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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSubirse a un animal para dar un paseo es una experiencia. Una de las más placenteras, pasear a caballo en un animal de raza, nervioso e inteligente, que se conecta con nuestras intenciones para llevarnos, con la maravillosa sensación de compartir la sociedad con un animal inteligente, que disfruta con uno, sin palabras, de la coordinación del movimiento y disfrutar juntos del entorno cambiante.
Puede ser a veces una tortura, como montar un camello, que en su andar como un soldado, uno, dos, uno, dos, se mueve de lado como un buque, y como un camello sabio, se las sabe todas. Por eso los musulmanes dicen que es el único que sabe los mil nombres de Alá. No camina, navega, y ojalá tengamos un guía que interprete lo que el camello quiere, para que no nos deje lejos del destino y no nos escupa o nos muerda en el camino.
Pero lo que sí es especial es montar en burro. Es un animal más inteligente que nosotros, y mientras Platero nos mira con ojos soñadores y las largas orejas caídas, nos está estudiando. Cuando da su visto bueno, nos va llevando, con un pequeño trote si está contento, si no, al paso, y que nunca lo apuren. Ni lo carguen más que la carga que le parezca soportar. Ni lo mandes donde puede que no te guste ir, o que no te convenga. Se detendrán en seco los cuatro cascos en el suelo y ni un tractor lo moverá de su sitio, si quieres ver un ser empacado, trata de mover un burro contra su voluntad.
Por otra parte, si lo tratas con cariño y le hablas bien, es impensable lo que el burro puede hacer por ti. Lo harás un incondicional amigo tuyo, y como es inteligente buscará que, sin darte cuenta, tomes el mejor camino en cada curva y evites los baches y las caídas al precipicio.
No es casual que el Señor pidiera entrar a Jerusalén montado en un pollino, el hijo de una burra. Ni que San Francisco llamara hermano burro a su propio cuerpo. Los cuerpos de montaña británicos los usaron siempre desde los Alpes a los Himalayas. En las montañas cordobesas, para construir los caminos en la montaña hasta las más remotas aldeas en las cumbres, los constructores envían adelante un burro, para ir siguiéndolo detrás con los terraplenes de media ladera, por el mejor camino.
A veces no encuentran un burro, entonces sí llaman a un ingeniero. Para eso están los ingenieros, cuando no encuentran un burro que los guíe, pueden confiar en los suplentes, que somos los ingenieros. Cierto que no es fácil dirigir a un ingeniero, prefiero al burro. Porque con el burro no te pasará como a Alicia en el país de las maravillas, cuando jugando al cricket quiso pegar al puercoespín pelota con el flamenco que le habían dado como mazo. “¡Qué te pasa!”, le dijo el flamenco retorciendo la cabeza hasta poner un ojo a la altura de los ojos de Alicia. Ese flamenco piensa como nosotros, ese es un ingeniero.
Será por eso que prefiero a los burros, pero, si tengo que usar a un ingeniero, sé que casi todos son confiables y pelean por ti como los burros, aunque a veces no los entiendas y, como Alicia, le tengas que poner un casco si le quieres pegar con él a algún erizo.
Sí, para entender a un ingeniero hay que hacer un curso, porque construyen las oraciones al revés. Con hipérbaton, como en la canción del Pirata de Espronceda: “Con 10 cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”. O con elipsis complicadas, donde la parte faltante se destaca, como en una música sincopada en que tienes que seguir el ritmo con la cabeza para no perderte si la bailas. Si falta el sujeto: “Cultivo una rosa blanca, en julio como en enero” (José Martí, poema XXXIX, Cultivo una rosa blanca, de Versos sencillos), “Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto…” (Fray Luis de León). Pero también cuando falta el verbo: “Tú eres el huracán, y yo la alta torre que desafía su poder” (Gustavo Adolfo Bécquer). Frases larguísimas con los sujetos al final de la oración, ni los alemanes que ponen los verbos al final los entienden a los ingenieros.
¿Releerlos dos veces para entender? Te acostumbran en la Facultad de Ingeniería leyendo Levi-Civita. Habría que ser latino, romano antiguo. Es decir, ingeniero como el César. Acordarse de que por algo San José es el patrono de los ingenieros. Hay que rogarle al santo para poder armarse con la paciencia y la constancia de él para entenderlos.
Pero al final sí hay una ventaja de los ingenieros sobre los burros. Difícil es que te encariñes con el ingeniero o la ingeniera, como con Platero el burro. No lo vas a extrañar ni sentir remordimientos si lo tienes que matar después, como capaz que voy a tener que hacer un día con un par de colegas metidos a políticos. Nadie va a protestar, como es seguro que te van a aturdir las ONG si llegas a matar al burro.
José Zorrilla