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Hay películas que cuentan historias y hay otras que plantean situaciones. Las primeras pueden ser divertidas, tristes, cómicas o trágicas, inspiradas en la realidad cotidiana o en fantasías novelescas, narradas con emoción y sentimiento o simplemente con oficio artesanal. Todas buscan entretener, gran parte de ellas aspiran a que el espectador se evada un par de horas de sus preocupaciones terrenales, y todavía quedan unas pocas que pretenden que el público se involucre con los personajes, que piense, reflexione y hasta se comprometa con lo que ve.
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No hay que desestimar nada de eso, cuya materia ha nutrido hasta hoy al cine que se consume mayormente en el mundo, pero basta con agudizar un poco la mirada para comprender que el cine uruguayo (o al menos buena parte de él) se afilia a la segunda categoría. Más que contar historias, prefiere plantear situaciones: en vez de desarrollar una anécdota, opta por describir una realidad concreta y, salvo contadas excepciones, pretende que el público se involucre con los personajes, que piense, reflexione y se comprometa con lo que ve.
Esta segunda opción tampoco es desestimable y se ha convertido en algo muy reconocible, una especie de etiqueta identificatoria que algunos describen como “síndrome depresivo”, aunque es bastante menos y mucho más que eso al mismo tiempo. Sería cómodo y hasta simplista empaquetar a todo el cine uruguayo bajo la misma etiqueta, desconociendo la pluralidad de tendencias y realizadores. A lo sumo, correspondería reconocer que estos procuran hacer un cine de autor alejado de los géneros tradicionales y de la imitación de modelos extranjeros, buscando una identidad propia fuera del cine de entretenimiento y de evasión. Algunos han ganado premios en festivales (“Whisky”) y otros han recibido un favorable voto del público (“El baño del Papa”), con elogios críticos en ambos casos.
Ahora, en un año que parece propicio para estrenos nacionales, cuando hay dos en cartel (“3” y “La culpa del cordero”), se agrega La demora, dirigida por Rodrigo Plá sobre libreto de su esposa Laura Santullo. Luego de treinta años en México, donde realizó dos largometrajes (uno de ellos, “La zona”, se conoció acá), Plá vuelve a inspirarse en un tema de Santullo pero esta vez viene a filmarlo a Uruguay, con técnicos que trabajan en México y actores del medio, como Roxana Blanco (“Alma máter”, “Matar a todos”) y el octogenario debutante Carlos Vallarino, un arquitecto que aceptó el papel y luego, visiblemente entusiasmado, acompañó a Blanco en una reciente incursión teatral.
Si se cuenta el tema de La demora, no faltará quien diga: “¡Ufa! ¡Otra película uruguaya bajoneante!”. A esa persona hay que decirle que no tema, que a veces el tema no define una película, o que la forma de hacerla va mucho más allá de su tema. Al principio se ve a María (Blanco) bañando a su padre Agustín (Vallarino), con lo cual se plantea visualmente —como debe ser— que ese anciano ya no puede realizar cosas por sí mismo y que la hija está haciendo algo porque no le queda más remedio. No es que no quiera al viejo. Está cansada porque tiene tres hijos chicos que mantener, un apartamento demasiado pequeño para tanta gente y un trabajo donde no gana lo suficiente. Y debe hacerlo en la casa porque no puede dejar al viejo solo. Y en su vida gris no hay dinero, ni hombres ni diversiones. El que no reconozca a esta familia, que tire la primera piedra.
En los primeros diez minutos, con escasos diálogos y una cámara muy atenta, ya se plantea toda la situación básica de esa familia atrapada en un problema de difícil solución, porque el anciano tiene Alzheimer y hay que vigilarlo para que no se escape y se pierda. Cuando la hija intenta internarlo en un hogar estatal, no lo admiten porque no es indigente, pero a ella tampoco le da el dinero para pagar una casa de salud ni mucho menos para contratar a alguien que lo cuide mientras busca un trabajo fuera de casa mejor remunerado.
En semejante callejón sin salida (que no es un problema ajeno para mucha gente en este país), las opciones de María no son muchas. Más bien, ninguna. O tal vez una solución extrema que es políticamente incorrecta pero que obedece a la desesperación y a un momento de extravío de esos que no se meditan ni se desean.
La demora toca fibras sensibles que no dejarán indiferente a ningún espectador. Más aún: es de esos filmes que quedan madurando en la mente hasta varios días después de haberlo visto, y eso es bueno. Lo es porque significa que pegó fuerte y dejó una marca. No es un golpe bajo ni recurre a la sensiblería en ningún momento. Por el contrario, es una situación real que todos entienden pero, como María, no pueden solucionar. Está planteada con discreción y sobriedad, ateniéndose solamente a los detalles que importan, con pocos personajes secundarios que apoyan el drama (los niños están muy bien) y con una Roxana Blanco que da la medida exacta de esa mujer acorralada para la cual la vida ha dejado de tener atractivos.
Entre otros logros, aparte de su fotografía concentrada en expresivos primeros planos, de una banda sonora inteligente y oportuna, y de una ambientación realista que describe con elocuencia la atmósfera opresiva del apartamento, cabe elogiar la actuación de Vallarino. Es más bien una presencia, porque habla poco pero transmite el profundo desamparo y la confusión mental de ese anciano que se debate entre los brumosos recuerdos del pasado y la patética inseguridad del presente, donde depende de esa hija para todo —tiene otros hijos, pero no quieren hacerse cargo— y será capaz de esperarla sin importar cuánto tiempo, pues no tiene otra opción. Es difícil acompañarlo sin sentir ese inevitable nudo en la garganta.
“La demora”. Uruguay-México-Francia, 2012. Dirigida por Rodrigo Plá. Escrita por Laura Santullo. Con Roxana Blanco, Carlos Vallarino, Oscar Pernas, Cecilia Baranda, Julieta Gentile. Duración: 84 minutos. Estreno viernes 1º de junio.