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¿Plaza de la Democracia y la Bandera? En la edición de Búsqueda del pasado 3 de mayo, Tomás Linn ocupó buena parte de su espacio habitual para dejar constancia de su disgusto por el proyecto de la Plaza de la Democracia —o de la Bandera— que la Intendencia de Montevideo tiene previsto llevar a cabo en el área de Tres Cruces. El texto abunda en expresiones descalificantes, más propias de un ciudadano “indignado” que de un analista de visión equilibrada, cosa que probablemente dio pie a la respuesta de los arquitectos involucrados —ganadores del concurso de ideas oportunamente convocado por la Intendencia—, publicada en el mismo semanario dos semanas más tarde (un alegato sobre las “virtudes” de la propuesta por ellos realizada, situado en las antípodas del juicio de Linn y ambos, a mi criterio, poco convincentes).
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Es bastante excepcional ver reflejado en la prensa un debate sobre arquitectura y ciudad, de modo que este cruce de opiniones merece especial consideración y una valoración positiva, pero centrando el análisis en los aspectos “arquitectónicos y urbanísticos” de la propuesta, al margen del programa que le da origen, estamos perdiendo un aspecto central de la cuestión. En perspectiva disciplinar, creo que el plano inclinado enfrentado a la fachada neutra del “Shopping” —y a Rivera arengando a la clientela— no es una buena idea y que la ubicación del mástil y la bandera es simplemente impresentable. Es una opinión y un jurado formal y calificado tuvo otra, está claro, pero el motivo de estas líneas tiene que ver con las decisiones que precedieron la convocatoria.
Voy al punto. La vista próxima del palomar de Cavia, vestigio patrimonial de aquellas jornadas fundacionales en la quinta de Tres Cruces donde se consagraron las Instrucciones del año XIII, marca para el lugar una referencia en todo sentido más apropiada que la asumida en tiempos de dictadura —paradoja mayor— y luego prolongada por inercia. Y el pabellón de la patria luciría mejor en el punto más alto de la ciudad, en el Cerro, en el entorno de la Fortaleza acondicionado al efecto. Y en cuanto al estacionamiento, justificaría un llamado a privados, habilitando una construcción en subsuelo de espacios de uso público (de Bulevar Artigas, por ejemplo).
En síntesis, y en atención a lo expuesto, pienso que sería procedente cerrar esta etapa respetando los derechos de quienes participaron en el concurso de ideas y fueron seleccionados por la Intendencia (pago de honorarios y eventuales gastos, etc.), habilitando luego una radical revisión de los objetivos y condiciones de una intervención en el área. Es de esperar que la pública consideración del tema sirva para generar las bases de un proceso que termine aportando a la ciudad un espacio de valor acrecido (a nivel de uso, de paisaje urbano jerarquizado y de significación simbólica) y no un problema más. Tres Cruces ya tiene bastantes.