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    Plutarco, Julio César y el juez

    N° 1765 - 22 al 28 de Mayo de 2014

    En “Vidas paralelas”, Plutarco relata que Julio César repudió a su esposa Pompeya luego de que le comentaran que un joven, Publio Clodio Pulcro, había intentado seducirla. Nadie demostró que eso hubiera sucedido, pero el dictador zanjó el asunto: ordenó la condena del joven y se divorció de Pompeya. Se justificó con la machista e histórica frase: “No basta con que la mujer del César sea honesta; también debe parecerlo”.

    Los comentarios siempre han generado conflictos y distorsiones, acentuados hoy por la velocidad con que circula la información. No importa si son o no ciertos. Importan las dudas que generan. Adquieren mayor fuerza cuando el involucrado tiene un cargo relevante y los hechos se relacionan con su función.

    Durante centurias se ha utilizado la frase de Julio César para exigirle a los gobernantes un comportamiento intachable acorde con lo que pretenden los ciudadanos, a quienes se deben. Tal vez por su mayor visibilidad, esa exigencia apunta a los poderes Ejecutivo y Legislativo. Además de transparencia y honestidad se les exige acciones públicas acorde con las formas. Y está muy bien.

    Los integrantes del Poder Judicial, salvo hechos delictivos o decisiones jurisdiccionales, suelen quedar al margen pero les comprenden las generales de la ley. Sus intervenciones privadas pueden afectarlos personalmente con un rebote sobre la imagen de la institución. Y cuando ocurre, rara vez admiten haberse equivocado.

    Los jueces de todas las categorías administran justicia sobre bienes, reclamos estatales, laborales, administrativos e investigaciones penales, entre otros. Nuestra vida pasa por sus manos. Es una tarea mucho más delicada que elaborar o sancionar las leyes. Sólo por eso el celo debe ser mayor.

    Hace algunos años un juez penal conducía su vehículo, ebrio, a alta velocidad y con el carné vencido. Lo constataron inspectores de tránsito. Para zafar exhibió su identificación de juez. Los inspectores informaron a sus superiores y éstos a la Corte. Cuando le pidieron explicaciones respondió alegremente que no estaba en funciones como juez sino en su tiempo privado. Se impuso el corporativismo y se archivó.

    El viernes pasado, durante un allanamiento ordenado por la jueza penal Graciela Eustachio al mayor coleccionista de armas, un hombre de 82 años, enfermo, se presentó su amigo, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Larrieux, convocado por el interesado. ¿No tiene un familiar, un vecino u otro amigo que no sea juez para acompañarlo durante una actuación judicial?

    La Policía cree que el coleccionista no cumple con las normas de registro de todas sus armas, un verdadero arsenal, y que algunas constituyen un riesgo para el barrio, ante la eventualidad de que sean robadas.

    En “El Observador” Larrieux se excusó: “Los jueces son independientes y no son influenciados por un hecho de estas características. Además, creo que ninguna norma me prohíbe visitar a un amigo. ¿Por qué voy a dejar de visitar a un amigo con un problema y enfermo, porque esté, con un, llamémosle, problema judicial?”, comentó.

    La Policía le permitió a Larrieux ingresar al domicilio, pero se lo impidió a la abogada del coleccionista, la profesora de Derecho Penal Beatriz Scapusio. ¿Por qué el ministro pudo ingresar y quien estaba profesionalmente interesada en controlar, no pudo hacerlo?

    En los últimos tiempos las interferencias judiciales se han reiterado: el presidente Mujica visitó al procesado intendente de Colonia, Walter Zimmer, varios gobernantes se manifestaron públicamente en apoyo (y como rechazo al fallo judicial) del procesado ex intendente de Treinta y Tres, Gerardo Amaral, y otros del ex ministro de Economía, Fernando Lorenzo.

    Tampoco es nuevo. En 2009, cuando la jueza Fanny Canessa investigaba al entonces vicepresidente Rodolfo Nin Novoa, éste llamó a Larrieux para quejarse por filtraciones del presumario y le exigió reserva. Larrieux llamó a Canessa y le dijo que tuviera “cuidado”.

    También hay otras posturas. Me consta que algunos jueces amigos de la ex ministra Anabella Damasco, procesada en 2011 por corrupción, dejaron pasar un tiempo para visitarla y evitar comentarios negativos para la institución. También, que un reciente ex ministro de la Corte se negó a averiguar sobre un problema judicial de un familiar directo “porque no corresponde”.

    Larrieux es un destacado jurista pero para el caso es secundario. Lo que importa es lo que con su acción abonó la fantasía de muchos uruguayos que suponen que los jueces son permeables a las presiones. Importa además el golpe negativo sobre la imagen muy difícil de revertir.

    Nuestras acciones generan opiniones y juicios de valor que inciden en la imagen pública que se construye a través de esas valoraciones. Cuando se trata de un magistrado es muy relevante. Los jueces deben evitar sospechas de arbitrariedad, parcialidad o influencia, tanto en asuntos a su cargo como en los de quienes dependen de él. Es más, en un asunto con diversos caminos, un juez podría optar por el más severo para que nadie suponga que recibió influencias del jerarca.

    En la Justicia, la prudencia y las formas son importantes. El derecho de abstención (artículos 325/330 del Código General del Proceso) establece el deber de los jueces ante una causa de impedimento o recusación que pueda afectar su imparcialidad y la facultad para no intervenir por razones de decoro o delicadeza. Dos vocablos que deben estar presentes en todos sus actos.

    Aunque hayan transcurrido más de dos mil años, lo de Plutarco y Julio César se mantiene vigente.