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    Redentor de almas desoladas

    Desde hace 17 años cultivo una cercana amistad —primero virtual y luego real— con una alemana de Bavaria. Se trata de una mujer casada con un ex intelectual, ex empresario, ex artista y ex músico amateur. Para decirlo concretamente: un ex en todos los campos. Bernard (así se llama el personaje) no hace nada. Sin embargo, su esposa, que dirige con éxito la empresa familiar, lo mantiene a flote.

    Eso sí: a Bernard lo mandó hace una década y pico a dormir en una cabaña ubicada en un rincón lejano del jardín. La casa, aclaro, es una inmensa mansión patricia al borde del lago Ammersee, al sur de Münich. La conozco bien, pues paso por allí casi todos los años camino a los Alpes bávaros, que desde hace mucho tiempo se han convertido en el destino obligado de mis vacaciones, y solo he visto al buen hombre a través de fotografías porque su vida consta de dos funciones: función de bebedor ermitaño encerrado entre las cuatro paredes de su reino, y función de bohemio visitante de viejas amantes a lo largo y ancho de Alemania. Ninguna de esas funciones posibilita el encuentro personal durante mis visitas.

    Hace unas seis o siete semanas, mi amiga me mandó un mail con dos preguntas: “¿Conoces a Mujica? ¿Qué me puedes decir de él? Bernard está enloquecido con ese hombre, dice que es un genio e irá a verlo a Berlín”. Le respondí lo mejor que pude, contándole algunas anécdotas estrafalarias y resumiéndole las consecuencias negativas que su forma de ser y actuar tuvieron para la sociedad uruguaya.

    Al final, le pedí que me contara qué le había parecido la conferencia del ex presidente a Bernard, con quien mi amiga se cruza a veces en la cocina-comedor.

    Leí la semana pasada un artículo en Búsqueda, el cual, con algunas pinceladas impresionistas, da una certera imagen del efecto que causa nuestro político más famoso en el público que acude a sus conferencias mundiales. Lo dicho allí concuerda perfectamente con lo que me transmitió mi amiga. Su marido había regresado de Berlín totalmente hipnotizado por la figura y el discurso de Mujica. Es más: me contó que luego de haber estado en la capital alemana, Bernard se había compuesto un poco, bebía menos y se vestía mejor. Había recuperado parte de su chispa de juventud.

    Todo esto me ha hecho pensar bastante. Entiendo perfectamente —no es difícil llegar a esa conclusión— que una figura como la del “Pepe” atraiga a una franja de la población planetaria que anda por la vida sin rumbo y a los tumbos.

    El caso de Bernard es sintomático: ex hippie en su lejana juventud, ex creyente del socialismo real (se bautizó en esta religión a raíz de los desórdenes del mayo del 68); ex creyente del liberalismo; ex ciudadano “normal”, de esos que llevan una vida ordenada, trabajan, pagan impuestos, cumplen horarios y no duermen la mona a las dos de la tarde; ex padre preocupado por el futuro de sus hijos, ex ex ex en absolutamente todos los campos imaginables, crudamente desengañado de todos los proyectos e ideales abrazados por orden de llegada a su vida, el discurso de Mujica, sus cuatro consignas facilongas, mezcla sui géneris de hippismo­ y anarquismo; la figura oronda y desprolija del personaje; su resplandor propio de Mesías, lo dejó entusiasmado, encandilado, embobado.

    Imagino que Bernard en estos momentos estará en el exilio de su cabaña, leyendo por segunda o tercera vez unos textos de Mujica y sobre Mujica que compró en Berlín. Mi amiga no me lo puede asegurar, pues siempre se ha negado a ir a golpearle la puerta para ver cómo está (lo que en un momento inicial fue una solución práctica al problema del mantenimiento de las propiedades y el rescate de la empresa, se ha convertido ahora en un drama de muy difícil solución). Pero su comentario en el último mail me dejó descolocado: “A mí no me importa quién es ese Mujica, pero si sirve para que Bernard beba menos y esté más presentable cuando vienen los hijos de visita, bienvenido sea tu ex presidente”.

    ¿Quién hubiera dicho, hace unos pocos años, que José Mujica Cordano, alias “el Pepe”, propietario de una brutal sinceridad (¿qué otro político anda por la vida avisando “como te digo una cosa te digo la otra”?), iba a terminar convirtiéndose en gurú de las almas desoladas del planeta?

    Me animo a decir que ni el Ejército de Salvación ha logrado rescatar tantas existencias perdidas, tantos espíritus abollados, tantas vidas machucadas. Visto desde este punto de vista, lo suyo es un evangelio digno de subrayar y ponderar.