Nº 2083 - 6 al 12 de Agosto de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl regreso de Perón a Argentina coincidió con la caída de la democracia en Uruguay. El viejo general que había atizado las contradicciones sociales, promovido las movilizaciones juveniles y sindicales y alentado la lucha armada regresaba a un país donde la violencia que alentó desde Madrid era la forma de hacer política. Perón se alineó con la derecha y la CGT antes de su salida de España, y creyó que podía neutralizar a la izquierda “con un micrófono y un vaso de agua”. Pero el viejo caudillo olvidaba que los tiempos habían cambiado y que ni la JP ni Montoneros se abstendrían de buscar el poder que Perón les había prometido.
El giro a la derecha del tercer peronismo está en sintonía con la realidad regional de entonces. Las dictaduras militares se acababan de instalar en Chile y Uruguay, mientras que en el resto de la América Austral solo Colombia y Venezuela escapaban de las asonadas cuarteleras. Y, tanto en los discursos como en las metodologías, no había mucha distancia entre el tercer Perón y la región de las espadas. Mientras la violencia entre izquierdas y derechas teñía de sangre al peronismo, en Uruguay el camino del autoritarismo había comenzado a paso firme. El alzamiento del 9 de febrero de 1973 contó con el abandono de una clase política miope, desprestigiada y una izquierda que mayoritariamente compró la posibilidad “peruanista” de los comunicados 4 y 7. Tanto la mayoría del Frente Amplio como los partidos tradicionales vieron en la salida de Bordaberry la solución a una crisis institucional que iba mucho más allá de la persona que ocupaba el cargo. Mientras el Parlamento no se reunió ni repudió el alzamiento militar, un presidente aislado, apenas respaldado por la marina de guerra, decidió ponerse al frente de los alzados y transformar la forma del golpe, pero no su esencia. De febrero a junio fue quedando claro que el peruanismo era un espejismo y que los militares no iban a ser funcionales a los objetivos de los partidos tradicionales. El 27 de junio de 1973 todo terminó. El movimiento obrero resistió 15 días para luego entrar en una larga noche, donde la clandestinidad para el Frente Amplio y el silencio forzado para blancos y colorados serían la manera de subsistir en medio del terrorismo de Estado.
Cuando Perón regresó al poder en octubre de 1973 la geopolítica autoritaria era dueña de la región. La veta más reaccionaria del peronismo ganó la partida en Ezeiza el 20 de junio, una semana antes del golpe en Uruguay, y desde entonces ocuparon todos los espacios del poder con el apoyo explícito del caudillo y presidente. El Perón de la tercera presidencia buscaba distender a la región. En noviembre firmó los tratados del Río de la Plata, terminando un largo diferendo con Uruguay, plagado de tensiones y conflictos durante más de un siglo. El principio de una buena vecindad fue afirmado cuando Perón aceptó con gusto firmar los acuerdos en Montevideo. Su llegada a la capital del país que tantos dolores de cabeza le había dado, en el momento que era gobernado por una dictadura de derecha, tuvo cierto sabor a revancha por parte del viejo general. Su encuentro con Pinochet fue en mayo de 1974, donde acordaron distender los problemas fronterizos y la ayuda argentina para controlar a los exiliados chilenos. Perón cumplió. Acordada la tranquilidad con los vecinos, la situación interna pasó a ser la prioridad. El 1° de mayo de 1974, poco antes de su entrevista con Pinochet, Perón rompió públicamente con los Montoneros y la JP en Plaza de Mayo, en un episodio histórico. Y, a partir de ese momento, sin tapujos, la Triple A dirigida por José López Rega asesinó y torturó a integrantes de toda la izquierda, que habían pasado a la categoría de “infiltrados”. El baño de sangre contó con la complicidad del presidente, que se veía cada día más viejo y agotado. Murió el 1° de julio de 1974.
