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    Quedar mal con todos

     En la nota anterior vimos el estado de profunda desolación en la que, salvo contadas excepciones, se encontraba el continente europeo en los primeros años de la posguerra. Las ciudades en ruina, los campos sin recuperación por falta de hombres y maquinaria, los servicios sociales y técnicos sin medios ni recursos para poder ser cumplidos…

    Decenas de millones de personas iban de un lado al otro, huyendo de lugares hostiles algunos, buscando un nuevo sitio en donde recomenzar sus vidas otros o intentando regresar a sus hogares los más. Una parte de esa masa ambulante de desposeídos eran judíos, dominados por la idea de emigrar a Palestina para crear un Estado israelí.

    Justamente, la cuestión de la fundación de un Estado israelí en Medio Oriente era fuente de constantes desgastes diplomáticos. Gran Bretaña, que tenía el mandato sobre Palestina, había puesto a este territorio bajo la égida de la novel organización mundial —ONU—, la cual debía decidir sobre la formación de un Estado mixto (judío y árabe), o de dos Estados independientes, o de alguna otra solución con participación internacional.

    Se creó a esos fines la Comisión Investigadora de las Naciones Unidas para Palestina, con once miembros, entre los cuales se encontraba el uruguayo Enrique Rodríguez Fabregat. El presidente de la Comisión era sueco y el primer secretario general de la ONU noruego: los países neutrales y periféricos jugaron en esta dramática fase histórica un papel crucial.

    La afluencia judía a Palestina había crecido notablemente a partir de la toma del poder por parte de Hitler, quien en una primera fase hizo todo lo posible para que los poco más de 600.000 judíos que vivían en Alemania abandonasen el país (hay que recordar que la decisión del exterminio masivo conocido como “la solución final” fue tomado recién en enero de 1942).

    Frente a esta creciente ola migratoria, Gran Bretaña se esforzó notablemente en impedir la llegada de judíos a Palestina. Para ello contó con el “valioso apoyo” de la Unión Soviética, cuyos submarinos torpedearon varios barcos cargados con refugiados.

    En julio de 1947, naves de guerra británicas bloquearon y abordaron un barco repleto, el Exodus 1947, cuando estaba por llegar a Medio Oriente y transportaron a los 4.554 pasajeros de nuevo a Europa. Pero Londres no tardó en descubrir que ningún país quería hacerse cargo de esos refugiados.

    Para Gran Bretaña, lo más importante era cuidar las buenas relaciones con los países árabes, que habían aceptado una cuota máxima de 1.500 emigrantes judíos por mes a Palestina. Lo demuestra el contenido de la documentación del Foreign Office, es decir, la Cancillería británica: “Debemos evitar a toda costa generar desacuerdos entre británicos y árabes”. “El gran muftí”, agregaban esas fuentes, “puede reaccionar violentamente”. El gran muftí era la máxima autoridad religiosa entre los musulmanes y las citas provienen del documento archivado como FO 371/61802.

    A pesar de las fuertes protestas, incluso por parte de aliados cercanos como EEUU, Londres se mantuvo firme en su política hacia los refugiados judíos. El 22 de agosto de 1947, generando consternación en la opinión mundial, las autoridades británicas les dieron a los pasajeros del Exodus 24 horas para desembarcar en Francia. De no hacerlo, serían transportados a… ¡Alemania!

    En cierto sentido, para los refugiados se cerraba el círculo, pues arriesgaban ser devueltos al sitio de donde habían huido durante el nazismo. Pero desembarcar en Francia era, con todo, una alternativa igualmente mala. Frente a la negativa a pisar tierra francesa, días más tarde los refugiados (los cuales según los documentos ingleses estaban “psíquicamente alterados”) fueron obligados a desembarcar en Hamburgo, que pertenecía a la zona alemana controlada por Inglaterra.

    Que ese paso drástico y poco inteligente de Londres no correspondía con la verdadera situación lo ilustra el hecho de que en ese mismo momento en el sur de Alemania, en la zona controlada por EEUU, “más de 125.000 personas … se preparan para una única meta: llegar a Palestina con papeles falsos y por medios ilegales” (FO 371/61806).

    Un par de meses después de que los refugiados judíos del Exodus fuesen desembarcados a la fuerza en Hamburgo, la ONU votó por la creación de un Estado israelí. La afluencia de judíos de toda Europa, y de todo el mundo, a Palestina se hizo imparable. Inglaterra había logrado quedar mal con los árabes, con los judíos y con la opinión pública occidental…