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    Pequeños gigantes de silicona

    Esculturas de Ron Mueck en Buenos Aires

    El edificio blanco y de grandes ventanales está en el particular barrio de la Boca, al borde del Riachuelo y en la desembocadura de la mítica calle Caminito. Es moderno, de escalinatas de madera y techos altísimos, sin recovecos inútiles. Afuera, la gente se agolpa alrededor de una pareja que baila tango en la puerta de una cantina. Hay sombrillas que invitan a sentarse y tomar algo, mientras se mira pasar el insólito desfile de personajes, el entrevero brutal de razas y costumbres. Hay peruanos en los negocios, de los que entran y salen americanos, europeos, brasileños, muchos brasileños. Y hay porteños, auténticos porteños “bosteros” que siempre hablan de fútbol, gritan y putean contra todo. La escenografía de chapas y colores es determinante. También las imágenes de artistas populares, las caricaturas, los detalles de un barrio plagado de arte callejero, de indicios de rasgos culturales poderosos. El contraste con el interior de ese alucinante edificio blanco de la Fundación Proa es inmediato. Lo interesante es que detrás de este vínculo contrastante hay otro indefinible. Algún crítico llama a esta mirada del arte sobre la vida “costumbrismo”. Al que muestran los pintores callejeros en sus aguafuertes o pequeños óleos y al particular y exuberante arte que exhibe Proa en este momento. Primero, el edificio y el contraste.

    Son tres pisos que albergan una sensación de maravilloso bienestar. Salvo que allí se exhiban esculturas como las de Ron Mueck (Australia, 1958), artista contemporáneo, radicado en Londres. Al entrar, la gente recibe con placer el confort y la frescura del lugar en estos días de calor agobiante. Es un remanso, un oasis, un espacio en el que uno se quedaría toda la tarde. Los turistas acostumbrados al frío aprovechan para distenderse y comentar las delicias del comedor que está en el último piso. Todo es felicidad, distensión. Pero allí está Ron Mueck. O esas esculturas que al primer encuentro rompen con cualquier comodidad o estado de ánimo. La primera es un rostro, solo el rostro, una máscara, dice el cartelito que la acompaña (“Mask II”, 2002). Es un rostro enorme sin cuello, sin cuerpo, recostado completamente en el pedestal blanco, de cara al espectador. La figura está con los ojos cerrados, parece un rostro dormido, de costado, en la pose más común que uno pueda imaginar. Es el momento ideal para verlo como un niño que se para al lado de un adulto que duerme, a observarlo, a intentar descifrar lo indescifrable, a intentar perturbarlo. Lo primero que llama la atención es el tamaño, gigante, luego la perfección de cada línea, de cada trazo y tono. El artista construye sus esculturas detalle a detalle, en un proceso perfectamente descriptivo, de insuperable imitación. Imita la figura humana, pero la imita de verdad, a extremos desesperantes. Hay pelitos de barba incipiente, no hace mucho que el sujeto se afeitó. Hay una boca rosada apenas entreabierta, casi se siente su respiración. El lado apoyado está entregado, plano, con todo el peso del abandono y la despreocupación. Parece dormido, también puede estar recién muerto. Se supone un autorretrato, puede ser de cualquiera, nosotros mismos en un descuido. La escultura está sola en un rincón de la entrada a la sala. Impacta, la gente no puede dejar de exclamar bajito y sentir un golpe en algún lado. Es tan pero tan realista que deja de serlo para entreverar todos los encasillamientos que uno pueda tener sobre el arte. Se le atribuyen características “hiperrealistas”, incluso vínculos con el “pop”. Pero está lejos, en otro lado. Lo dicen las otras esculturas que esperan. En el trayecto de Mueck se descubre que lo raro en realidad está en lo obvio, en la evidencia, en la apariencia trillada que en un primer momento lleva a un mundo tomado del común de la vida.

    Al entrar a la sala central uno recibe otro golpe en el mentón. Una pareja de ancianos recostados bajo una sombrilla de colores, la imagen más banal que uno pueda imaginar, igual que la sombrilla. Pero el impacto es brutal: otra vez la exactitud de los detalles, la construcción en silicona y otros materiales, la superficie perfecta incluye todos los elementos que uno puede detectar en un cuerpo gastado, ya en la última etapa de la vida. Casi todo lo que se puede decir sobre la vejez contemporánea o sobre la proximidad de la muerte o sobre la vida en definitiva, está en la descripción de esos cuerpos. Ni más, ni menos. Las estrías, las manchas, los detalles de arrugas y pliegues, los pelos, los músculos caídos, las uñas de los pies y sus rostros, construidos sobre dos “máscaras” perfectamente reconocibles por cualquier ser humano en cualquier parte del mundo. Lo primero que surge ante esta maravilla es que estamos frente a una reflexión inquietante sobre la existencia. Pero hay más: ella sentada con la mirada hacia abajo, él con el brazo sobre la frente y su mano por detrás agarrada en un gesto a medio camino entre la ternura y cierta desesperación. Y están los ojos y la profundidad infinita de las miradas, perdidas en pensamientos imposibles, melancólicos, pero serenamente melancólicos.

    Afuera, la gente corre divertida y baila tango al rayo del sol y se saca fotos con una estatua de Maradona. Adentro, una escultura que ofrece el temblor permanente del ser bajo la aparente calma, de cuerpos casi desnudos, abandonados, entregados. Todo sería igual y tal vez generaría lo mismo si fuera a una escala real. Pero Mueck es un artista implacable. Las coloca sobre el piso de la sala sin ningún elemento que distraiga, sin otro dato que la propia figura. Las deja solas. Además, son enormes o muy chicas. Agranda o empequeñece sus esculturas en puntos que todo ese aparente “realismo” se vuelve otra cosa, muy difícil de encasillar. Las imágenes quedan solas y generan sensación de soledad. La gente no puede creer. Conmovida en algún punto, la sensibilidad del espectador transita en silencio por la fría galería de personajes: una mujer chiquita y rolliza, completamente desnuda, carga un montón de leña fina. Su cara es demencial, la imagen es demencial. Como la del hombre desnudo, sentado en la parte delantera de un bote viejo, a la deriva. Ya no son costumbristas, estas imágenes vienen de otro lado, de historias terribles, de cuentos fantásticos, de la propia prensa que claramente provoca la imagen de un chico negro que se levanta la camiseta blanca. Flaquito y frágil, vestido con jean grande un poco caído, con el detalle del calzoncillo por arriba como se ve a cualquier adolescente en la calle, muestra una herida del lado derecho de su cuerpo. Detalle, otra vez el detalle para ir más allá de la perfecta descripción, de la imitación, de la copia exasperada de la realidad que nadie sabe qué es. Un corte de navaja, sangre, un mundo duro allá afuera, una herida como la de Cristo.

    Las esculturas de este hombre son removedoras en todo sentido. Por lo dicho y por lo que no se puede expresar en palabras. Es metafísica, escapa a la realidad desde la apariencia y provoca sensaciones hondas, deja dudas sobre todo, deja preguntas continuamente. Hay más, pero hay que verlas, ya basta de intentar traducir lo intraducible. Una de las muestras más importantes que se han visto en el Río de la Plata.

    Ron Mueck en la Fundación Proa (Avda. Pedro de Mendoza 1929, La Boca, Buenos Aires). De martes a domingos de 11 a 19 hs. Entrada: 30 pesos uruguayos. Hasta 23 de febrero de 2014.