En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Tras décadas de privilegiar los espacios urbanos como escenario para la acción, desde hace unos años la ficción criminal se viene concentrando en paisajes atípicos para el género. O que por lo menos eran muy minoritarios dentro de la tradición iniciada por Dashiell Hammett hace casi cien años. Es verdad, autores como Charles Williams o Jim Thompson se habían especializado en construir elaboradas novelas policiales lejos del marco de la ciudad, pero no pasaban de ser excepciones dentro de un género que se definía, entre otras cosas, por tener las calles como escenario por excelencia. Si sería así que incluso ficciones televisivas que podrían haber aprovechado la belleza o la diferencia que proporcionaba su set, eligieron mantenerse casi religiosamente dentro de lo citadino. Pienso en la legendaria Hawaii 5-0, en donde la belleza de esas islas era minimizada en cada capítulo, que solía transcurrir en callejones sucios y calles anodinas, apenas distinguibles de las de Los Ángeles o San Francisco.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Desde la decidida irrupción de la novela policial escandinava hace ya casi dos décadas, eso cambió y hoy es habitual leer novelas o ver series en donde el crimen no tiene apenas contacto con los espacios urbanos más convencionales. Es verdad que ahí persevera la no menos legendaria Law and Order, recordándonos que cuanto más se aglomera la gente en calles y veredas, más posibilidades hay de que el crimen estalle. Pero en todo caso, la ciudad como marco del crimen es hoy una opción más. Como lo es situarlo en medio de un campo inmenso, montañoso y sin árboles, tal como hace Hinterland, que se exhibe en Netflix.
Ambientada en los alrededores del pequeño pueblo costero de Aberystwyth, Gales, Hinterland presenta varias excepciones a la vieja norma. Por un lado y pese a desarrollarse en espacios abiertos, el crimen que presenta esta serie siempre parte de motivaciones derivadas de esa extraña claustrofobia que se vive en los pueblos chicos: todos se conocen, todos tienen secretos que quieren mantener, todos se aman o se odian con una cercanía que no existe en las ciudades. Y por ello, sus motivos para matar, robar o hacer daño, son siempre mucho más tangibles y concretos.
Por otro lado, y en contra de la tendencia de hacer más breves los episodios (no son raras las series cuyos capítulos no pasan de la media hora), cada capítulo de Hinterland no baja de la hora y media. Es verdad, como en toda buena serie hay conflictos que superan el arco individual de cada capítulo, por ejemplo, el drama familiar del protagonista, que apenas es revelado entre líneas en los primeros capítulos pero que, se intuye, es justamente lo que dejó a un eficiente investigador londinense viviendo en una casa rodante al lado de los desiertos y casi siempre helados acantilados galeses.
Difícil encontrar en Hinterland un asesino en serie o un sofisticado criminal de aires intelectuales: aquí todo los crímenes parecen más bien toscos y sencillos. Una cosa son los motivos del crimen y otra los métodos que la policía sigue para intentar resolverlos. Es decir, el motivo puede ser tan simple como una pelea por tierras entre dos vecinos mal avenidos. Pero otra cosa es el material con que los policías buscarán establecer la cadena de hechos que llevó a esos vecinos a terminar a los tiros o los cuchillazos.
Hinterland es absolutamente rigurosa respecto a los procedimientos policiales reales: la policía técnica recupera la evidencia y rastrea la escena, los investigadores intentan establecer la línea de tiempo que desemboca en el crimen, así como reconstruir la historia de todos aquellos cercanos a la víctima. ¿Cómo se hace esto? Del lado de la policía técnica, analizando la evidencia con los métodos tecnológicos que han sido exagerados y sobredimensionados hasta la saciedad por series como CSI Miami (lejos, la peor de todas las CSI). Del lado de los investigadores convencionales, trillando el terreno y hablando con la gente. En esta serie abunda ese trabajo de campo consistente en ir y hablar con los implicados, arrancarles detalles que estos se niegan a admitir, preguntar, repreguntar, interrogar, volver a interrogar. Patearse el terreno y hablar cara a cara con todos los posibles implicados.
No hay en Hinterland maravillosas revelaciones que salgan de una máquina lustrosa, apenas los resultados de balística o cosas aún menos glamorosas. Sin embargo, hay algo que hace atractiva toda esta aparente falta de sofisticación argumental y es que, al tratarse de crímenes cometidos en comunidades pequeñas y con roles rígidos, es solo la habilidad humana para detectar lo que está torcido lo que puede hacer avanzar la investigación. Detectar que un testigo miente y que esa mentira amerita regresar a, pongamos, un galpón abandonado que fue revisado al comienzo, es tarea exclusiva de humanos, no de máquinas. Y solo intentando establecer los vínculos emocionales entre los involucrados es posible comenzar a escarbar en sus posibles motivos.
Parafraseando a Raymond Chandler, los crímenes en Hinterland son siempre cometidos por aquellos que efectivamente tienen razones para cometerlos y no solo para proporcionar un cadáver y un enigma al espectador. La serie abunda en las marchas y contramarchas que las investigaciones policiales tienen en la vida real. En el espacio temporal que abren esas marchas y contramarchas, siguen pasando cosas que bien pueden facilitar la tarea policial o complicarla.
Capítulo aparte son las excelentes interpretaciones de un elenco sólido, en donde los personajes no son para nada monolíticos y tienen, como en la vida real, una agenda interior, personal, que marca su accionar en la ficción. El protagonista y detective inspector jefe Tom Mathias (muy bien Richard Harrington) lidia con la ausencia de sus dos hijas, que viven con su exesposa en Londres. Su jefe, el superintendente Brian Posser (un crispado Aneirin Hughes), desconfía de él y de sus motivos para trasladarse a su pueblito de la costa de Gales y lo percibe como una competencia indeseada. Los detectives interpretados por Mali Haries, Alex Harries y Hannah Daniel completan el muy buen cuadro actoral policial.
Cercana al drama invernal de la islandesa Trapped, con su pueblito aislado por el hielo, Hinterland ofrece una buena opción a los fans del drama policial realista y sólido que se desarrolla a cielo abierto. Eso sí, esta serie en particular requiere tener la hora y media larga que se toma cada uno de sus capítulos para desplegar su acción. En todo caso, el paseo por el barro, las casas en ruinas y las montañas desoladas que esconden criminales, y que dura ya tres temporadas, siempre tiene recompensa.