que se cansan y pasan a ser asesores de políticos. Nada nuevo enseña Dinamarca al respecto. Es destacado el personaje de la periodista Katrine Fønsmark (interpretado por una excelente Birgitte Hjort Sørensen), idealista y con fuertes convicciones profesionales, que se enfrenta a las directivas que impulsa el canal, que implican reducir los contenidos informativos para aumentar la audiencia con programas “livianos”. Katrine es una de las que se cansa.

    Ahora la serie dejó de estar en el ámbito de la televisión pública danesa y pasó a Netflix. Pero no hay que temer porque los creadores siguen siendo los mismos y también varios de los personajes (y sus actores) que estaban en las otras temporadas. En Borgen: reino, poder y gloria, Birgitte es canciller y la primera ministra es una mujer más joven de otro partido, muy competitiva y que vive pendiente de las redes sociales. Ellas se miran de reojo, pero se sacan selfis juntas que suben a las redes con la leyenda “El futuro es femenino”.

    Birgitte está separada de su esposo y vive con su hijo adolescente, Magnus, que se convirtió en un militante en defensa de los animales y le trae algunos dolores de cabeza. En ella se ha instalado una expresión severa, sobre todo después de que se descubre petróleo en Groenlandia y debe decidir si permitir la explotación, en contra de sus principios ambientalistas, o si le da prioridad al negocio. Los periodistas que han seguido su trayectoria se preguntan: “¿Nybor es, simplemente, una política y una persona distinta a la primera ministra que conocimos hace 12 años?”. Y la respuesta no es una sola, porque Birgitte ha cambiado.

    Los ocho capítulos de esta temporada tienen como principal escenario la helada Groenlandia, cuyas autoridades ven una posibilidad de independizarse de Dinamarca gracias al petróleo. Pero el oro negro atrae otros intereses y allí aparecen rusos, chinos, estadounidenses. Las superpotencias quieren controlar el Ártico.

    Hay alusiones a la guerra entre Rusia y Ucrania, tensiones en las negociaciones políticas y en el partido de Birgitte, cuyos líderes ya no la reconocen. Hay tensiones en el Canal TV1, que elige a su experiodista estrella Katrine para dirigir el informativo y no la dejan trabajar con independencia.

    Y hay una filmación que se detiene en los paisajes blancos, en la sangre de las ballenas desolladas, en las miradas, en los gestos. Y por supuesto se detiene en Birgitte. “Estás parada en el hielo sola. Esperemos que no se derrita”, le dice la primera ministra a su canciller.

    Al parecer la serie no continuará y, al contrario de ser una mala noticia, es lo mejor que le puede suceder. En esta temporada le encontraron el remate justo para que se convierta en memorable.

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