Postales antiguas, retazos de memoria

Postales antiguas, retazos de memoria

Emma Sanguinetti

5 minutos Comentar

Nº 2259 - 11 al 17 de Enero de 2024

Más de una vez me he preguntado cómo harán los historiadores del futuro para entendernos cuando seamos pasado. Antes se escribían cartas de alta densidad reflexiva y cuidadosa construcción sintáctica, hoy enviamos emails, mensajes de WhatsApp o directamente publicamos en Facebook o Instagram. De todos modos, y más allá de fatalismos, podríamos ver el fenómeno tan solo como un cambio instrumental y pensar con esperanza que la construcción de la memoria a través del testimonio personal persistirá. Ese cambio ya sucedió cuando a finales del siglo XIX y albores del XX se impuso la tarjeta postal como el más popular, económico y masivo medio de comunicación. Una imagen al frente, un breve texto al dorso, un sello y un destinatario: hoy con esos pocos elementos somos capaces de hilvanar aquellos retazos de memoria y convertirlos en una rica y asombrosa mirada hacia el pasado.

Ese es precisamente el espíritu de Como el Uruguay no hay. Antiguas postales de un país levemente ondulado, 1900-1929 (Linardi y Risso, 2023), que comprende una selección de la extraordinaria colección de más de 22.000 postales de Carlos Eduardo Martínez, coleccionista uruguayo radicado en Nueva York.

El libro puede entenderse como parte de una trilogía, ya que viene a sumarse a Fotógrafo de las olas de Punta del Este: Jesús Cubela Núñez, publicado en 2018, y a Montevideo ¡Qué lindo te veo!, de 2020. Tres volúmenes de cuidada edición, gran calidad gráfica y sugestivos textos, los que en esta ocasión pertenecen a los historiadores Ana Ribeiro, Juan José de Arteaga y Gerardo Caetano, además de un ensayo introductorio del propio Martínez. Un texto que, más que la confesión de la pasión personal de un coleccionista, es un compendio ilustrativo y enriquecedor sobre el nacimiento y desarrollo de la tarjeta postal en el mundo y en Uruguay.

Esos inocentes cartones que viajaban de un lado a otro por millones, sin sobres ni lacres que protegieran la intimidad de los dichos, fueron en su tiempo una revolución comunicacional y nos brindan un infinito caudal documental y testimonial sobre quienes éramos y cómo éramos, sobre cómo deseábamos vernos y que los otros nos vieran. Un juego de espejos en el que, a manera de caleidoscopio, interactuaban distintas miradas e intereses: la del fotógrafo, la del editor y la casa impresora, la de aquel que enviaba la postal y la del que la recibía, sin olvidar a los que las coleccionaban y las intercambiaban.

Las postales se nos presentan organizadas por zonas o regiones geográficas, y tomando en cuenta que pertenecen al lapso entre 1900 y 1929 — esto es el nacimiento del Uruguay moderno —, la visión global que nos ofrecen es de una riqueza cultural y social singularísima. El estudio de los remitentes y destinatarios nos indica, por ejemplo, que el 90% de las postales que se enviaban desde Montevideo iban a Buenos Aires remitidas por turistas y el 10% restante (no turístico) iba mayoritariamente a Francia e Inglaterra. Dato extraño: el reducido volumen a España e Italia, principales fuentes de nuestro tejido social inmigratorio. De todos modos, lo más asombroso es la velocidad con que se expande su popularidad; para 1875 contábamos tan solo con 23 buzones vecinales y cinco carteros, 14 años después, para 1889, circulaban más de 21 millones de tarjetas postales. Cifras que en 1902 alcanzarán los 63 millones y en 1914 unos sorprendentes 111 millones.

Es que Montevideo no tendría la Tour Eiffel ni la Estatua de la Libertad, pero tenía el puerto y la rambla, la calle Sarandí y 18 de Julio, el Palacio Salvo, el Hipódromo de Maroñas y el Parque Capurro. Por sus avenidas transitaban tranvías y coches, damas de elegantes sombreros y caballeros con ranchos de paja. Se exhibían con orgullo las columnas del alumbrado público, la dinámica informativa de los catorce diarios circulantes y la alegría ociosa del esparcimiento en parques, plazas y playas. En similar tono, las ciudades del interior hacían gala de la apertura del teatro, la biblioteca y la comisaría, plazas con bandas musicales, balcones embanderados y desfiles de niños en fechas patrias.

No obstante, en este gran abanico de sensibilidad se perciben abismos entre las disímiles realidades. Una cosa es la capital y otra bien distinta, la campaña, e incluso, por ejemplo, impacta el desenfado parisino de los jóvenes sanduceros en el café, en contraste con los niños de rodillas sucias de una polvorienta plaza de Rivera. Del mismo modo, junto al despliegue de civilizado progreso, y cual reverso de la moneda, se nos presenta el Uruguay profundo: rancheríos de terrón, carretas tiradas por bueyes, negros que toman mate y miran a la cámara con solemne dignidad. Un repertorio tan potente como duro que nos recuerda que la realidad es siempre más compleja de lo que el discurso lineal nos relata. Si lo será, que el libro finaliza con las piezas sobre las trágicas guerras civiles de 1897 y 1904.

La tarjeta postal fue en su tiempo un modo revolucionario de enviar saludos y buenos deseos, hoy es un retazo de memoria, y libros Como el Uruguay no hay nos ayudan a construirla, valorarla y protegerla.