Nº 2116 - 25 al 31 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos fallecidos por Covid-19 en nuestro país se aproximan a los 850 y ya son miles los que tuvieron o tienen que atravesar la angustia de estar luchando por sus vidas en internaciones complicadas, incluso pasando tiempo en centros de terapia intensiva (CTI). Muchas familias uruguayas quedaron partidas y sufrirán las secuelas de la pandemia por el resto de sus vidas. El panorama es muy complicado y eso es lo primero a tener en cuenta.
El comprensible nerviosismo de gran parte de la población se puede observar especialmente en las redes sociales y también en los reclamos de las entidades vinculadas a la medicina. Pero no es tiempo de decisiones en asamblea, de grandes debates, de que la oposición intente imponer sus aportes previsibles. Cualquier experto en manejo de crisis dirá que, por el contrario, es tiempo de escuchar una voz asertiva, un liderazgo claro que minimice la confusión. Esa es la principal tarea que compete al presidente de la República, Luis Lacalle Pou.
Así lo intentó hacer en la conferencia de prensa del martes 23. Era evidente y necesaria la marcha atrás que con pesar anunció esa noche. Hasta el momento, Lacalle Pou ha mostrado temple como para marcar el camino. Él es el capitán, es a quien le corresponde. Escuchar a los científicos le puede servir como insumo, pero cada cual tiene que cumplir su rol. A su vez, el Frente Amplio debe asumir de una vez por todas que no es más gobierno y que eso implica quedar afuera del ámbito en el que se toman las decisiones.
Al anunciar las nuevas medidas, Lacalle Pou definió a la libertad como una “cuestión de principios”, y está bien que así sea. Pero tuvo que retroceder, lo que implica ceder terreno en ese aspecto. Reducir la movilidad va en el sentido contrario. Por eso debería quedar como una excepción. El presidente haría bien en recordar cada día que al asumir en su cargo ante la Asamblea General el 1º de marzo de 2020 destacó la libertad como un bien supremo y dijo que uno de sus principales objetivos es entregar a su sucesor un país un poco más libre. Ahora le tocó ceder y puede parecer un episodio puntual. El problema es que las presiones para que lo siga haciendo son y serán muchas. Y más en estos momentos, con una crisis creciente como consecuencia de la pandemia.
Suele ser lo más fácil el camino de limitar libertades. Al analizar al detalle lo anunciado por el gobierno, hay algunas libertades que quedan restringidas. En este caso se puede justificar, pero lo que no se puede transformar es en costumbre. Porque las presiones siempre serán en el sentido de dejar todo como está, de conservar el status quo y los viejos privilegios, aunque eso vaya en contra de que los uruguayos sean un poco más libres cada día. Y el gobierno tiene que resistir. Dar el brazo a torcer en ese tema es sinónimo de fracaso. Ahora hay una marcha atrás, pero que sirva solo para confirmar el rumbo.
El gobierno también debería seguir trabajando con firmeza para dar más importancia a la responsabilidad individual y a incentivar a los ciudadanos meritorios y no tanto a los colectivos. Uruguay tiene una gran deuda con los emprendedores, con los que realmente están dispuestos a trabajar con perseverancia para conseguir los objetivos. Hace ya décadas que se privilegia mucho más a los sindicatos, a las gremiales, a las grandes organizaciones, a todo lo que sea colectivo. Al individuo se lo ha relegado y también a las pequeñas y medianas empresas, que buscan hacer lo suyo con excelencia.
Lacalle Pou había mostrado durante la campaña electoral señales de que haría cambios importantes en ese sentido. En varios discursos estuvo presente la apuesta a los emprendedores, a los trabajadores privados que día a día mueven la economía desde el anonimato, a los contribuyentes que poco o nada reclaman al Estado, pero que tienen que darle demasiado. Todo eso quedó en un segundo plano. La pandemia llegó como un tsunami y arrastró con algunas iniciativas en ese sentido. Pero otra vez, que sea una excepción y no quede como un hecho consumado porque, de ser así, ese también será un gran fracaso.
Y la pandemia pasa, pero el fracaso queda.