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    Pedir la palabra

    N° 1979 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2018

    La Revolución francesa fue un conflicto social y político violento que duró unos 10 años, y puso fin en Francia a siglos de feudalismo y absolutismo, sentando las bases de la democracia moderna. En agosto de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente aprobó uno de los documentos fundamentales de la Revolución: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Al estudiarla en el liceo, emocionaba comprender la importancia de los principios que pregonaba: libertad, igualdad y fraternidad. Lo que no nos enseñaban en el liceo, sin embargo, era que en realidad cuando hablaban de “hombre” y de “ciudadano” no estaban utilizando el “masculino genérico”: estaban hablando literalmente de “el hombre” y “el ciudadano”. Los derechos establecidos excluían explícitamente a las mujeres, y la “fraternidad” aludía específicamente a una hermandad entre varones. Tampoco nos enseñaban en el liceo que en 1791, la escritora y filósofa política Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana; ni que en 1793 de Gouges fue guillotinada por la Revolución.

    El caso de “los derechos del hombre y del ciudadano” es un buen ejemplo de las ambigüedades que produce el uso del “masculino genérico”: es probable que aún hoy, más de 200 años después, muchas personas no se hayan puesto nunca a pensar que, en realidad, los derechos “universales” de la Revolución francesa estaban excluyendo a la mitad de la población. Como explica la profesora María Márquez (Departamento de Lengua Española de la Universidad de Sevilla): la utilización del masculino genérico termina siendo “sexista” en aquellos contextos en los que la referencia resulta ambigua, porque el ámbito en cuestión ha sido históricamente un dominio privativo del varón.

    En los últimos días, el nuevo empuje del “lenguaje inclusivo” reactivó la furia, en medios y redes, de los siempre militantes de la tradición; y Twitter se llenó de calificativos del tipo: “aberrante”, “incorrecto”, “peligroso”. Pero ni tan incorrecto, ni tan peligroso, si nos tomamos el tiempo de analizar las distintas capas que todo esto involucra. En un mundo en el que las mujeres pasaron de no tener derechos civiles ni políticos (en muchos países hasta avanzado el siglo XX) a ser capaces de presidir naciones, resultan más que pertinentes los cambios en el lenguaje. La enorme molestia que se genera, por ejemplo, en torno a la aparición del término “presidenta” (con una gran cantidad de indignados insistiendo en que se dice “la presidente”), no parece generarse cuando se habla, por ejemplo, de “la sirvienta”, aunque ambas palabras tienen una estructura similar. Es necesario entonces preguntarse: ¿qué es lo que en realidad molesta al feminizar el término “presidente” que no molesta cuando se feminiza “sirviente”?

    Por otro lado, existen también casos inversos: términos que se han masculinizado “contradiciendo las normas de la morfología española”, pero que no parecen haber irritado a nadie. Mientras que desde los medios se han multiplicado las burlas del tipo “¡así que ahora soy periodisto y voy al dentisto!” (sabiendo que las palabras terminadas en –ista refieren a un sustantivo común a los dos géneros, como artista o pianista), a nadie sorprende sin embargo el uso del masculino “modisto”. Una vez más cabe preguntarse: ¿por qué? Es que el lenguaje no se trata únicamente de normas, sino de las necesidades de las sociedades que lo utilizan: así, en un mundo en el que la mayoría de las y los modistas eran mujeres, los hombres sintieron la necesidad de “masculinizar” el término. Seguramente, si el periodismo hubiese sido tradicionalmente llevado adelante solo por mujeres, hoy muchos de los que se burlan se hubieran apurado en llamarse a sí mismos “periodistos”.

    Lo que más sorprende es el deseo de tantas personas de aferrarse a una concepción del lenguaje como incambiable, de entenderlo como algo fijo y cerrado, cuando justamente una de las características principales de la lengua es la de ser dinámica. Pensemos en la cantidad de palabras que hasta hace muy poco no existían, como “tuitear”, “hipervínculo”, “precuela” (todas aceptadas por la Real Academia de la Lengua Española) o “selfi” (cuya incorporación está prevista en próximas actualizaciones del diccionario) pero que, sin embargo, no horrorizan a nadie. ¿Por qué se considera entonces “una aberración” solo cuando los cambios ponen en juego ciertas relaciones históricas de poder?

    Los ejemplos del sexismo en la lengua son claros, y son muchísimos. Al pluralizar, por ejemplo, basta con que haya un hombre en un grupo con 10 mujeres para que se masculinice al grupo, y si por algún atrevimiento se llega a generalizar “en femenino”, alguien seguramente terminará ofendiéndose. Parece ingenuo no pensar en las jerarquías que existen detrás de estas reglas. Otro buen ejemplo de las diferencias que el lenguaje establece entre los sexos es lo que se conoce como “duales aparentes”: palabras o expresiones con significado distinto según estén en femenino o en masculino, como perro/perra, hombre de la calle/mujer de la calle, un cualquiera/una cualquiera (amén de la connotación siempre sexualizada al referirse a lo femenino). “Hablar no es nunca neutro”, decía Luce Irigaray en 1985, y esto es lo que se pone en juego al hablar de lenguaje “inclusivo”.

    La discusión del lenguaje inclusivo no es nueva: hace ya más de dos décadas que la Unesco sugirió que se hable de “niños y niñas”, en vez de usar el masculino genérico. Hoy, 20 años después, jóvenes de Uruguay, Argentina, España (y probablemente también de otros países de Latinoamérica) han empezado a usar el lenguaje con sus propias reglas: encuentran comodidad al pluralizar con –e en lugar de –o y –a, y lo hacen con asombrosa naturalidad. Este cambio les permite, además, incluir en sus discursos a todas aquellas personas que no se identifican ni como mujeres ni como hombres. Coincido con Karina Galperín (doctora en Lenguas por la Universidad de Harvard y profesora de la Universidad Torcuato di Tella) en que: “La lengua necesita responder a una realidad que ya cambió. Para mí, esto no es ideológico: si solo fuera una cuestión reivindicatoria, nunca hubiera llegado a donde llegó”.

    Tal vez, como la Revolución francesa, el uso del lenguaje inclusivo constituya un conflicto social y político largo y resistido, y, tal vez, en algún momento, logre también poner fin a siglos de sexismo y androcentrismo en la lengua. Mientras tanto, por favor, no tengamos miedo a pedir la palabra, a apropiárnosla, a cambiarla.

    ?? Justicia divina