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    Posiblemente Lucrecio

    N° 1901 - 12 al 18 de Febrero de 2017

    La ventaja y también parte del encanto de los relatos de Marcel Schwob es que sinceran la ficción, que es uno de los más abusados rasgos del discurso historiográfico. Ningún hecho, ningún documento, ninguna piedra, toga, silla o pañuelo, ningún testimonio, declaración o memoria, ningún puñal, ni tampoco ningún campo de batalla o lecho de amor, de agonía o de muerte son suficientes para comprender el pasado. Todas las cosas, que por definición hablan —que nos cuentan acerca de los materiales y creencias de su tiempo, que nos informan respecto de los gustos y temores y esperanzas de las personas de otras épocas— resultan, aun con toda esa elocuencia, ininteligibles si no media la interpretación, si no se interfiere su pasivo sueño secular con la variedad infinita de las teorías o el juego incesante de las hipótesis. Refiriéndose a este tema Pirandello, que entendía del problema de juzgar al prójimo, decía que “los hechos sin interpretación son como un traje sin persona adentro: se caen, no se sostienen”.

    Quienes disfrutamos de los libros de historia no podemos menos que saludar esta obediente profesión de infidelidad de los historiadores, pues a menudo constituye ella el principal atractivo de sus obras. No quiero hacer una lista de mis autores predilectos, porque me falta espacio y acaso, sin saberlo, me ha de estar faltando tiempo. Pero no puedo dejar de mencionar estupendas piezas literarias, todas las cuales he comentado en esta columna en algún momento de los últimos 40 años, que revistan en el campo de la historia; pienso, inevitablemente, en las más antiguas, como Historias, de Heródoto; las de Polibio; la de Tito Livio; los Anales de Tácito; la Conjuración de Catilina y La Guerra de Yugurta, de Salustio; la Vida de los Doces Césares, de Suetonio; las Vidas paralelas, de Plutarco. Pero con no menos gratitud recuerdo, como ejemplos del uso brillante del lenguaje expresivo y de los recursos literarios, los libros de Ibn Jaldun, de Edward Gibbons, de Voltaire, de René de Chateaubriand, de Michelet, de Bartolomé Mitre, de Thomas Carlyle y de aquella magnífica historia de Roma de Theodor Mommsen; y ya más cercanamente, no puedo dejar de celebrar a Marc Bloch, Pierre Grimal, Jacques le Goff, Arnold Toynbee, Fernard Braudel, Ernest Nolte.

    Lo que hizo Marcel Schwob fue quitarle a la historia la necesidad documental y dejarla solamente con la necesidad hermenéutica; por eso le dio ingreso a la ficción sin mayor culpa y con mucha felicidad. Sus Vidas imaginarias (Cuentos completos, Páginas de Espuma, que distribuye Gussi) recrean la existencia o las epifanías de personas cuya existencia es cierta, pero cuya vida real fue devorada por el desinterés, la imprevisión o el olvido. El confesor de Juana de Arco, el poeta Lucrecio, Empédocles, y Eróstrato, de infame memoria, que incendió el templo de Artemisa en Éfeso, entre otros, son recreados en lo que tuvieron de sustancial, no en los hechos y anécdotas importantes o triviales que ignoramos, sino en el fuego que posiblemente animó sus vidas y que atravesó el tiempo.

    Escribe, por ejemplo, de Lucrecio, poeta y filósofo que abjuró de dioses y del alma, que no creía sino en la realidad suficiente de la materia, que amó y sufrió con la carne, pero que no pudo vencer satisfactoriamente las preguntas que lo perseguían y terminaban en el cielo, y que murió ahogado en Tíber: “Lucrecio deseaba ardientemente fundirse con ese hermoso cuerpo. (…) La africana se acurrucó en su corazón extranjero. Lucrecio se desesperó al no poder consumar el amor. La mujer se tornó altanera, melancólica y silenciosa, parecida al atrio y a los esclavos. Lucrecio anduvo errabundo en la sala de los libros. Fue allí donde desplegó el rollo en el cual un escriba había copiado el tratado de Epicuro. En seguida comprendió la variedad de las cosas de este mundo y la inutilidad de esforzarse tras las ideas. El universo le pareció similar a los pequeños copos de lana que los dedos de la Africana desparramaban en las salas. Los racimos de abejas y las columnas de hormigas y el tejido movedizo de las hojas le parecieron agrupamientos de agrupamientos de átomos. Y en todo su cuerpo sintió un pueblo invisible y discorde, ansioso por separarse. Y las miradas le parecieron rayos más sutilmente carnosos y la imagen de la bella bárbara, un mosaico agradable y coloreado, y sintió que el fin del movimiento de esa infinitud era triste y vano”.