N° 1740 - 21 al 27 de Noviembre de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo es nuevo, pero en los últimos tiempos el uso de la palabra “presión” se ha extendido indiscriminadamente para atribuirle a personas o grupos acciones ilegales o inmorales. No me refiero a su uso por ciudadanos de cultura baja o media, sino a gobernantes, educadores, gremialistas o universitarios que la utilizan con tono peyorativo o de imputación, sin considerar su importancia social.
Lo demostró el suplemento “Qué Pasa” de “El País” al obtener los índices de repetición liceal. Logró la información presionando en dos instancias judiciales a las autoridades de Secundaria que pretendían ocultarla en lugar de compartirla para debatir. Ahora está a disposición de sus dueños: los ciudadanos.
Otros ejemplos develan el uso peyorativo. En mayo, la oposición denunció “presiones” a la Suprema Corte de Justicia de los ministros Luis Almagro, Eduardo Bonomi y Ricardo Ehrlich. Fueron a señalarle a la Corte que existía preocupación internacional por su decisión de dejar sin efecto la ley que había eliminado la “ley de caducidad” y la ampliación de los plazos de prescripción para los delitos cometidos durante la dictadura.
Algo similar ocurrió en marzo de 2011 cuando el oficialismo criticó al ex vicepresidente Gonzalo Aguirre y al ex presidente Jorge Batlle por haberse reunido con el entonces presidente de la Corte, Leslie Van Rompaey, para “presionarlo” por expresarle su preocupación jurídica porque la jueza Mariana Mota hubiera desconocido el principio de inocencia.
Hace unos días, el presidente José Mujica utilizó el vocablo con tono crítico al referirse a la asignación de canales de televisión digital. “Nos han presionado por la derecha, la izquierda y el centro como nunca se ha hecho en estos casos en la historia de este país”, magnificó.
Unos pocos de muchos ejemplos. Por ese camino, reiteradamente y desde diferentes aceras, las imputaciones de “presión” cruzan la calle y se incorporan al lenguaje ciudadano. Se escupe el vocablo con ligereza para descalificar y confundir a través de declaraciones o titulares en los que se utiliza como sinónimo de un delito: “reciben presiones”, “lo presionaron”, “denuncian presiones indebidas”.
El razonamiento más sensato lo expresó hace poco el director nacional de Medio Ambiente, Jorge Rucks, al referirse al debate sobre la planta regasificadora: “Esta es la tragedia que se vive acá adentro: trabajamos presionados de todos lados. El problema es que nosotros no podemos ceder a esa presión. Tenemos que trabajar con la lógica de lo que son los requerimientos ambientales”.
¡Esa es la cuestión! No se trata de que haya presiones. Se trata de no ceder cuando existe la convicción de trabajar con una base técnica o científica. Se debe ceder si los argumentos de la presión convencen de que determinado camino es erróneo y que por otra vía se obtendrá un mejor resultado.
Desde que nacemos estamos sometidos a presiones que forman parte de nuestro crecimiento y son necesarias para el desarrollo de la comunidad. Las organizaciones gremiales, sociales, políticas o empresariales que representan determinados intereses, y los ciudadanos individuales que defienden los suyos, no se contentan con transmitir información mediante comunicados de prensa, organizar marchas o utilizar las redes sociales. ¡Hacen muy bien en no darse por satisfechos! Buscan ejercer su influencia para convencer a quienes gobiernan o toman decisiones para obtener una respuesta favorable a sus intereses grupales o personales. ¿Qué son las huelgas, las caceroleadas, las manifestaciones callejeras, los estribillos de protesta o los escritos de las partes en los juzgados con argumentos a favor o en contra?
No sólo ocurre entre fronteras. Integran el pan de cada día en las Naciones Unidas, la Corte Interamericana de Derechos Humanos o el Mercosur, por citar algunos organismos que integra Uruguay. Allí, como aquí, se negocia, se discute, se oferta y se contraoferta ¿O alguien cree en el sexo de los ángeles o en gobiernos inmaculados y sin intereses económicos o ideológicos?
Dos de los ejemplos más representativos sobre el funcionamiento lícito de grupos de presión lo encontramos en Estados Unidos y en el Reino Unido con prácticas transparentes. Diferente es cuando clandestinamente se presiona violando la ley para obtener ventajas, especialmente del Estado, sin que nadie se entere.
La acción de las presiones varía en función de la eficiencia, la seriedad, la honestidad y la responsabilidad de los gobiernos y de los partidos. Cuando estos fallan, son débiles, no cumplen sus promesas o no atienden el requerimiento ciudadano, aumentan. Cuando funcionan adecuadamente, disminuyen.
Hay que dejar de observar y considerar las presiones como un “cuco” y de equipararlas con algo delictivo o ilegal, salvo cuando se llevan a cabo mediante acciones delictivas o ilegales, lo que también ocurre, como vimos en febrero en la Suprema Corte de Justicia.
Hace años, informándome sobre la producción de diamantes en Sudáfrica, tomé conocimiento de que mediante el uso de presión y alta temperatura es posible convertir el carbón en diamantes. Era la época de las negociaciones para la salida del apartheid. Me topé con un graffiti pintado en una pared de Johannesburgo que viene como anillo al dedo: “No hay que temerle a las presiones. La presión es lo que hace que un pedazo de carbón se convierta en un diamante”.