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    Pueblo y Estado

    Columnista de Búsqueda

    N° 2027 - 04 al 10 de Julio de 2019

    Dice Heidegger en 1934 que lo político como posibilidad fundamental y modo de ser distintivo de los seres humanos es “el fundamento sobre el que descansa el Estado”. Su concepción, un tanto singular y hasta exótica si se la confronta con los escritos anteriores y posteriores acerca de la libertad y del destino, consiste en establecer que el ser del Estado “está anclado en el ser político de los seres humanos, quienes —como un pueblo— asumen este Estado, se deciden por él”. Esta decisión política lo lleva a buscar lo que cree ha de ser una necesaria clarificación del vínculo primigenio y esencial entre pueblo y Estado. En la página 71 del libro que recoge sus ponencias magistrales en el seminario Naturaleza, historia y Estado (Editorial Trotta, Madrid, 2018) ubica, creo que con exactitud, lo que entonces considera las conexiones del ciudadano como parte del pueblo, como tributario del Estado. Esa toma de conciencia, sin embargo, no es genérica, no está al alcance de todos: “Cada ser humano necesita una comprensión y un conocimiento de la esencia del Estado y del pueblo. Este saber, los conceptos y el conocimiento forman parte de la educación política, esto es, lo que nos conduce a nuestro propio ser político; pero esto no significa que cualquier persona capaz de adquirir este saber pueda y deba actuar políticamente como un hombre de Estado o un líder. El origen de toda acción de Estado y liderazgo no reside en el saber, sino en el ser. Todo líder es un líder; debe ser un líder acorde a la forma característica de su ser; en el despliegue vivo de su propia esencia, el líder comprende, piensa y consigue lo que el pueblo y el Estado son”.

    Aquí se puede apreciar sin mayor esfuerzo hasta qué punto las premisas dominantes en la época consiguieron perforar la lúcida conciencia de Heidegger y lo llevaron, por pocos meses pero de un modo inexplicablemente empeñoso, a conjuntar algunas radicales desolaciones de siempre con la esperanza de un cambio. Como Plutarco y Carlyle, el filósofo creyó que los líderes son los que básicamente hacen la historia. Por fortuna se dará cuenta enseguida (no llegará a terminar 1934 cuando se despierte de la pesadilla optimista y pase al bando de los que son silenciados) y no insistirá más con simplificaciones como las que siguen: “Un líder no necesita estar educado políticamente; en cambio, un grupo de guardianes en el pueblo, que ayude a asumir la responsabilidad para el Estado, sí precisa de una educación política. Cada Estado y todo conocimiento acerca de un Estado crece en una tradición política. Ni siquiera la mejor idea de un Estado puede echar raíces, crecer desde el seno del pueblo y desarrollarse si falta este suelo nutritivo y protector. Otto el Grande fundó su imperio sobre los príncipes eclesiásticos, obligándolos al servicio y conocimiento en asuntos políticos y militares. Y Federico el Grande convirtió a los nobles prusianos en guardianes de su Estado. Bismarck no vio la necesidad de enraizar su idea de Estado en el suelo firme y sólido de la nobleza política, y cuando perdió su apoyo, la Segunda República se derrumbó. No debemos pasar por alto la fundación de una tradición política y la educación de una nobleza política”.

    En su opinión, cada individuo debe reflexionar ahora para alcanzar un conocimiento del pueblo y del Estado y para asumir su propia responsabilidad porque entiende que el Estado descansa en la propia vigilancia, en la disposición de los ciudadanos para asumir el deber y honor de la pertenencia. Cree que los ciudadanos son los que hacen al Estado, los que les dan forma; el Estado es como una segunda naturaleza de lo humano: “El modo de nuestro ser determina el ser de nuestro Estado. De esta manera, cada pueblo toma una postura con respecto al Estado. Ningún pueblo carece del impulso para el Estado. El pueblo que rechaza el Estado, que carece de Estado, todavía no ha encontrado el núcleo de su esencia; todavía le falta el aplomo y la fuerza para estar comprometido con su destino como pueblo”.

    En verdad me cuesta mucho acompañar este extremo. Pero lo entiendo; lo veo en su contexto y veo a Heidegger, en medio de la noche, lidiando entre la frustración y la esperanza. Por fortuna se liberó rápido de estos desvíos.

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