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    Política y dignidad

    Sr. Director:

    No son válidas las generalizaciones en ningún orden de la vida y reafirmo mi creencia en la democracia, el peor sistema que se ha inventado, a excepción del resto (dijera Churchill).

    Pero les confieso, estimados lectores, que tengo una sensación de vacío que me preocupa.

    Además de oír permanentemente las quejas de la gente, del partido que sea, sobre la conducta de los políticos, la lectura de la realidad que uno hace es desoladora. Y no es buena cosa, porque quiero transmitirle a mi descendencia precisamente todo lo contrario.

    Pero por algo la juventud no está interesada en lo que sucede en política y además, las encuestas califican al político de forma desdorosa (hubo una reciente).

    ¿Qué pasa? Pregonar, todos pregonan lindo, buena fe en el relacionamiento, respeto por la opinión distinta, pensar en las necesidades de la gente… Pero la realidad no nos indica eso.

    La política se confunde con el interés general; un hombre político es público, pertenece a todos, pertenece a la sociedad, entonces lo mínimo que puede exigírsele (si no hay talento) es que actúe con dignidad. El hombre político no ejerce una profesión, cumple un mandato, está sometido a la inspección incesante de una crítica severa. El hombre público siempre está obligado a rendir cuentas y tiene a la ciudadanía por clientela. La política es el arte, la voluntad, la pasión de gobernar.

    Hablamos de moral y ética con total liviandad y después suceden todas las atrocidades que suceden, aquí y en el mundo. Las reglas, las normas, el contenido de la acción humana refieren a la moral. Ética es la reflexión sobre el fenómeno moral. ¿Se reflexiona sobre este? El respeto es una noción moral. Los políticos deberían hacer de esto una premisa sin concesiones. Pamplinas.

    Los políticos que no están animados por el sentimiento del interés público y buscan en la política un refugio (y un salario digno), haciendo de ella un oficio cuando debería ser un deber, tienen que ser radiados. La ciudadanía debería tomar nota de ello y penalizarlos.

    No perdamos de vista que la política es una carrera abierta. A diferencia de profesiones que exigen diplomas y exámenes, es accesible a todos. Por ello hay que honrarla y no explotarla. El único cernidor que existe son las urnas, pero los hechos demuestran que ejercen la política gente de diversa laya.

    Pero además están aquellos que por indiferencia o cobardía no aceptan el reto y no salen a la palestra pública. El miedo a los golpes no siempre es el principio de la sabiduría: es cierto que en el interés público hay que decidirse muchas veces a darlos y resignarse a recibirlos.

    Debemos exigir que se dignifique la política y no valerse de ella para la injuria y la bravuconada, impronta permanente. Los políticos se deben recíprocamente un trato vibrante pero deferente, corajudo pero honesto, reivindicando con énfasis sus postulados pero con la dignidad del hombre que tiene sano el corazón.

    ¿Qué ha pasado que antes existían esos valores que enaltecían la actividad política? Seguramente estamos imbuidos en una sociedad donde los buenos valores languidecen, momento de decadencia moral y de relajamiento de los controles éticos y del valor de la conciencia de la propia dignidad. Y el fenómeno de la corrupción que nos acecha. Fenómeno social generalizado, solo puede combatirse por medio de la revalorización ética y la lucha institucional y jurídico-penal contra ella, pero por sobre todo por la participación de todos los ciudadanos de una manera activa, en política.

    La vocación de servicio debe estar ligada indisolublemente a la política. Vocación que no debe ser mezquina, ni calculadora, no sujeta a condicionamientos y mucho menos rozarse con elementos de indignidad que socaven la moral.

    La política como arte de gobierno es un elemento necesario del Estado. Sin política no puede haber vida social institucionalizada. De allí que debemos dignificarla y que la ejerzan quienes además de que sientan dicha vocación, posean hombría de bien.

    Redoblemos el rigor en el análisis de las actitudes de los políticos. Tengamos memoria, seamos más severos y no la laxitud que nos caracteriza: todo se permite, todo vale, la mentira es valor entendido. Mujica (el Pepe) es el mejor valorado; refleja la nula rigurosidad en el análisis. Nula. Es imprescindible que nos gane la esperanza; hoy no sucede y por eso siento con pesar que esta prosa caerá en saco roto...

    Aníbal Durán

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