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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa mala hora tiene un significado que, como frase, lo dice todo. Es, este título, el que le puso a una de sus grandes obras el incomparable Gabriel García Márquez. Es también el que yo, pluma insignificante, le he puesto a esta carta que hoy entrego a ustedes, como interpretación personal de un inmenso error que han cometido los señores legisladores de este bendito y sufrido país.
La mala hora es aquella en la cual uno tropieza. O cuando se pierde a un ser querido. Y cuando una enfermedad te lleva a la invalidez o un amigo de los de verdad se marcha de este mundo.
La mala hora tiene tantas sucursales como desgracias puedan ocurrirle al ser humano. Y ante tantas como inevitables oportunidades tiene ésta, “la mala hora”, lo peor que se pude hacer es alimentarla.
Lo han hecho diputados y senadores oficialistas, recientemente, al aprobar el “Proyecto de Ley de responsabilidad penal del empleador”.
Como se acercan los tiempos electorales, los agitadores profesionales no se dan tregua en trepar a un “tablado” para, desde allí, enardecer a las masas, procurando confundir al intelecto del trabajador en procura de votos para tener poder, aunque no se tenga razón. Y el que no esté advertido cae en la trampa. También caerán aquellos que, sin reflexionar en el mañana, se conviertan en servidores fanáticos de causas cuyo futuro es el hambre generalizada.
Y, aunque muchos lo han hecho mejor que yo, voy a explicarlo a mi manera.
En el trabajo, como en cualquier cosa de esta vida, nadie puede conocer por anticipado qué le depara el camino que comenzamos al nacer hasta el día de morir. Sólo Dios o el destino.
En las actividades, es exactamente así. Puede el empleador romperse un hueso, caer del décimo piso o ser electrocutado por un golpe de corriente que, por algún motivo, ignorado por todos, sucedió en ese lugar y en ese momento. A un empleado le puede ocurrir lo mismo u otra desgracia y nadie pudo prevenir un desenlace desconocido. Sólo Dios o el destino.
Si por estas y diez mil razones más, que en esta carta no entran por el espacio disponible, el contenido no convenciera a los que, de buena fe, la han leído, tengo otras reflexiones o preguntas a formular, sin profundizar demasiado, que yo supongo no ser necesario para entender.
¿Usted, estimado señor o señora, pondrá gente a trabajar si a usted lo llevan preso por algo que pueda ocurrirle a uno o una de sus funcionarios/as?
Los “vivos” de los discursos de barricada decían: “no es que vayan presos; pueden ser excarcelables”.
Los que nunca trabajaron que son esos, los “vivos de barricada”, indicando cómo trabajar. Y los parlamentarios, de los cuales muchos viven de la política, no del trabajo, dejándose llevar al grito y barriendo votos para su beneficio mientras embrutecen a los pueblos y siembran de inmediato desempleo y cierre de empresas.
¡No se dejen engañar! Nadie abrirá una puerta al trabajo en una nación donde aquel que tome un funcionario o tome cien tiene como recompensa segura un calabozo o una cuantiosa suma que pagar. Y menos sabiendo de la inconstitucionalidad del mamarracho aprobado, como de las infinitas y nunca previsibles “trampas” que se esconden a cada paso de nuestro andar.
Con actitudes así no es posible seguir trabajando y produciendo. Si no hay una resolución revocando, anulando y cambiando este tipo de mentalidad destructiva, y de leyes tendientes a esos deplorables fines, el Uruguay está condenado a pasar miseria.
Acuérdese: “Debe trabajar el hombre para ganarse su pan / Pues la miseria en su afán de perseguir de mil modos / Llama a la puerta de todos / Y entra a la del haragán”. (José Hernández en Martín Fierro).
¡En los países pasa lo mismo!
Yamandú Rodríguez Velázquez
Coronilla