En la hermana y querida República Argentina la cosa está que arde, para todo el mundo, sin excepciones.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo se salva nadie del descalabro que con tanta precisión y esmero han armado los sucesivos gobiernos que se han alternado en el poder en los últimos años. Al barril sin fondo de una economía que debería estar floreciente y próspera y que no para de hacer agua por los cuatro costados parece no vérsele ni de cerca el fin del precipicio.
Hemos podido comprobar la existencia de varios e interesantes casos en los que muchos argentinos han tenido que apretarse el cinturón, aunque el que usan lo hayan comprado en la maison Hermès de París o tenga una hebilla con la L y la V entrelazadas por Louis Vuitton.
El Club de Polo Hurlingham Old Boys organizó un partido amistoso por la Copa Macoco Echenagusía Smith contra el Dickson House Polo Club de Lagunitas. De común acuerdo los organizadores del torneo y sus rivales pactaron jugar el partido con tres caballos por equipo en vez de cuatro, porque “la cosa está brava y hay que cuidar a los petizos, que cada vez sale más caro mantenerlos”, según le dijo al cronista de la revista Polo for Everybody el presidente del club organizador, Bituto Zugarramurdi Pinkerton.
El triunfo se lo llevaron los visitantes, pero la novedad fue que, en lugar de la tradicional copa de plata para el equipo vencedor, el trofeo consistió en un florero artesanal de barro cocido surgido de las hábiles manos de Mengochita Christensen Belugorraga de Zugarramurdi Pinkerton, esposa del presidente del club y hábil artesana aficionada, quien generosamente lo donó, cosa que no hace con otras artesanías que fabrica en su casa y luego vende en la feria de San Telmo los domingos.
En el festejo se sirvieron refrescos. Todos ellos en jarras de agua de la canilla, pero cada una de ellas perfumadas por hojas de menta, de tomillo, de hierbabuena, cultivadas en la huerta del club. Todo amenizado con música ambiental de FM.
Y hay más historias.
En el Country Club del barrio privado Los Olivos de Chapelco, conversaban dos amigas íntimas, de esas que se cuentan hasta los más reservados datos de sus vidas privadas.
Clotilde Unzué Zarzaparrilla de Masterson Perugoitía le decía a su amiga Lolucha Estrugamou Varela de Santillana Petersen que la situación en el hogar se estaba poniendo muy complicada.
—Fijate, Lolucha, que despedí a dos de las mucamas y me quedé solo con dos. Las que cobraban el sueldo más bajo, te imaginarás. Y a Pirincho (N. de R., se refiere a Ferdinando Masterson Perugoitía, su marido) ya no le permito que abra una botella de Dom Pérignon los sábados de noche en la cena familiar. Agua mineral, alguna Coca para los chicos, pero el champagne que queda en la bodega lo pensamos guardar para las fiestas de fin de año…
—Sí, Cloti, si es que llegamos a fin de año, porque al paso que vamos, capaz que le tenemos que entregar la mitad del calendario al Fondo Monetario y nos quedamos con un año de seis meses solamente, yo qué sé, querida, para nosotros también la cosa está terrible. Vos viste la sequía, en la estancia las tierras de la soja están resquebrajadas, tremendo…
—¡Pero vos nunca ibas a la estancia en esta época! ¿Cambiaron los planes?
—Lo que pasa es que no fuimos a Punta porque alquilamos la casa de Manantiales para pagar la contribución inmobiliaria, ¡lo caro que está el Uruguay, querida!… Y las vacaciones las pasamos en la estancia, los chicos se bañaron en el arroyo, porque la piscina no la pudimos llenar por la escasez de agua y además porque los bomberos, esos ladrones, nos cobraban una fortuna para llenarla… Y te adelanto que no nos vamos de viaje a Europa nada más que una vez. Ahora en agosto alquilamos una villa rústica en La Toscana, pero tres semanas nada más…
—Economía de guerra, mi querida. Hay que cuidar los mangos… La mayor de las hijas de mi hermana Pitonga, te acordás, la que está haciendo un posgrado en decoración de interiores en California, se vino a pasar las vacaciones acá con su familia porque se quería ir otra vez a esquiar a Aspen, pero el padre le dijo que no, que era muy caro, así que las nuevas generaciones van aprendiendo a cuidar la plata y a no despilfarrar.
—Me alegro de que así sea. No se puede tirar la plata así como así, yo también puse algunas reglas en casa con los chicos, son cuatro y cada uno tiene su auto. Bueno, ahora usan los cuatro juntos uno de los autos y los otros quedan en el garaje hasta que vengan tiempos mejores. Y es más. Le dije que les voy a vender uno de los Audis, y compro, qué sé yo, un Renault o un Fiat, estos se creen que son ricos, pero la patria está pasando días difíciles y se tienen que acostumbrar a pasarla un poco mal. Para que aprendan.
Uno se pregunta… ¿aprenderán?