N° 1726 - 15 al 21 de Agosto de 2013
N° 1726 - 15 al 21 de Agosto de 2013
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay autores que crean, que solamente crean en la escritura. Son la mayoría. En ellos no es el asunto sino la presentación del asunto lo que conlleva el espíritu del autor. Pero hay otros escritores más ambiciosos que crean en la escritura, pero que también crean en el pensamiento. En el campo de la psicología, o mejor dicho, en el campo de la filosofía del comportamiento. Tolstoi, Flaubert y Proust son maestros pensadores, también Virginia Adelina Stephens, pero comportaría un exceso: las flores de la señora Dalloway tienen demasiada vida como para que además de ser tan enteramente flores y tan tenue y fresco el rocío de esa mañana primaveral en Bond Street, puedan ser objeto de una reflexión.
En el terreno de la pura filosofía nadie puede disputarle espacios a Esquilo, a Lucrecio, a Dante, a Donne, a Goethe, a Hölderlin, entre los más obvios y permanentes; ni celar del lugar que corresponde a la música de Wagner, a la poesía dramática T.S. Eliot, a toda la obra Kafka y también a Rilke, entre los más cercanos. La poetización, como más tarde lo explicó Heidegger, es para ellos el lenguaje natural del pensamiento; entienden que hay certezas o preguntas del espíritu que solamente pueden ser dichas mediante la figuración poética, a través de la imagen, del desvío supremo, apartándose del lenguaje habitual, fugándose de lo cotidiano a lo excepcional, de lo general a lo diacrónico, a lo íntimo.
Henri Matisse explicó que había dos formas de conocer el mundo: una, mediante la aproximación científica; la otra en virtud de la iluminación que produce la emoción estética. Hay, sin embargo, muchos artistas que encontraron la felicidad en el mínimo punto que ocupan en el universo, que no tienen hambre de conocer el mundo, esto es, que no se interrogan, que su paso por el tiempo es un flotar ingrávido que no registra huellas ni necesita referencias. Los hay, en cambio, que sufren por no saber, que van directamente contra el velo de los misterios, que buscan más allá de sí mismos. Estos son los que he dado en llamar los poetas pensativos. Valery, Rimbaud (para quien el poeta es un ladrón de fuego), Pound, Saint John Perse, Borges.
Rainer Maria Rilke produce literatura; buena, invencible literatura. Pero el tema de su literatura no es otro que su pensamiento. Su discurso se expresó en figuras y no conceptos porque para él las figuras dicen más que aquello que designan los conceptos. Lo que naturalmente es la dramaticidad en cualquier otro escritor, en Rilke es proposición y pregunta; su aventura, como la aventura del hambriento de “Pan” (Knut Hamsun) es no la de vivir sino la de descubrir por qué el mundo, por qué las cosas han perdido el sentido. Leo en su novela “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”: “¿Es posible que a pesar de las invenciones y progresos, a pesar de la cultura, la religión y el conocimiento del universo, se haya permanecido en la superficie que, después de todo, aún habrá sido algo; que se le haya recubierto de un tejido increíblemente aburrido, que le hace parecerse a muebles de salón en vacaciones de verano?”.
Sus poemas, donde hay amor y soledad y desventura y atardeceres y palabras que quedan sofocadas por la desesperación o el llanto, enraízan, es cierto, en los lugares comunes de la reflexión metafísica del romanticismo alemán (en Schopenhauer con frecuencia, en Nietzsche bajo el patrocinio de ciertos relámpagos), y culmina teniendo notable influencia sobre las corrientes llamadas existencialistas; particularmente en Heidegger, quien dedicó páginas perfectas a situar el campo de la interrogación central del poeta. Si la certeza de la muerte es principio de identidad, es camino y realidad del Ser (algo de esto entrevió Hamlet), su apropiación como idea es el punto de partida de todo pensar que se quiere auténtico.
Estos primeros versos de las “Elegías de Duino”, creo que lo dicen todo: “Y el estar muerto es trabajoso,/ y lleno de querencia, hasta que poco a poco/se rastrea algo de eternidad. Pero los vivos/ cometen el error de distinguir demasiado/ fuerte. Los ángeles (se dice) con frecuencia no/ sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos./ La corriente eterna arrastra siempre consigo todas/ las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas”.
Las poesías de Rilke conocen algunas buenas ediciones en español. Tengo conmigo, y recomiendo, “Elegías de Duino” y “Sonetos a Orfeo”, en la edición de Cátedra, Madrid, 1987. La ventaja de esta edición es su profusión de notas y el buen estudio que sirve de introducción; la dificultad, es que no siempre la traducción se libera de la necesidad de reproducir sonidos con sacrificio del giro extraño, único que el autor confiere a sus ideas.