Nº 2165 - 10 al 16 de Marzo de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn una nota publicada en 2013 por el diario El País de Madrid, el economista y profesor español Félix Ovejero rastreaba cuatro problemas de la política de entonces que, creía él, se derivaban de una mirada adolescente popularizada a partir del Mayo francés de 1968. La primera de estas era la política sin principio de contradicción: se puede pedir lo mismo y su opuesto al mismo tiempo ya que todo sería cuestión de buena voluntad. La segunda, derivada de la primera, es la política como lugar en donde se esconde el costo real que tiene resolver los reclamos sociales que se plantean. Es decir, como espacio donde triunfa el que promete y no el que recuerda las complejidades que se derivan de cumplir dicha promesa.
La tercera es “la sustitución del relato de la igualdad por el de la identidad”, es decir la política entendida como batalla entre tribus de pertenencia. Al decir de Ovejero, la “multiplicación de reclamaciones identitarias alentadas por entrepreneurs d’ethnicité et de mémoire (Jean-Loup Amselle) que hablaban en nombre de ‘colectivos’ de los que ellos mismos se proclamaban portavoces: étnicos, culturales, sexuales o religiosos”. La cuarta idea la resumía en la frase “lo que no es perfecto, es basura”. Esto es: que cualquier acumulación social previa a nosotros puede ser impugnada y descalificada al contrastarla con el ideal que cada uno tiene en la cabeza. Nuestras democracias (o más en general cualquier acuerdo social) pueden ser descartadas por la supuesta espuriedad de su origen (“Yo no voté esa Constitución”, “Ese texto lo escribió un esclavista”) y por el contraste entre lo real y lo imaginado.
Dado que el texto de Ovejero es relativamente reciente, anda rozando los 10 años, es interesante ver cuánto de lo que afirma se viene cumpliendo y cuánto no. Cuánto ha cambiado esa política que describe y en qué dirección. Ojo, no se trata de un texto canónico del siglo XIX ni de un clásico del XX, apenas de un artículo periodístico bien escrito, en donde se razonan algunos procesos recientes que se siguen debatiendo (¿seguro?) en la plaza pública. Vamos en orden, pues.
En lo que refiere a la idea número uno, la política sin principio de contradicción y como expresión sin trabas de la voluntad, la historia uruguaya reciente tiene varios ejemplos. Entre ellos, sostener a lo largo del tiempo emprendimientos públicos que, sabiendo sumar y restar, se sabía iban a ser ruinosos aun antes de comenzarlos. Alur, por ejemplo. Pero cuando en política se instala la idea de que con buena voluntad todos los actores pueden lograr lo que se proponen, no es raro que en vez de buscar consensos mínimos entre todos aquellos que pueden llegar a gobernar, impere la idea de que se puede hacer todo, siempre, y que al final todo va a salir bien.
En democracias de mercado como las nuestras, el corolario inmediato de ese voluntarismo adolescente es, obviamente, omitir los costes de esa forma de actuar. En un sistema en el que impera el marketing político como forma de promover candidatos, tiene todas las ventajas quien jamás recuerda el costo de la cuenta. Aquel que se lanza a prometer sin decir una palabra sobre la elevada factura que trae consigo la promesa. Elevada no solo en términos económicos, también sociales. Por ejemplo, cuando en aras de mostrar su preocupación por reducir la delincuencia, el ministro del Interior, Luis Alberto Heber, señala a los presos extranjeros, parte ínfima de la muy saturada población carcelaria, no se interesa por el costo social que supone una posible estigmatización de los inmigrantes en general. La política como prolongación de la adolescencia es más redituable que como una estricta cuenta de costos/beneficios.
Sin embargo, la característica que más ha avanzado en la década que ha transcurrido desde que Ovejero publicara su nota, es la política como reflejo de la identidad colectiva tribalizada. El paquete que asumía (y ahora empuja) las identidades como buenas per se, por el solo hecho de ser grupos tradicionalmente excluidos, chocaba de frente con lo que se solía llamar “categorías estructurales”, basadas sobre todo en la existencia de diferencias entre clases sociales. Como apuntaba Ovejero, desde Mayo del 68 para acá y hasta el 2013 en que escribió su nota: “Todas las causas se consideraban igualmente valiosas por el hecho —discutible en más de una ocasión— de proceder de sujetos excluidos o ignorados y a cada cual se lo catalogaba según cierta característica (la lengua, el sexo, la religión) que explicaría sus enteras vidas. El árabe de Marbella compartiría barricada con el de la banlieue parisina, la campesina guatemalteca con la duquesa de Alba, el homosexual de Hollywood con el de Kabul. Sus identidades enmarcaban un origen que sería un destino y todos ellos juntos, cada uno en su respectivo lote, del lado bueno de la historia. Otra recreación más”.
Ese encapsulamiento del debate público, en donde el espacio común prácticamente ha desaparecido, ha traído consigo la imposibilidad de construir el más mínimo intercambio y que en su expresión última y más reciente se resume en un muy básico “qué me vas a decir vos a mí, si no sos yo”. Es la idea de que es imposible que alguien que no sea una poeta joven, activista y negra pueda traducir el poema de una poeta joven, activista y negra. Así, en menos de 10 años pasamos de discutir qué tan bien funcionaba el asunto de la igualdad a eliminar la posibilidad misma de la representación. Y eso es coherente también con el desgaste al que en esos años se ha sometido a las democracias representativas. Un movimiento de placas tectónicas que beneficia en exclusiva a quienes ya detentan posiciones de poder, sea este económico o político. Ojo, se ha agravado tanto la cosa que el solo hecho de escribir cosas como este párrafo, hizo que la editora de un conocido medio capitalino demandara hace un tiempo mi cancelación. Tal es el grado de deterioro de la posibilidad de charlar entre distintos.
Y esto nos lleva, claro, al punto cuatro, el asunto de la legitimidad de la representación. Esa idea de que lo mejor que le puede pasar a una democracia es convertirse en un eterno debate entre posiciones dicotómicas que no registran matices ni se preocupan por las veleidades de la democracia representativa. Si nadie puede representar a nadie, salvo a la tribu propia (y en las tribus no regía exactamente la democracia), si nadie tiene derecho a señalar nada fuera de su tribu, si el solo hecho de hacerlo desata el pedido inmediato de cancelación, la democracia representativa resulta fútil. Es decir, toda la gama de pesos y contrapesos, poderes y contrapoderes de ese modelo, resultan prescindibles. Todo se resume a una lucha entre relatos tribales, en donde los hechos ya no cuentan, solo la ofensa y la cancelación entre grupos.
Así, aquello que Félix Ovejero señaló hace casi 10 años como herencias más bien cuestionables de Mayo del 68, son hoy las tendencias que rigen la imposibilidad de charlar entre distintos. Y es que comparada con la utopía más pura, tribal y voluntarista, la democracia real siempre parece poca cosa.