Producto de incontables factores y, también, de la irresponsabilidad de su marido, María Estela Martínez, conocida como Isabel, fue designada por el caudillo como vicepresidenta. Todo se desbarrancó. López Rega fue dueño de la situación. Gestor real del poder, su invento, la Triple A, se lanzó a una caza desenfrenada, mientras Celestino Rodrigo imponía un ajuste económico que terminó por liquidar las posibilidades de ese desgobierno. Argentina se hundía en la anomia, la depresión y la guerra. El caos reivindicó al orden, y los militares eran sus garantes. El 24 de marzo de 1976 llegó el final para este tercer peronismo, sin pena, con un golpe esperado y evidente. El general Jorge Rafael Videla instaló la dictadura más cruenta de la historia argentina, y contó con el apoyo, o el guiño, de importantes sectores, incluyendo a algunos grupos y personajes de izquierda en las dos orillas. Tres meses después, los militares uruguayos terminaron con sus últimos pruritos y echaron a Bordaberry para controlar totalmente la situación. Aparicio Méndez, el sustituto, no fue más que un títere de los cuarteles.
En junio de 1976 ni Perón ni Bordaberry estaban en escena, si bien sus gobiernos fueron los hacedores del autoritarismo. Tampoco estaban la democracia ni los partidos políticos. Ahora sí, por primera vez en el siglo XX, las opciones políticas del Río de la Plata coincidían totalmente. Militares, nacionalistas, de derecha, mesiánicos, atrapados en ideologías basadas más en la vulgata que en la elaboración, ocupaban el poder con el objetivo de dar seguridad y combatir al enemigo político, un amplio espectro que iba desde los liberales hasta la izquierda radical, incluyendo a todo aquel que fuera siquiera pensante. Había llegado la hora de transformar a los países en un inmenso cuartel. El Plan Cóndor fue el epítome de esa coincidencia.
No pueden ser casuales las coexistencias de acontecimientos y de tiempos. Sin dejar de lado en el análisis la incidencia de Estados Unidos, responsabilizar de todo a la potencia hegemónica, además de aburrido es terriblemente simplista. Los militares fueron preparados para defender a “la civilización occidental”, sin duda, contra un enemigo externo, que en sus visiones había abatido las fronteras, infiltrando los países del hemisferio. El orden conservador que defendían contra “la subversión” o “el comunismo” tuvo matices según la orilla que miremos. En Argentina, buscaron rescatar “la nación católica”, en Uruguay —país laico, al fin y al cabo— apostaron a la reivindicación de las tradiciones más básicas, a la resignificación de la historia. Y en los dos procesos contaron con un gran apoyo social, que fue disminuyendo conforme los hechos mostraron sus vetas más terribles, pero mientras que en Argentina se derrumbó en Uruguay el respaldo popular se mantuvo hasta finales de la década de 1970. O sea, negar los sostenes sociales, amplios y policlasistas de las dictaduras militares es un grave error de interpretación. Ningún régimen de estas características se impone sin una base de sustento en la gente, y ni Uruguay ni Argentina fueron excepciones. Pero esa avenencia histórica necesita de otras interpretaciones.
Si bien es cierto que los modelos económicos de la segunda posguerra estaban agotados, también lo estaban los sistemas políticos que los sustentaron. En Uruguay, con un sostén institucional más fuerte, el sistema democrático perduró todo lo que pudo, hasta que el desgaste multifactual horadó tanto la base que nada pudo detener la escalada golpista. En Argentina, que vivió un largo proceso militar desde 1930, “interrumpido” por algunos pocos gobiernos civiles, la caída de Isabel Perón fue, casi, un jalón más. Pero en las dos orillas las dictaduras militares —que coordinaron sus políticas represivas y sus objetivos castrenses— ocuparon el poder ante el desprestigio de la política, y por la crisis social que parecía no tener más respuesta que la violencia revolucionaria. Y en ese momento las diferencias histórico-políticas entre ambos países dejaron de existir. Los uniformes volvieron todo de color verde, con discursos casi iguales y métodos terriblemente similares. Es que el autoritarismo no tiene muchos matices nacionales. Sí los tiene la democracia y las libertades. Paradojalmente, las libertades perfilan las naciones, los autoritarismos que aparecen para salvarlas eliminan las diferencias transfronterizas. ¿La democracia, entonces, es una seña de identidad nacional en la Banda Oriental? De ser así, ¿qué pautas culturales perfilan a nuestros vecinos? Son preguntas que necesitan respuestas largas y complejas. En el siglo XX las diferencias políticas ayudaron a crear identidades que, en cierta forma, se borronearon cuando llegó la hora de la espada. Pero es solo un factor entre tantos en la definición de esas identidades tan debatidas y esquivas. Quizás no haber considerado esas referencias históricas obstaculiza la comprensión de nuestros presentes. Sería conveniente recordarlas para entendernos mejor.