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Tres sujetos armados esperan al costado de una pequeña iglesia campestre: emboscarán a un miembro del Partido Comunista y lo asesinarán. Cuando llega el jeep con el supuesto objetivo, y antes de ahuyentar atinadamente a una niña que anda en la vuelta, uno de los sujetos abre fuego. El jeep pierde el rumbo, sube al montículo donde está la iglesia y se estrella. Dan muerte a los dos ocupantes del vehículo y una de las ejecuciones, a quemarropa, hace que el abrigo de la víctima estalle en llamas a plena luz del día. Es el comienzo de Cenizas y diamantes (Popiol i diament, 1958), de Andrzej Wajda, uno de los grandes cineastas de todos los tiempos.
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Este señor polaco tiene 88 años. Su última película exhibida en nuestro país fue Tatarak (2009) y la última que realizó, Walesa, la esperanza de un pueblo (2013), ficciona la vida del famoso sindicalista. Entre otras distinciones, Wajda ha recibido un Oscar honorífico de la Academia de Hollywood en el 2000 por el conjunto de su carrera, que es monumental.
La historia de Cenizas y diamantes se ubica el 8 de mayo de 1945. Los altoparlantes anuncian que Alemania acaba de rendirse incondicionalmente. La gente está en la calle. Reina esa atmósfera que solo reina cuando se decreta el fin de una guerra; los escombros y los cadáveres, el paisaje de todos los días, ceden ante la alegría. Y Polonia es una incógnita, un territorio de límites difusos, una identidad siempre a consolidar que se disputan los nacionalistas y los comunistas. Esa idea en el aire, en los corazones, siempre amenazada por sus vecinos ya sean eslavos o germanos, es Polonia, la patria de Wajda y el tema de la mayoría de sus películas.
A más de 55 años de su estreno, Cenizas y diamantes, galardonada con el Premio Fipresci en el Festival de Venecia de 1959, mantiene plena actualidad en su contenido y exhibe una furibunda proeza formal, con una fotografía en blanco y negro de una profundidad de campo similar a la de El ciudadano e imágenes poéticas y oníricas difíciles de olvidar, como un Cristo invertido en una cripta donde dos jóvenes amantes tienen un encuentro, un caballo blanco perdido en un pueblito, una polonesa resacosa al final de un banquete en un hotelucho o un tiroteo entre inmaculadas sábanas blancas, al que mucho tiempo después volverá James Gray con su estupendo policial Little Odessa (1994).
El caballo blanco es, como en Tarkovski, una marca de fábrica, una caligrafía poética que se repite en la filmografía de Wajda. Lo mismo ocurre con los balazos ígneos. Para rematar Los poseídos (1988, basada en la novela de Dostoievski y con guión de Jean-Claude Carrière), Wajda nos coloca al suicida Kirilov en primer plano, que emerge de las sombras, un caño que se introduce lentamente en su boca, la detonación y el fuego que estalla iluminando la habitación.
Cenizas y diamantes es una propuesta removedora, un cine que ya no se hace, con un imponente empleo de la banda sonora, recurso que en manos del cineasta polaco siempre te toma desprevenido, como la larga escena inicial con música de Vivaldi en Paisaje después de la batalla (1970) o las abruptas irrupciones de cuerdas graves en La boda (1972), que es un baile frenético de principio a fin, un delirio alucinatorio donde están convocados los héroes polacos, los campesinos, los poetas y los militares, y en especial sus fantasmas. Polonia, una vez más, es la tierra siempre prometida y nunca entregada.
Cenizas y diamantes tiene, demás, a Zbigniew Cybulski, un rebelde de lentes negros, el James Dean polaco, el beatnik de Europa central, el actor fetiche de Wajda hasta su muerte en un accidente de tren en 1967 (le encantaba tomarlos en movimiento y esa vez falló), cuando tenía 40 años. Dicen que Cybulski poseía un encanto particular en sus movimientos gesticulatorios, que no paraban. Y que no había diferencia entre sus personajes y él mismo, como sucedía con James Dean. En una escena clave de la película enciende varias copas de vodka en honor a los compañeros caídos durante la resistencia contra los nazis, y los desliza por el mostrador como en las películas de cowboys.
Wajda se dio a conocer mundialmente gracias a La patrulla de la muerte (Kanal, 1956), filmada en las cloacas, y más hacia acá a través de El hombre de mármol (1976) y El hombre de hierro (1981), donde repasaba el problema de su querida Polonia a través del protagonismo de los obreros. Pero también es un esteta romántico capaz de configurar dramas pesados y de época como El bosque de abedules (1970), La tierra prometida (1974) y Las señoritas de Wilko (1978), las tres con su actor fetiche II: Daniel Olbrychski. Fuera de su patria también hizo películas esenciales como Dantón (1982), registrada a golpes de cincel y hablada a los gritos (y con actuaciones soberbias de Gérard Depardieu y Wojciech Pszoniak). Así fueron los años inmediatamente siguientes a la Revolución Francesa.
Siendo un adolescente, Wajda combatió en la Resistencia. Luego estudió pintura y finalmente se decidió por el cine, formándose en la famosa escuela de Lodz. Si su filmografía destila un profundo fastidio por los alemanes, no se lo puede culpar: los sufrió en carne propia. Lo mismo puede decirse de los comunistas. Wajda fue hijo de un oficial de caballería polaco muerto en Katyn. Esa matanza perpetrada por Stalin, que durante mucho tiempo se silenció como tantas otras carnicerías, se convertiría en la película Katyn (2007).
En un mundo que cada vez nos ofrece más y más cosas en cualquier orden y de cualquier tipo, no debemos perder el tiempo. Wajda es un cineasta ineludible.